Claudia Muzio: a life devoted to art III

There’s a new entry in our Audition section, the third and last part of the series dedicated to the artistic life and achievements of Claudia Muzio, one of the greatest sopranos of the 20th century.

Eminent tenor Giacomo Lauri-Volpi wrote about her in 1955 in his book Voci Parallele:

“The Argentinians called her “la Divina Claudia” and truly divine she was in the performance of ‘Casta diva’ in the Norma and in the aria of the Trovatore: ‘D’amor sull’ali rosee.’ Her singing could not be better defined than recalling Dante’s words in Casella’s episode: “whose sweetness still sounds inside me.” Claudia Muzio’s voice was rather limited, but it acquired unsuspected resonances, because in every note breathed a vibrant feeling. This gave her the ability to face the inhuman tessitura of Turandot and the superhuman one of Norma, the very human impetus of Santuzza and the resigned surrender of Desdemona.

A great and happy artist in the limelight, as modest and unfortunate as she was in life, Muzio left the world stage quietly, with her index finger on her mouth, as if to say: don’t move, be still, don’t disturb yourselves for me.”

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Claudia Muzio: una vida consagrada al arte III

Hay una nueva entrada en nuestra sección de Audición, la tercera y última parte de la serie dedicada a la vida artística y los logros de Claudia Muzio, una de las sopranos más importantes del siglo XX.

El eminente tenor Giacomo Lauri-Volpi escribió sobre ella en 1955 en su libro Voci Parallele:

“Los argentinos la llamaron “la Divina Claudia” y verdaderamente divina fue en la interpretación de Casta Diva en la Norma y en el aria del Trovatore D’amor sull’ali rosee. Su canto no podría definirse mejor que recordando las palabras de Dante en el episodio de Casella: “cuya dulzura aún suena dentro de mí.” La voz de Claudia Muzio era bastante limitada, pero adquiría resonancias insospechadas, porque en cada nota respiraba un sentimiento vibrante. Esto le daba la capacidad de enfrentarse a la tesitura inhumana de Turandot y a la sobrehumana de Norma, los ímpetus humanísimos de Santuzza y la resignada renuncia de Desdémona.

Grande y feliz artista en el candelero, cuanto modesta y desafortunada en la vida, Muzio dejó la escena del mundo en sordina, con el dedo índice en la boca, como diciendo: no os mováis, estad quietos, no os molestéis por mí.”

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