The legacy of the García family

There’s a new entry in our History section, dedicated to the lives of Manuel García, María Malibrán and Pauline Viardot. Educated in the principles of the bel canto, the vocal style of Manuel García, Sr. (1775 – 1832), was, in the words of one critic:

“the most florid you can find, even to the point of exaggeration. However, we hear a balanced voice that rarely, if ever, produces an unpleasant sound. Even in the most passionate moments and transitions […] he never sings a bar without giving it the emphasis and seriousness equally liked by the layman in the matter, the expert or the demanding amateur. I’ve heard García many times and I don’t remember a bad role or a false note, in spite of his excessive and overwhelming tone of voice.”

When, years later, María Malibrán had achieved her great success in Paris, the critics wrote:

“Who would be so foolish nowadays that he would devote six years of his life only to diatonic and chromatic scales, jumps of third, fourth, fifth, etc., trills, appoggiatura and so on, as the Caffarellis, the Farinellis, the Marchesis did in their youth? There is a much sooner way to become a singer: one learns how to vocalize, doing Rossini’s passages and fermatas ‘comme ci, comme ça’, and as long as they don’t fail more than two notes out of three, they already know enough […] What about art? What about poor music…? Never has a prophet come more in time to revive the dying faith and to make the word of life bloom. She is like the last offspring of that great family of true singers that we already saw as extinct: one could say that she has been granted to us so that the chain of musical traditions would not be broken.”

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El legado de la familia García

Hay una nueva entrada en nuestra sección de Historia, dedicada a las vidas de Manuel García, María Malibrán y Pauline Viardot. Educado en los principios del bel canto, el estilo vocal de Manuel García, Sr. (1775 – 1832), era, en palabras de un crítico:

“el más florido que se pueda encontrar, incluso hasta la exageración. Sin embargo, percibimos una voz ecuánime que, rara vez, por no decir nunca, produce un sonido desagradable. Incluso en los momentos más apasionados y en las transiciones […] nunca canta un compás sin darle el énfasis y la seriedad que gusta por igual al profano en la materia, al experto o al aficionado exigente. He oído a García muchas veces y no recuerdo un mal papel o una nota falsa, a pesar de su excesivo y abrumador tono de voz.” 

Cuando, años más tarde, María Malibrán había alcanzado gran éxito en París, los críticos escribieron:

“¿Quién sería en el día tan tonto que consagrara seis años de su vida sólo en hacer escalas diatónicas y cromáticas, saltos de tercera, cuarta, quinta, etc., trinos, apoyaturas y demás como hicieron en su juventud los Caffarellis, los Farinellis, los Marchesis? Hay un medio mucho más pronto para hacerse cantante: se aprende a vocalizar, haciendo entre bien y mal los pasajes y calderones de Rossini, y con tal que no fallen más de dos notas de tres, ya se sabe lo bastante […] ¿qué es del arte? ¿qué de la pobre música…? Jamás ha venido profeta más a tiempo para reanimar la fe muriente y hacer floreciente la palabra de vida. Ella es como el último vástago de aquella gran familia de los verdaderos cantantes que nosotros mirábamos ya como extinguida: se puede decir que ella nos ha sido concedida para que no se llegase a romper la cadena de las tradiciones musicales.”

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