Emma Calvé: la educación del artista cantante I

Emma Calvé (1858 – 1942) fue una de las sopranos más famosas de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Nacida en un pequeño pueblo del sur de Francia, su carrera internacional cobró impulso recién a partir de 1893 y llegó a ser la artista mejor pagada de la Metropolitan Opera House, superando los ingresos de Jean de Reszke, según lo que el legendario tenor le expresó a Blanche Marchesi.

Los primeros diez años de su carrera fueron, sin embargo, muy dificultosos. Tras un período inicial de estudios en París, debutó en La Monnaie de Bruselas y según cuenta Mathilde Marchesi en su sus memorias: “un día, en el mes de mayo de ese mismo año [1882], se anunció una visita y una joven de ojos oscuros entró en mi estudio, sujetando en su mano una carta de presentación de Monsieur Gevaert, director del Conservatorio de Bruselas. Su nombre era Emma Calvé. “Tome a esta joven artista en sus manos,” escribió Monsieur Gevaert. “Tiene talento, pero aún tiene mucho que aprender. Creo que su voz no ha sido entrenada apropiadamente. Ha cantado con cierto éxito en Bruselas durante el año pasado y ahora desea trabajar de forma estable con usted.” Probé la voz de la niña y la encontré tan fatigada y desgastada por el trabajo que le aconsejé que descansara un tiempo antes de empezar a tomar clases. Ella siguió mi consejo y, tras el cambio de aire que le había sido prescrito, regresó a mí con fuerzas recuperadas y comenzó sus estudios. Estos continuaron conmigo hasta 1884 cuando, en octubre, los señores Corti y Victor Maurel, entonces directores de la Ópera Italiana de París, la oyeron cantar en mi casa e inmediatamente la contrataron.”

Blanche Marchesi también comparte en su libro la impresión que la joven cantante le produjo a su llegada a París: “Su temperamento en esa época de su vida estaba poco desarrollado, su imaginación era limitada. Era muy serena, silenciosa y compuesta, y nadie podía soñar que en un momento dado no sólo sería una gran cantante, sino que se haría famosa por su actuación. Trabajó pacientemente hasta que mi madre salvó su voz, y se convirtió en una encantadora soprano aguda y ligera. De golpe declaró que adoptaría el nombre de Calvé para su carrera y ese día su anillo de bodas desapareció, recogió su peinado virginal y Madame Boellmann [como se había dado a conocer hasta entonces] dejó de existir.”

Calvé trabajó en París durante dos años sin obtener el éxito que tanto deseaba y fue elegida para presentarse en el rol principal de la ópera Flora mirabilis de Samaras en la Scala de Milán. En su autobiografía relata: “La noche de mi debut en la Scala estaba terriblemente asustada. Canté desafinada y perdí la cabeza por completo. El público me siseó, ¡y con razón! ¡Cuántas veces, desde entonces, he bendecido ese afortunado siseo que me hizo darme cuenta de mis defectos y me impulsó a emprender los serios estudios que tanto necesitaba! Regresé a París en un estado de desesperación, dispuesta a fabricar corsés en lugar de continuar con mi carrera. Fui rescatada de este destino por el Sr. Hugel, el conocido editor, que me llevó a Madame Rosina Laborde. Esta notable maestra de canto es tan conocida que no necesito extenderme sobre sus extraordinarios dones como maestra. Su conciencia y su paciencia estaban más allá de todo elogio y fue de ella que aprendí los fundamentos de mi arte. Durante el período que siguió a mi desastrosa presentación en Milán, cambié mucho. No sólo mejoró mi voz gracias a la sabia y experimentada enseñanza de Madame Laborde, sino que mi carácter y personalidad se desarrollaron y cristalizaron.”

En 1891 fue elegida por Mascagni para crear en Roma el rol de Suzel en la ópera L’Amico Fritz, junto a los célebres Fernando de Lucia y Paul Lhérie, el creador de Don José en Carmen. Durante su estancia en la ciudad, estudió con el soprano castrato Domenico Mustafà, director perpetuo del Coro della Cappella Musicale Pontificia. Fue convocada para el estreno francés de Cavalleria rusticana en el rol de Santuzza y presentó en París el rol que se convertiría en su personaje más aclamado: Carmen. En su libro Mi vida, publicado en 1922, reflexiona sobre los avatares de su carrera y dedica varios capítulos a su labor docente y a los valores que estima fundamentales para los jóvenes que desean dedicar su vida al arte del canto.


Trato de enseñar a mis alumnos en Cabrières algo que va más allá de la pura técnica de su profesión. Un artista digno de ese alto título no sólo debe tener un dominio completo de su instrumento. No sólo debe dominar las difíciles artes de la dicción, el control de la respiración, la declamación, la producción del tono y su coloración —de todo lo que de hecho puede entenderse como la parte mecánica del canto. También debe, por encima de todo, poseer una inteligencia elevada, una mente bien informada, un corazón sensible y generoso!

No es posible, por supuesto, conferir estas cualidades a los que no las tienen, como tampoco se puede cultivar una voz que no existe! Por otro lado, así como un maestro experimentado puede sacar a la luz y desarrollar las cualidades ocultas de un tosco cantante joven, la inteligencia joven puede ser estimulada para que despliegue una mayor actividad. A estos jóvenes se les puede enseñar a leer inteligentemente, a estudiar, a pensar. Se les puede demostrar lo mucho que un cerebro bien equipado les ayudará en sus carreras. Sus mentes y almas pueden abrirse a un mayor entendimiento.

Es por eso que siempre estoy contenta de que mis alumnos se queden conmigo en Cabrières, porque allí, en la intimidad de cada día y cada hora, puedo mostrarles, poco a poco, el camino que los conducirá a una cultura más amplia. Por supuesto que no puedo enseñarles todo lo que necesitan, pues no pretendo ser una pedante o una profesora, pero puedo guiarlos hacia las fuentes de información. Puedo indicarles dónde pueden encontrar lo que necesitan. Puedo abrirles los ojos a un centenar de avenidas de interés y de conocimiento a las que muchos de ellos están ciegos.

A menudo me sorprende la ignorancia, la extraordinaria limitación, de algunos de los jóvenes que conozco. El pasado es un libro cerrado para ellos. La filosofía, la psicología, las enseñanzas de los grandes líderes, pasados y presentes, están completamente fuera del campo de su atención. A veces me pregunto cómo estos jóvenes tienen el valor de emprender una carrera artística, con una ignorancia tan absoluta de lo que se ha logrado antes de ellos, con tan poca comprensión intelectual de los problemas que tendrán que afrontar y resolver.

“¿Quién fue La Malibran?” preguntan cuando hablo de la gran cantatrice a la que de Musset escribió sus famosas líneas. “¿Quién era Madame Carvalho?” “¿Rachel era una cantante de ópera?” “¿Qué es el talento?”

No recuerdo ni la mitad de las preguntas divertidas y absurdas que me han hecho, preguntas que demuestran un completo desconocimiento del trasfondo de la información que es tan extremadamente importante para un artista. Pero no puedo culpar a estas jóvenes por sus defectos, cuando pienso cuántos artistas, incluso entre aquellos que han alcanzado un cierto reconocimiento, son igualmente ignorantes y poco informados. A menudo se ha acusado a los músicos como grupo de tener un punto de vista limitado y de carecer de cultura general. Me viene a la mente un incidente que confirma por demás esta acusación.

El barítono que cantaba Escamillo, el torero, en una de las primeras producciones de Carmen, era uno de esos cantantes cuya fuerza pulmonar superaba con creces su comprensión intelectual del rol. Los que presenciaban los ensayos de la ópera advirtieron que se paseaba por sus últimas escenas de la manera más trágica y solemne. En el momento de la ópera en que el Toreador se ha ganado el amor de Carmen y está lleno de confianza en su inminente victoria en la arena, el comportamiento desanimado e infeliz del cantante era particularmente absurdo.

“¿Qué es lo que pasa?” exclamó Carvalho, que estaba dirigiendo el ensayo. “¿Por qué estás tan triste? ¿No sabes que esta es una escena alegre y triunfal?” El cantante se irguió con suprema dignidad. “Siempre hago que mi interpretación se corresponda con las palabras”, contestó altanero. “¿No dice acaso: “Toreador, ten cuidado. ¿Un ojo negro te está mirando?”” “¡Sí, sí! ¡Ciertamente!,” coincidió Carvalho. “Pero no veo por qué eso debería hacerte infeliz. ¿A qué ojo crees que se refiere la canción?” “¿Al ojo de quién?” exclamó el cantante, indignado. “¿No se supone que debo hacer el papel de torero en esta ópera? ¡El ojo de quién, en verdad! ¡Claro, el ojo del toro, por supuesto!”

Este pobre hombre era inusualmente denso. Sin embargo es sorprendente cuán frecuentemente se cometen errores tan absurdos como este. Una ignorancia tal es un obstáculo muy serio para un cantante que desea alcanzar una meta realmente alta en el mundo de la ópera. Ningún aspirante a músico puede permitirse descuidar su educación general y sus estudios. No importa cuán exigente sea su entrenamiento técnico, se deben realizar otros estudios al mismo tiempo. Historia, literatura, idiomas —todo esto es esencial para el desarrollo de una carrera artística interesante.

He visto músicos que han alcanzado cierta popularidad y éxito a través de la mera destreza técnica. Pero todos los genios creativos realmente grandes que he tenido el privilegio de conocer eran personas altamente cultivadas e intelectuales. Intento que mis alumnos se den cuenta de estas verdades casi evidentes. Les muestro por qué, desde un punto de vista perfectamente práctico, el conocimiento de la historia y del vestuario a través de los tiempos es de un valor inestimable en la interpretación de roles operísticos e incluso de canciones sencillas.

Cuando, por ejemplo, estaba estudiando el rol de Mesalina en la ópera homónima de De Lara, me sumergí en la literatura clásica de ese período. Estudié las reliquias históricas de aquella época de la historia romana y me esforcé por recrear en mi mente no sólo una imagen de la propia Emperatriz sino del contexto en el que se movía.

Cuando Salignac fue convocado para interpretar la parte de Cristo en una ópera basada en la historia de María Magdalena, adquirió fotografías de todas las pinturas realizadas por los grandes maestros en las que apareciera la cabeza de nuestro salvador. Reunió cientos de imágenes procedentes de muchos países diferentes. Leyó y releyó el Nuevo Testamento y se sumergió tan completamente en este asunto que finalmente fue capaz de ofrecer una interpretación verdaderamente emocionante e impactante del rol. Sólo a través de estudios tan cuidadosos y concienzudos como estos puede un cantante esperar elevar sus logros por sobre el nivel mortalmente plano de la mediocridad.

Texto extraído y traducido de My life, Emma Calvé, Nueva York, 1922.