Emma Calvé: una profunda comunión musical

Emma Calvé recuerda en su libro My life uno de los momentos musicales que más profundamente la impresionó a lo largo de su vida en el arte: la comunión de Franz Liszt y Gabrielle Krauss, una de las primeras alumnas de Mathilde Marchesi durante su estancia en Viena y para entonces una soprano consagrada.


Mientras fui su alumna, tuve la suerte de escuchar y ver de cerca a la maravillosa Krauss. Yo sentía una tremenda admiración por esta gran tragédienne lírica. Su voz no era hermosa y ocasionalmente tenía un trémolo marcado. De ordinario, su aspecto era poco atractivo, incluso feo; pero cuando cantaba, se transfiguraba. ¡Se tornaba hermosa, inspirada! Era capaz de emocionar incluso al público de la Ópera, ¡ese público de dilettanti tan difícil de complacer o de conmover! La escuché en Sappho y en el Tribut de Zamora de Gounod y en Henri VIII de Saint-Saëns, de hecho en todas sus famosas creaciones.

En la primera noche del Tribut se superó a sí misma. Fue en la escena de la batalla en la que, como una ardiente patriota, desesperadamente herida, cantó un himno de batalla a los soldados que la rodeaban. Arrastrándose de rodillas por el escenario, llegó hasta los focos. En un último esfuerzo que pareció elevarla por encima de sí misma, se levantó cantando “Debout, enfants de l’lberic.”

Mis compañeros y yo estábamos en la primera fila de la orquesta. Fue como el empellón de una espada —un golpe físico. Gritamos y nos pusimos de pie. Todo el público se levantó, electrizado, transportado, avanzando hacia adelante en respuesta a su inspirada llamada.

Una tarde, más o menos en esta misma época, Krauss estaba cantando en casa de Madame Marchesi. Liszt estaba presente. Permanecía sentado en silencio e impasible entre las entusiastas aclamaciones del resto de nosotros. Sentí que no apreciaba a mi ídolo, y me sentí casi indignada con él por su indiferencia.

En el transcurso de la tarde, Madame Marchesi le preguntó si acompañaría a Madame Krauss, que estaba a punto de cantar el Erlkönig. “No quiero,” contestó brutalmente. “Es demasiado fea y tiene un trémolo.” Su anfitriona, sin embargo, insistió en voz baja. “Muy bien, entonces,” concedió a regañadientes. “Le advierto que si su canto no me satisface, pararé en el medio y me iré.” “No me siento para nada ansiosa,” contestó Madame Marchesi.

Liszt se levantó y cruzó la habitación, con obvia reticencia. Puedo verlo ahora, mientras se sentaba al piano. Su melena de león echada hacia atrás, sus garras estrellándose contra el sonoro teclado, atacó el admirable preludio de Schubert. Él, solo, con su increíble fuerza, era tan poderoso como toda una orquesta.

Madame Krauss, que había oído los comentarios poco elogiosos del gran hombre, se puso en pie. Pálida pero decidida, sus ojos fijos en el rostro del maestro, empezó a cantar. Casi inmediatamente él alzó la cabeza, atento, sorprendido. Sus ojos se encontraron con los de la tragédienne y no pudieron apartarse de su rostro.

En una comunión desgarradora, intensa, trascendente, sus espíritus se encontraron y se mezclaron. Nos arrastraron con ellos, en su trágico éxtasis. ¡Fue tremendo, indescriptible! Poco a poco, Liszt se había alzado sobre sus pies. A medida que las últimas notas se apagaban, extendió sus brazos a la inspirada cantante.

“¡Perdóname, mi hermana, mi niña!” exclamó, con la voz rota por la emoción.

Krauss, completamente exhausta por su prodigioso esfuerzo, sólo pudo murmurar “Gracias” mientras se desplomaba en su silla.

Más de veinte años después, en una entrevista con un periódico, se pidió a los músicos más destacados de la época que describieran el momento de sus vidas en el que la música les había conmovido más profundamente. Sin excepción, todos los que habían estado presentes en aquella inolvidable ocasión respondieron: “El día, en casa de Madame Marchesi, en que Liszt acompañó a Madame Krauss en el Erlkönig.”

Yo misma quedé tan profundamente impresionada que desde entonces nunca me he atrevido a cantar esa balada admirable, sintiéndome incapaz de alcanzar tan tremendas alturas.

Texto extraído y traducido de My life, Emma Calvé, Nueva York, 1922.