“La palabra alumno nos conduce al verbo latino alere, que significa alimentar, sostener, nutrir, hacer crecer. Todo estudiante que atesora el deseo de convertirse en un artista del canto ansía encontrar una persona que lo guíe en su camino, que lo nutra y lo ayude a desplegarse en todo su potencial. Luca D’Annunzio reúne un conjunto de características fuera de serie en el actual panorama de la enseñanza y el aprendizaje del canto que hacen que gane justamente y con holgura su título de maestro. Ante todo, su insuperable conocimiento de los mecanismos de educación de la voz le permite encauzar a los cantantes en un camino de riguroso cuidado, desarrollo y crecimiento en la técnica vocal.

Desde la primera clase se reveló ante mí un mundo de aspectos que nunca habían sido tan claros y consistentes; me encontré frente a un docente capaz de hacer música de forma admirable y que le daba una importancia primordial a aspectos que la mayoría desdeña: la educación en el arte dramático, en la dramaturgia, en la higiene vocal y, aún más sorprendente para mí, en la historia del canto, en la evolución y los fundamentos de la escuela que produjo a tantos grandes artistas. Dos cosas de distinto orden se convirtieron en ejes fundamentales de mi formación a partir de entonces: los referentes estéticos que descubrió para mí en los cantantes de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras décadas del XX y el máximo respeto por el orden de los estudios y, por tanto, de cada proceso vocal, único y personal. 

Por primera vez, tras años persiguiendo estudios inciertos, la técnica vocal no dependía de la búsqueda de “sensaciones” ni mucho menos “imágenes” u otras ilusiones confusas. La guía es el propio sonido, cuya información aprendo progresivamente a identificar y que mi maestro domina plenamente. Al educar de forma inextricable mis músculos y mi sensibilidad auditiva me siento confiada y segura, no persigo algo interno y en extremo subjetivo sino la manifestación sonora, informativa, de los mecanismos invisibles de la voz. En todos mis compañeros observo la consolidación gradual de un sonido único. De esta cristalización del sonido personal depende la posibilidad de construir no sólo la propia personalidad vocal —una voz reconocible entre las demás— sino, fundamentalmente, el eje de la personalidad artística. 

En este camino, en contacto con la realidad del sonido vocal pleno, me encuentro profundamente agradecida de recibir de mi maestro las herramientas que me permiten acercarme a la comprensión de los testimonios del pasado, puestos en palabras y principalmente en música. El estado actual de hiperespecialización y de alejamiento de las fuentes, que afecta con particular crueldad al arte del canto, hacen doblemente estimable su investigación teórica, que abarca la revisión y traducción de tratados y métodos de canto publicados a lo largo de cinco siglos de nuestra historia, y su afán inagotable de conocimiento que lo conduce, y a nosotros junto a él, en un camino interminable de superación.

Llegué al Maestro D’Annunzio con la intención de formarme como cantante. Junto a él he emprendido un camino de conocimiento de mí misma. Aprendo que el arte del canto exige al artista cantante que ofrende su vida entera. Que la paciente construcción de nuestro instrumento, que solo es posible a partir del cuidado y el respeto por un sinnúmero de cuestiones, la mayoría extremadamente sutiles, nos construye a nosotros mismos como personas en el arte y nos brinda la posibilidad de ser, junto a la naturaleza, dueños de nuestra voz. Ha crecido en mí la convicción de que es posible devolverle a la voz el lugar de importancia que dio a luz tantas obras magistrales —sostengo esta convicción en las pruebas indubitables de nuestro sonido, que no son más que el puente entre los frutos inmarcesibles del pasado y las posibilidades vivas del presente.”

Belén Baptista, soprano uruguaya.
Abril 2019.