Claudia Muzio: una vida consagrada al arte I

Dedico esta serie de artículos a mi maestro, quien me abrió en el sonido el camino de la belleza.

Claudina Emila Maria nació el 7 de febrero de 1889, en el número 4 de la Piazza del Duomo en la ciudad de Pavía. Sus padres, los músicos Giovanna Gavirati y Carlo Muzzio, trabajaban por entonces en el Teatro alla Scala de Milán, su madre como corista y su padre como director de escena. Claudina tomó el nombre artístico de Claudia Muzio en su adolescencia, cuando se preparaba para su debut en la ópera. Su brillante carrera duró 26 años, hasta ser interrumpida por una muerte prematura. 

Según la gran Gilda Dalla Rizza, Claudia fue “la reina de las sopranos” en su época. Dejó más de cien grabaciones que aseguraron que su arte y su reputación perduraran y, aunque protegió celosamente su vida personal del escrutinio público, tuvo un grupo de fieles admiradores, el Club de Fans de Muzio, cuya existencia sería decisiva para preservar algunos recuerdos de la vida cotidiana de la cantante.

Carlo Muzzio era un popular director de escena que trabajaba regularmente en La Scala, el San Carlo de Nápoles, el Covent Garden, el Opera House de Manhattan y el Metropolitan de Nueva York. Giovanna Gavirati estaba contratada en el Covent Garden y en el Met como miembro del coro. Durante sus frecuentes viajes a los principales teatros de ópera del mundo, la niña pasó su infancia entre bastidores, aprovechando al máximo su privilegiada e inusual educación:

“Yo solía encargarme de todas las partituras por él, y conocía todos los cortes, los cambios y cómo debían ser utilizadas. Los propios cantantes a menudo venían a mí para que les diera indicaciones escénicas sobre sus partes, sabiendo que yo tenía esta experiencia.”

Claudia Muzio, entrevistada por Harriette Brower en 1917.

El mundo de la ópera fue el centro de la vida de Claudia desde su infancia. En el Covent Garden y en el Metropolitan, los dos principales centros de trabajo de Carlo, estos fueron los años dorados de la historia de la ópera. Claudia jugaba durante los ensayos, miraba y escuchaba desde las bambalinas a las estrellas más veneradas: Melba, Caruso, de Reszke, Sembrich, Nordica, Eames, Patti, Albani, Tamagno, Maurel, Plançon, Calvé, Sanderson, De Lucia, Schumann-Heink, entre muchas otras luminarias como Gustav Mahler. Su infancia fue una verdadera escuela de ópera. Muchos años más tarde, mientras trabajaba en el Metropolitan, quizás en 1924, Claudia dijo en una entrevista: 

“Ah, esos fueron días felices. Tal vez usted piense que estaba soñando sueños maravillosos. Pero no soñaba. Vivía en mi propio hermoso mundo y cada felicidad de hoy no es más que la repetición de alguna felicidad de aquellos días cuando abrazaba a mi muñeca Tosca en los bastidores y esperaba que el gran Caruso pasara por delante de mí y me diera una palmadita en la cabeza.”

Durante su infancia, estudió piano y arpa con su madre y a los quince años fue enviada a Italia para continuar su formación musical en Turín. Allí estudió piano y canto con la mezzosoprano Annetta Casaloni, de 78 años, célebre intérprete del rol de Angelina en La Cenerentola de Rossini, elegida por Verdi en 1851 para crear Maddalena en Rigoletto. Su padre no quería que Claudia se convirtiera en cantante de ópera y pensaba que podía ser una gran profesora de piano. Claudia incluso fue contratada como arpista en la orquesta de Covent Garden. Sin embargo, Casaloni le aconsejó que se dedicara a una carrera operística y le dijo: “Tu voz está bien colocada y no tendrás que aguantar un trabajo dificultoso por mucho tiempo.” Casaloni envió a Claudia a Milán para que terminara sus estudios con la soprano Elettra Callery-Viviani.

Tras estos pocos años de instrucción formal como cantante, que fueron la culminación de toda una vida de aprendizaje orgánico dentro y fuera de la ópera, su padre estaba seguro de las posibilidades de su hija y le dijo al famoso tenor irlandés John McCormack que la joven tenía un brillante futuro como cantante de ópera. El debut oficial de Claudia Muzio fue en el Teatro Petrarca de Arezzo el 15 de enero de 1910 en el papel principal de Manon de Massenet junto a otra futura estrella: el joven tenor Tito Schipa. En julio cantó Violetta en La Traviata y Gilda en Rigoletto en Messina; en diciembre volvió a cantar Violetta y el papel principal de Manon Lescaut en Catanzaro, continuando en febrero con su primera Tosca

En 1911, Claudia interpretó Musetta en La Bohème de Puccini, un rol que no volvería a cantar, en el Teatro dal Verme de Milán, e hizo sus primeras grabaciones para His Master’s Voice. Más tarde, ese mismo año, fue contratada para cantar Gilda, su última aparición en este papel, y Leonora en el II Trovatore en Turín. Reapareció en el Dal Verme de Milán como Margarita en el Fausto de Gounod y como Nedda en I Pagliacci, una vez más acompañada por otro futuro tenor estrella, Aureliano Pertile. El año 1912 comenzó con I Promessi Sposi de Ponchielli en el Dal Verme y continuó con su debut como Desdemona en Otello de Verdi en el Teatro Massimo de Palermo, donde tuvo su primera experiencia en la creación de un papel en una nueva ópera: La Baronessa di Carini de Giuseppe Mulè.

Su primer gran triunfo fue en el Dal Verme en septiembre de 1912. Apareció con el tenor Giovanni Martinelli y el barítono Mariano Stabile en Manon Lescaut de Puccini, recibió críticas positivas y la ópera fue repetida en veintidós oportunidades por demanda popular. Antes de fin de año, Claudia volvió a actuar en Otello y participó en el estreno mundial de Melenis de Riccardo Zandonai. Su reputación crecía y debutó en el San Carlo de Nápoles en enero de 1913 en el papel de Desdemona, dirigida por Vittorio Gui. Sus actuaciones en este rol atrajeron la atención en La Scala, y fue invitada a interpretarlo en su debut en el teatro en diciembre. Continuando su primera temporada en la Scala, Claudia participó en el estreno de L’abisso, de Antonio Smareglia, el 10 de febrero de 1914, junto con el tenor Icilio Calleja y la soprano Ernestina Poli-Randaccio, dirigida por Tullio Serafin. Estudió el papel de Fiora en L’Amore dei tre re de Montemezzi con el compositor y el libretista, y su gran éxito hizo que el crítico e historiador de la ópera Carlo Gatti afirmara que ella era: 

“…un regalo para la escena musical en Italia… se nos dio una muestra de su poder y ella está al mismo nivel que los mejores intérpretes. Este es el anuncio de la llegada de una gran artista por la que lucharán todos los grandes teatros del mundo.”

Sólo dos semanas después de sus últimas presentaciones en La Scala, Claudia se encontró con una oportunidad inesperada. La temporada de verano de 1914 en Covent Garden había sido inaugurada por la estrella de la casa, Nellie Melba, como Mimì en La Bohème. Bianca Stagno Bellincioni, hija de los dos legendarios intérpretes, había sido contratada para cantar en Manon Lescaut de Puccini y no estaba disponible. Harry Higgins, el jefe del sindicato de la ópera, escuchó a Claudia, que tenía por entonces veinticinco años, en un ensayo, y le pidió que la sustituyera. La joven se incorporó a una temporada que incluía no sólo a Melba y a Caruso, sino también a Martinelli, Rosa Raisa (que también hacía su debut en Covent Garden), John McCormack y Emmy Destinn. La joven soprano dijo a la prensa:

“… mi padre me ingresó en una escuela de música en Turín, no hay nada muy emocionante que contar, excepto que estudié música allí —¡música además de canto!— hasta que pareció que realmente tendría la oportunidad de tener una carrera exitosa en la ópera, cuando me fui a Milán.  […] Entonces el lunes pasado Mr. Higgins del Sindicato de Covent Garden me escuchó en un ensayo de Otello en el Théâtre des Champs Elysées en París. De pronto me pidió que cantara en Manon, en Londres. Eso significaba dejar París esa misma noche, pero mi padre y yo nos vinimos; luego un poco de ensayo; luego la actuación de anoche —en la que me alegra haber complacido a los londinenses, que escuchan a tantos buenos cantantes. Bueno, mi padre y yo habíamos arreglado para volver a París, pero hoy nos han pedido que nos quedemos en Londres. Voy a ser la heroína de la nueva Francesca da Rimini.”

Al final, Francesca da Rimini no se presentó en Covent Garden pero Claudia fue favorecida con una mejor oportunidad. La soprano Louise Edvina, una de las intérpretes favoritas del papel de Floria Tosca, cayó enferma y se le pidió a Claudia que la cubriera. Esa noche del 16 de mayo de 1914, con Enrico Caruso como Cavaradossi y el barítono Antonio Scotti como Scarpia, Muzio se destacó. La crítica reflejó su gran éxito y señaló con estas palabras lo que serían las constantes artísticas de su carrera como cantante:

“Mademoiselle Muzio demostró que no sólo es una cantante de grandes recursos, ¡sino una actriz de intenso poder dramático! A lo largo del segundo acto, su estudio de la atormentada heroína fue lúgubre y abrumadoramente convincente […] No menos reveladora que su capacidad dramática fue la belleza del canto de mademoiselle Muzio. Su paleta de valores tonales fue lo suficientemente amplia para expresar cada matiz de sentimiento y su voz nunca falló ni en poder ni en variedad.”

“Aquellos que vieron la expresión de sus diferentes emociones en el primer acto, […] presenciaron una actuación personal e individual al más alto nivel posible de presentación escénica.”

“Ahora… una artista ha llegado a nosotros que puede dar mayor efecto al aspecto histriónico del rol que cualquier cantante actual.”

Se le ofreció otra fecha como Tosca y cantó Mimì en La Bohème, con Caruso como Rodolfo, Alice Ford en Falstaff y Margherita en Mefistofele de Boito con John McCormack, Adamo Didur y Rosa Raisa. En mayo cantó en I Pagliacci de Leoncavallo con la Compañía de Ópera de Boston en el Théâtre des Champs Elysées en París. También en Covent Garden reemplazó a Nellie Melba en Otello; la estrella tuvo que partir a Australia por razones personales tras haber aparecido en la primera representación de la temporada. Claudia temía que la compararan con Melba de manera desfavorable, pero las críticas fueron brillantes: 

“Con cada nueva aparición en público, la joven e inteligente artista profundiza en la impresión que su actuación y su canto causaron cuando tomó por primera vez a los espectadores de la ópera por sorpresa. Ella es sin duda la mayor adquisición que el Sindicato ha obtenido en años. Su versatilidad es notable y, aunque quizás sea pronto para hablar del lugar que probablemente ocupará en la historia de la ópera, al menos puede decirse con confianza que nunca hará nada malo. Anoche cantó y actuó con verdadero encanto y patetismo, mientras que en los momentos más dramáticos de la ópera nunca dejó de estar a la altura de las circunstancias.”

El resto de 1914, Claudia cantó en Italia y tuvo mucho éxito en un papel inusual: Siglinda en La Walkiria, la producción italiana de Die Walküre, dirigida por Héctor Panizza en Turín. El famoso director quedó tan impresionado con su actuación que, años más tarde, escribió en su autobiografía que la soprano fue una revelación en el papel de Siglinda y que lamentó no haber llevado La Walkiria con Claudia de gira por Italia y a Buenos Aires, donde empezaban a representarse óperas de Wagner en el Teatro Colón. 

Sus primeras actuaciones fuera de Europa fueron en La Habana, Cuba, en 1915. Cantó Nedda en I Pagliacci con Giovanni Zenatello y Tita Ruffo; Tosca con Giuseppe de Luca; Otello con Zenatello y Ruffo, dirigida por Tullio Serafin; Mimì en La Bohème con Zenatello y Ruffo; y Micaela en Carmen con Maria Gay y Ruffo, dirigida por Serafin. Tras pasar el verano aprendiendo nuevos roles, recibió un telegrama:

Claudia Muzio, Turín 

¿Aceptaría usted ofrecer su digna colaboración para la temporada que voy a iniciar en el Teatro Dal Verme de Milán, a beneficio de la “Familia Teatral,” en septiembre, con la ópera Tosca? Muchos entre los mejores artistas líricos cooperan conmigo en esta manifestación patriótica fraternal. Con gran esperanza de contar con su consentimiento, me pongo a su disposición si desea leer Tosca conmigo. Muchas gracias y distinguidos saludos, 

Arturo Toscanini

Finalmente, Claudia comenzó su trabajo con Toscanini interpretando I Pagliacci con Enrico Caruso. El director encontró el trabajo de Claudia notable y ella cantó en diez representaciones de Tosca, en una temporada que incluyó a Rosina Storchio, Alessandro Bonci, Ester Mazzoleni, Tito Schipa y Enrico Caruso, confirmando que ya por entonces estaba considerada al más alto nivel del arte operístico. Tenía veintiséis años.

Durante la mayor parte del año siguiente cantó en Italia, actuando en Loreley, Francesca da Rimini, Tosca y Madame Sans-Gêne en Génova, Pisa, Brescia, Padova y San Pellegrino. Fue en Brescia donde Giulio Gatti-Casazza, director general de la Metropolitan Opera Company de Nueva York, vio su trabajo. Le extendió una vaga invitación para que cantara en Nueva York y al volver al teatro encontró un caos entre las intérpretes: Lucrezia Bori acababa de ser operada de la garganta, Geraldine Farrar estaba enferma y Emmy Destinn había sido acusada de sedición en su país natal. Gatti telegrafió a Muzio pidiéndole que viniera inmediatamente a Nueva York para su debut. Ella llegó el 23 de noviembre, once días antes de su primera actuación, y sólo entonces se anunció que actuaría en Tosca, con Antonio Scotti y Caruso.

La gran noche fue el primer lunes de diciembre. El martes, el titular del periódico Herald fue: “La Srta. Muzio debuta en la ópera aquí; llora de alegría mientras el público la aclama.” Era la primera italiana en aparecer en el Metropolitan como Tosca, a excepción de una sola actuación de Lina Cavalieri en 1907,1 y la prima donna más joven que cantaba en esa temporada. Esta fue la crítica en el New York American:

“EL DEBUT OPERÍSTICO DE CLAUDIA MUZIO EN AMÉRICA ES UN TRIUNFO

[…] Su interpretación del “Vissi d’arte,” tras una actuación muy dramática de la escena precedente con Scotti, evocó una verdadera tormenta de aplausos y unos minutos más tarde, cuando apareció sola ante el telón, fue recibida con un estruendo como pocas veces se oye en la Metropolitan Opera House, especialmente un lunes por la noche.”

El crítico del Herald escribió:

“En la última década ninguna nueva soprano italiana ha tenido tanto éxito en su primera actuación aquí como la Srta. Claudia Muzio anoche cuando cantó por primera vez en América Tosca en el Metropolitan. Fue la primera italiana en cantar el papel en esta casa. La Tosca de la Srta. Muzio fue en muchos aspectos la representación más impactante vista en Nueva York en años. […] se trata de una actriz notable. Puso en el papel emociones que aquí desconocíamos. Sin duda, será una valiosa incorporación al Metropolitan en esta temporada en la que los cantantes de papeles italianos son escasos. Su expresión facial, el uso de sus manos, la intensidad de su actuación son admirables.”

Claudia dijo a la prensa:

“Estoy abrumada. No sé qué decir. Cuando salí al escenario sentí que el público era receptivo. Eso me quitó todo el pánico escénico desde el principio. Me alegra ser la primera cantante italiana que aparece como Tosca en el Metropolitan.”

También fue entrevistada en el Times:

“Nunca recibí lecciones de actuación. Aprendí de las viejas estrellas del Metropolitan, a las que solía mirar desde la parte de atrás del Auditorio. Las imitaba cuando volvía a casa ante el espejo, como hacen los niños. Se alojó en mi sangre desde temprano. Así que cuando mi voz se desarrolló, yo estaba lista para subir al escenario de la ópera. Si no hubiera tenido una voz, habría sido actriz, estoy segura.”

De diciembre de 1916 a abril de 1917, actuó con la Metropolitan Opera Company en Tosca, Manon Lescaut, I Pagliacci, Il Trovatore y Aida. Se le ofreció protagonizar la noche inaugural de la nueva temporada de 1917, actuando en Aida con Caruso. En los meses siguientes, añadió La Bohème, Le Prophète (en una gran producción de reestreno protagonizada por Caruso) y L’Amore dei Tre Re. Antes de comenzar su segunda temporada, regresó al estudio de grabación para cumplir su contrato con Pathé Frères.

En el verano de 1918, del 29 de junio al 29 de agosto, Claudia se presentó en el Festival de Ravinia, cerca de Chicago, cantando en doce óperas diferentes. Fueron treinta y dos representaciones en el espacio de ocho semanas en los papeles principales de Aida, Il Trovatore, L’amore dei tre re, I Pagliacci, Tosca, Faust, Cavalleria Rusticana, Manon, La Bohème, I gioielli della Madonna, Il segreto de Susanna y su debut en Madama Butterfly de Puccini. En noviembre, la temporada comenzó para Claudia en el Metropolitan interpretando Aida, seguida de I Pagliacci, Le Prophète, Tosca e Il Trovatore.

El 14 de diciembre de 1918, Claudia creó el papel de Giorgetta en Il Tabarro, en el estreno mundial de II Trittico de Puccini. Su interpretación recibió excelentes críticas y Gatti-Casazza, en un telegrama a Puccini, la declaró “incomparable.” Un crítico escribió:

Il Tabarro dejó su marca indiscutiblemente; la ovación que recibieron sus cantantes al final fue prueba suficiente. Aunque los propios intérpretes fueron igualmente responsables de ello; su actuación fue muy viva y efectiva, y su canto realmente excelente. […] los honores del público fueron para Claudia Muzio, la belleza de la barcaza, que crece en favor y en capacidad año a año. No sólo cantó bien, sino que se veía muy bien —su aspecto concordaba con su papel y actuó como si lo supiera.”

En enero de 1919 añadió Cavalleria Rusticana a su repertorio en el Metropolitan y tuvo que reemplazar a Geraldine Farrar en Madama Butterfly con muy poca antelación. La prensa aclamó su trabajo:

“Muzio complace en Butterfly. Geraldine Farrar no pudo cantar en la matiné pospuesta.

[…] Geraldine Farrar estaba muy ronca como para cantar y Claudia Muzio, con poca antelación pero con una considerable y gratificante experiencia en el papel, fue convocada para cantar Cio-Cio-San para una gran audiencia en el Metropolitan Opera House. Fue la primera aparición de Muzio en este rol aquí, y cualquier decepción que pudiera haber habido por la ausencia de Farrar fue rápidamente olvidada con el canto y la actuación en el rol de la famosa noviecita japonesa por parte la joven soprano italiana, que se ganó una impetuosa y sincera ovación al final del primer acto. También fue la primera vez que Hipólito Lázaro cantaba Pinkerton aquí y el debut local de Montesanto, en el papel de Sharpless. De hecho, todo el reparto era prácticamente nuevo […] unido en espíritu y esfuerzo para ofrecer lo que resultó ser una de las mejores interpretaciones de la obra que se ha hecho nunca. El Sr. Moranzoni dirigió.”

Su Leonora en Il Trovatore fue otro éxito:

“Muzio en Trovatore. Su éxito fue un elemento sobresaliente en la representación de la ópera.

[…] Sólo una combinación muy elevada de soprano dramática, lírica y de coloratura puede hacer frente con éxito a una música que exige no solamente todos los estilos técnicos de vocalidad, sino una variedad completa e interesante de expresión emocional. Felizmente, la soprano de anoche, además de una personalidad atractiva y grácil, tiene una voz gloriosa y fresca capaz de obedecer cualquier exigencia y cumplir con todos los requisitos técnicos. […] Fue refrescante con su canto espontáneo y expresivo, […] su gracia fue siempre uno de los rasgos agradables en una fina interpretación de un papel difícil.”

Al acercarse el final de la temporada en el Metropolitan, Claudia participó en una Gala para celebrar el vigésimo quinto aniversario del debut de Enrico Caruso en la ópera y trabajó con él en lo que serían, sin que el tenor lo supiera, sus últimas actuaciones en Aida y La Bohème

A partir de junio de 1919, hizo sus primeras apariciones en América del Sur, donde se le conocería como La única. Este apodo tiene su origen en una carta que la mezzosoprano Gabriella Besanzoni le envió en 1926 a la ciudad de Río de Janeiro, Brasil; en la dirección escribió: “Claudia Muzio, La Única” y la carta, sin más datos, increíblemente llegó a la soprano. Su debut en Buenos Aires fue en la ópera de Catalani Loreley, seguida de su aparición en Tosca (con un joven Beniamino Gigli), Aida, Manon Lescaut, Mefistofele (en la que cantó a la vez Marguerite y Helene), Madame Sans-Gêne (en su estreno sudamericano) y La Bohème, todas ellas dirigidas por el director Tullio Serafin, exceptuando Manon Lescaut. Fueron treinta y siete representaciones, de junio a septiembre, en el Teatro Colón. Entre actuaciones en Buenos Aires, cruzó el río a Montevideo, Uruguay, e interpretó Loreley, Madame Sans-Gêne (en su estreno uruguayo), La Bohème, Tosca y Aida en el Teatro Solís dirigida por Serafin, con los tenores Rinaldo Grassi y Beniamino Gigli. Su trabajo en América del Sur resultó no sólo de alto nivel artístico sino muy lucrativo: en el Colón recibía un salario casi siete veces superior al del Metropolitan.

De vuelta en Nueva York para el comienzo de la temporada, Claudia interpretó su repertorio habitual, incluyendo Il Tabarro, y fue seleccionada para protagonizar el estreno en Estados Unidos, en italiano, de Eugene Onegin de Tchaikovsky en el rol de Tatiana, con Giuseppe De Luca, Giovanni Martinelli y Adamo Didur. El 5 de mayo de 1920 debutó en el Palais Garnier cantando Aida y desde allí navegó a Sudamérica hasta llegar a Valparaíso, Chile, el 3 de junio. 

Estaba contratada para cantar Loreley en el Colón en menos de dos semanas, pero el camino a Buenos Aires se convertiría en una inesperada aventura invernal. La nieve era muy profunda y los viajeros encontraron el túnel sobre las montañas cerrado. Los fuertes vientos impedían el viaje en avión y el grupo no tuvo otra opción que partir hacia Buenos Aires por el camino del norte.  Cuando lograron llegar a Uyuni, Bolivia, la compañía de ferrocarriles construyó un tren especial para que siguieran adelante. A partir de ese momento, Claudia describió el viaje en una carta que fue publicada en el New York Times: 

“Partimos hacia un pequeño lugar llamado Atocha, llegamos allí temprano en la mañana, a 40 bajo cero afuera, y sin vapor en nuestros Pullman, ya que usaban madera para hacer funcionar los trenes. Estábamos todos muy enfermos, muertos de frío, casi congelados, aunque todos estábamos envueltos de pies a cabeza con lana y pieles, pero no podíamos entrar en calor. Nos dijeron que bajáramos y desayunáramos en el hotel, antes de que llegara el automóvil para llevarnos a la siguiente etapa del viaje. No hay palabras para describir el aspecto del hotel, una pequeña cabaña de piedra con suelo de tierra y un calor sofocante en el interior. Les dijimos que pusieran la mesa afuera en el césped, y allí desayunamos en el aire helado. Luego llegó el coche y tuvimos que dejar los diecisiete baúles para que los llevasen a lomos de mula. Desde Tupiza, Bolivia, donde almorzamos, al mediodía, el camino fue más difícil. Con reventones y todos saliendo para ayudar a empujar para poder subir algunas de las empinadas laderas de las montañas, llegamos a La Quiaca, Argentina, a las 9 p.m., casi sin poder bajar después del duro viaje y de los muchos golpes que nos hizo sufrir nuestro conductor. Nos alojamos en el Hotel Grand Royal, con una vela en cada habitación como única iluminación, y una vieja bomba en el patio, donde todos los viajeros tuvieron que ir a lavarse —allí solamente había 20 grados bajo cero. La noche pasó de esa manera y, tras desayunar en el bar, fuimos a tomar el tren la mañana del día 13, preguntándonos cuál sería nuestra suerte. Imagínese —el Ministro de Ferrocarriles Argentinos, los directores de la línea y el señor B. de la dirección de la Ópera de Colón, tenían un tren especial maravilloso, con todos los servicios de lujo, esperándonos. Al llegar a Jujuy, pasamos la noche en nuestro tren y la noche siguiente llegamos a Tucumán.”

Justo a tiempo, la temporada del Colón fue inaugurada con Claudia bajo la batuta de Serafin. A su anterior repertorio en el teatro añadió Traviata y Lohengrin. Más tarde, repitió sus actuaciones en Río de Janeiro y fue allí donde protagonizó, bajo la dirección de Serafin, el estreno sudamericano, en italiano, de Der Rosenkavalier, en el rol de The Marschallin. Richard Strauss estuvo presente y escribió a su libretista y amigo Hugo van Hofmannsthal: 

“[…] Rosenkavalier ha sido por fin producida aquí con el mayor éxito posible —el sábado 2 de octubre— como la última representación de la Stagione Bonetti (durante la cual he dirigido hasta ahora seis conciertos aquí) bajo ese excelente director Serafin, con Claudia Muzio como una elegantísima y encantadora Marschallin.”

El 17 de julio de 1920 fue su primera noche como Violetta en el Teatro Colón, dirigida por Serafin. No había cantado en Traviata en ningún otro teatro desde su aparición en Messina en 1910 y este papel resultaría ser uno de sus logros más destacados y populares. La soprano inglesa Eva Turner, que era por entonces su colega en el Colón, la llamó la más grande de todas las Violettas. La gran soprano wagneriana Frida Leider escuchó la Violetta de Claudia en Chicago y, años más tarde, escribió en su autobiografía: 

“Era un papel en el que aprovechaba al máximo su magnífico aspecto… al principio era una verdadera y muy bella gran dama; luego iba cambiando poco a poco a medida que se desarrollaba la tragedia. Nunca escuché el último acto tan conmovedoramente interpretado.”

Rosa Ponselle lo resumió con estas palabras:

“… en el escenario ella no era Claudia Muzio cantando La Traviata. Era Violetta Valéry enamorándose y muriendo ante nuestros ojos… Fue la mejor actriz-cantante de todos los tiempos.”

Desde enero hasta abril de 1921 cantó en el Metropolitan y participó en el estreno de Andrea Chénier de Giordano en el teatro, junto a Beniamino Gigli, con gran éxito. Maddalena se convirtió en otro de sus papeles emblemáticos. Durante una serie de entrevistas en los años 70, Rosa Ponselle tuvo mucho para decir sobre el trabajo de su colega:

“—¿Me daría algunos ejemplos de caracterizaciones que ha visto y que considera insuperables o inigualables? 

—¿Las que pondría al nivel de Caruso en La Juive? ¿En mi época? Oh, no será una lista muy larga. Estaría Feodor Chaliapin en Mefistofele […] Y el Canio de Caruso en Pagliacci, como ya he dicho. También diría que la Aida de Muzio, y su Maddalena en Andrea Chénier, no pueden ser superadas […] Pienso en los cantantes de mi tiempo que tenían voces verdaderamente grandiosas, y que también eran grandes actores. Pienso en los que fueron más que grandes actores, realmente, los que se convertían en los personajes que representaban. Esa es la prueba más exigente de todas. 

—Una de las sorpresas de su lista, al menos para mí, es que ha mencionado dos papeles que estaban asociados a su propia carrera: Aida y también Maddalena en Andrea Chénier, y ha dicho que Claudia Muzio los interpretaba de forma insuperable. ¿Incluye usted sus propias concepciones de Aida y Maddalena al poner a Muzio en su lista con esos roles en particular? 

—Claro. Por supuesto que sí. Pero en esos dos papeles no creo que nadie pudiera superar a Muzio. […] Muzio lo tenía todo. Para mí, era la mejor de todas las Maddalenas. […] Yo todavía vuelvo a Muzio cuando pienso en Maddalena. Le quedaba como un guante, nadie podía tocar a su Maddalena. […] ella tenía ese latido en la voz que no sé de qué otra manera describirlo.”

En junio, Claudia volvió a Buenos Aires. Cantó hasta octubre y añadió a su repertorio del Colón La Forza del Destino, Monna Vanna de Fevrier (su debut en el papel) e Il Trovatore. Luego se embarcó a México para cantar en sus últimas actuaciones de ese año. El 12 de enero de 1922, recién llegada a Nueva York, fue entrevistada por el Musical Courier:

“¡Sesenta actuaciones desde que se marchó de aquí en mayo pasado!” exclamó el escritor, “¡y sin embargo no parece haber sufrido bajo la presión!” “¿Pero por qué?” insistió Muzio, encogiéndose de hombros; “Soy más feliz cuando estoy cantando o trabajando. Para mí nada más cuenta —los placeres externos. Tal vez sea un error aislarse del mundo pero, sin embargo, siempre lo he hecho.” […] “No tengo que trabajar tan duro ahora, pero siempre estoy haciendo ejercicios y puliendo mis roles.”

De febrero a abril de 1922 Claudia hizo sus últimas apariciones como miembro regular de la Metropolitan Opera Company, cantando en Aida, L’Amore dei tre re, Andrea Chénier, Loreley (en su estreno en el teatro), Il Trovatore e I Pagliacci. En mayo, firmó un contrato muy favorable para cantar con la Chicago Civic Opera Company, en la que las estrellas reinantes eran Rosa Raisa y Mary Garden, a partir de la siguiente temporada. No volvería al Metropolitan hasta 1934.


Grabaciones

Claudia Muzio
Sì, mi chiamano Mimì
La Bohème
Giacomo Puccini
Registrado en 1911.

Claudia Muzio, G. Tommasini
Amami, Alfredo
La Traviata
Giuseppe Verdi
Registrado en 1911.

Claudia Muzio
In quelle trine morbide
Manon Lescaut
Giacomo Puccini
Registrado en 1917.

Claudia Muzio
Balatella
I Pagliacci
Giacomo Puccini
Registrado en 1917.

Claudia Muzio
Suicidio!
La Gioconda
Amilcare Ponchielli
Registrado en 1917.

Claudia Muzio
Ave Maria
Otello
Giuseppe Verdi
Registrado en 1917.

Claudia Muzio
Ancora un passo
Madama Butterfly
Giacomo Puccini
Registrado en 1917.

Claudia Muzio
Ritorna vincitor
Aida
Giuseppe Verdi
Registrado en 1917.

Claudia Muzio
O gioia, la nube leggera
Il segreto di Susanna
Ermanno Wolf-Ferrari
Registrado en 1917.

Claudia Muzio
O patria mia
Aida
Giuseppe Verdi
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Un bel dì vedremo
Madama Butterfly
Giacomo Puccini
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
D’amor sull’ali rosee
Il Trovatore
Giuseppe Verdi
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Depuis le jour
Louise
Gustave Charpentier
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Obéissons, quand leur voix appelle
Manon
Jules Massenet
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Ma dall’arido stelo divulsa
Un ballo in maschera
Giuseppe Verdi
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Senza mamma
Suor Angelica
Giacomo Puccini
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Mercè, dilette amiche
I vespri siciliani
Giuseppe Verdi
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Surta è la notte… Ernani!
Ernani
Giuseppe Verdi
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
O ben tornato, amore
Emilio Amico Roxas
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Baciami!
Arturo Buzzi-Peccia
Registrado en 1918.

Claudia Muzio
Jean
Harry T. Burleigh
Registrado en 1918.


1 Milka Ternina, Emma Eames, Geraldine Farrar, Olive Fremstad y Emmy Destinn habían sido las Toscas de la casa desde 1901 hasta entonces.


Lee la segunda parte.


Fuentes

  • Claudia Muzio (1889-1936), Her Life and Career, Laurence Jenkins, Wellington, 2003.
  • Claudia Muzio, La única, Eduardo Arnosi, Buenos Aires,1986.
  • Following A Star, Letters Home from May Higgins, encontrado en la versión archivada del sitio web de Mike Richter, consultado en marzo de 2020. 
  • The last prima donnas, Lanfranco Rasponi, Nueva York, 1982.
  • More legendary voices, Nigel Douglas, Nueva York, 1995.
  • Claudia Muzio, nel 70° anniversario della morte, Giuseppe Marchetti, Roma, 2006.
  • archives.metoperafamily.org
  • operas-colon.com.ar
  • adp.library.ucsb.edu
  • The Teatro Solís: 150 years of Opera, Concert, and Ballet in Montevideo, Susana Salgado, Middletown, 2003.
  • Claudia Muzio L’Unica, facebook page, consultado en marzo de 2020. 
  • Voci parallele, Giacomo Lauri-Volpi, Milán, 1960. 
  • Rosa Ponselle: a centenary biography, James A. Drake, Oregon, 1997.
  • A working friendship: the correspondence between Richard Strauss and Hugo von Hofmannsthal, Nueva York, 1974.
  • Toscanini, Harvey Sachs, Londres, 1978.
  • Traveling with Claudia Muzio, An Account Drawn from May Higgins’s Letters, 1929-1935, Ronald L. Davis, The Opera Quarterly, Volumen 10, Número 2, 1993.
  • Soprano Dame Eva Turner, A Conversation with Bruce Duffie, encontrado en bruceduffie.com, consultado en marzo de 2020.