Enrico Caruso: el valor del trabajo

A fines de la segunda década del siglo XX, Harriette Brower, conocida por sus entrevistas con grandes músicos como Paderewski, Busoni y von Bülow, publicadas en su libro Piano Mastery, comenzó a preparar una serie de charlas con famosos cantantes “para obtener de los artistas sus ideas personales en relación con su arte y su maestría, y, si fuera posible, algunos indicios de los métodos por los cuales ellos mismos han llegado a la meta”. La primera entrevista en su libro, Vocal Mastery, está dedicada a un artista legendario, Enrico Caruso.


EL VALOR DEL TRABAJO

¡Enrico Caruso! El nombre mismo evoca visiones del mayor tenor operístico de la generación actual, a quienes lo han oído y visto en alguno de sus muchos roles. O, para aquellos que sólo han escuchado sus discos, también visiones de esa voz maravillosa, con su penetrante, vibrante, resonante calidad, la interpretación apasionada, que estampa cada nota que canta con la marca del genio, los clímax tremendos e inolvidables. No haber escuchado a Caruso cantar es haberse perdido algo de la vida; no haberlo visto actuar en alguno de sus mejores papeles es haberse perdido la inspiración de una gran actuación. Como escribió una vez Mr. Huneker: “La carrera artística de Caruso es tan conocida como la de cualquier gran general o estadista; es una figura nacional. Es un gran artista y, lo que es más raro, un hombre genuino”.

Y cómo hemos visto crecer y madurar su arte, desde que empezó a cantar para nosotros. La fecha de su primera aparición en el Metropolitan Opera House, en Nueva York, fue el 23 de noviembre de 1903. Entonces la voz era maravillosa en su frescura y belleza, pero el desarrollo histriónico iba muy a la zaga. El cantante parecía incapaz de hacernos visualizar los personajes que intentaba retratar. Era siempre Caruso que cantaba un cierto papel; nunca podíamos olvidar eso. Pero el estudio constante y la experiencia han eliminado incluso este defecto, de modo que hoy en día el cantante y el actor están justamente equilibrados; ambos son superlativamente grandes. ¿Podría alguien que oiga y vea a Caruso en el rol de Sansón escuchar indiferente al lamento palpitante de esa voz gloriosa y a la indescriptible aflicción de la punzante personificación del ciego?

LOS COMIENZOS

Enrico Caruso nació en Nápoles, el más joven de diecinueve hijos. Su padre era ingeniero, el muchacho aprendió el oficio en la tienda paterna y se esperaba que siguiera los pasos de su padre. Pero el destino decretó otra cosa. Como él mismo dijo a un oyente:

“He cantado toda mi vida, desde hace tanto como puedo recordar, por puro amor al canto. Mi voz era de contralto, y canté en una iglesia en Nápoles desde los catorce a los dieciocho años. Luego tuve que ir al ejército por un tiempo. Nunca había aprendido a cantar, porque nunca me habían enseñado. Un día, un joven oficial de mi compañía me dijo: «Te estropearás la voz si sigues cantando así» —porque supongo que por aquellos días me gustaba mucho gritar. «Deberías aprender cómo cantar», me dijo, «debes estudiar». Me presentó a un joven que de inmediato se interesó por mí y me llevó a un maestro de canto llamado Vergine. Canté para él, pero fue muy desalentador. Su veredicto fue que sería inútil tratar de hacer de mí un cantante. Tal como eran las cosas, podía llegar a ganar unas pocas liras por noche con mi voz, pero, de acuerdo con lo que él pensaba, me convenía mucho más continuar el oficio de mi padre, en el que podía ganar al menos cuarenta centavos al día.”

“Pero mi joven amigo no se rindió tan fácilmente. Rogó a Vergine que me escuchara de nuevo. Las cosas fueron un poco mejor la segunda vez y Vergine consintió en enseñarme.”

RÍGIDA DISCIPLINA

“Y entonces empezó un período de rígida disciplina. Vergine sostenía que había estado cantando excesivamente fuerte; debía invertir este comportamiento y cantar todo suavemente. Me sentía como dentro de una camisa de fuerza; todos mis esfuerzos expresivos eran cuidadosamente reprimidos; jamás se me permitía soltar la voz. Finalmente me llegó la oportunidad de probar mis alas en la ópera, a diez liras por noche ($ 2.00). Pese al régimen represivo al que había sido sometido durante los últimos tres años, todavía quedaban algunas huellas de mi sentimiento natural. La gente fue amable conmigo y recibí algunos contratos. Vergine me había entrenado durante tanto tiempo para cantar suavemente, sin permitirme jamás dar grandes voces, que la gente empezó a llamarme el tenor roto.”

LA PRIMERA OPORTUNIDAD VERDADERA

“Pronto llegó una mejor oportunidad. En 1896, la Ópera de Salerno decidió producir I Puritani. En el último momento el tenor que habían contratado para cantar el papel principal se enfermó y no había nadie para cantar el papel. Lombardi, el director de orquesta, le dijo a los directores que había un joven cantante en Nápoles, a unas dieciocho millas de distancia, que sabía que podía ayudarlos y cantar la parte. Cuando escucharon el nombre de Caruso, se rieron con desprecio. «¿Qué? ¿El tenor roto?», preguntaron. Pero Lombardi me defendió, les aseguró que podían contar conmigo y que sin duda yo estaría encantado de cantar sin remuneración.”

“Así fue que me llamaron. Lombardi habló conmigo un rato antes. Me hizo ver de diversas maneras que no debía permanecer frío y tieso en medio del escenario mientras cantaba bellos y dulces tonos. No, debía sacar fuera mi voz, debía arrojarme en el papel, debía estar vivo para él —debía vivirlo y vivir en él. En resumen, debía actuar además de cantar.”

UNA REVELACIÓN

“Todo fue como una revelación para mí. Nunca antes me había dado cuenta de lo absolutamente necesario que era actuar el personaje que interpretaba. Así que canté I Puritani, con tanto éxito como se podía esperar de un joven cantante con tan poca experiencia. Algo despertó en mí en ese momento. Desde esa noche nunca me llamaron «tenor roto» de nuevo. Era regularmente contratado por dos mil liras al mes. De esta ganancia pagaba regularmente a Vergine el veinticinco por ciento que él siempre exigió. Se reconcilió un poco conmigo cuando vio que tenía un compromiso profesional real y que estaba ganando una suma considerable, aunque todavía insistía en que iba a perder mi voz en pocos años. Pero el tiempo pasa y todavía estoy cantando.”

RESULTADOS DE LA REVELACIÓN

“El hecho de que pudiera asegurar un contrato en la ópera me hizo comprender que tenía dentro de mí la creación de un artista, si realmente trabajaba para ese fin. Cuando me convencí completamente de esto, en un solo día me transformé de un aficionado en un profesional. Comencé a cuidarme, a aprender buenos hábitos, a cultivar tanto mi mente como mi voz. Gradualmente fue creciendo en mí la convicción de que si estudiaba y trabajaba, podría algún día ser capaz de cantar de tal manera que me satisfaría a mí mismo.”

EL VALOR DEL TRABAJO PARA EL CANTANTE

Caruso cree en la necesidad de trabajar y envía este mensaje a todos los estudiantes ambiciosos: “Para convertirse en un cantante se requiere trabajo, trabajo y ¡más trabajo! No tiene por qué ser en algún lugar especial del mundo; no hay un lugar que haga por ti más que otros. No importa tanto dónde estés, si tienes inteligencia y un buen oído. Escúchate a ti mismo; tu oído te dirá qué tipo de tonos estás haciendo. Si solo usas tu propia inteligencia puedes corregir tus propias faltas.”

ESTUDIO INCESANTE

Este no es un discurso ocioso, expresado para impresionar al lector. Caruso practica lo que predica, porque es un trabajador incesante. Dos o tres horas en la mañana y varias más por la tarde, siempre que sea posible. No descuida la técnica vocal diaria, escalas y ejercicios. Siempre hay muchos roles para mantener en el ensayo con el acompañante. Tiene un repertorio de setenta roles, algunos de ellos aprendidos en dos idiomas. Entre los papeles que ha preparado pero que nunca ha cantado están: Otello, Fra Diavolo, Eugenio Oneguin, La dama de picas, Falstaff e I Gioielli della Madonna.

Además de la revisión diaria de los roles operísticos, Caruso examina muchas canciones nuevas; cada día trae una oferta generosa. Naturalmente, algunas de ellas se desechan; otras se conservan como referencia, mientras que las favorecidas que se aceptan deben ser estudiadas para su interpretación en recitales.

Recientemente tuve el privilegio de pasar buena parte de una mañana en las habitaciones privadas del señor Caruso en su hotel de Nueva York, examinando un libro lleno de recuerdos de la celebración jubilar de marzo de 1919, cuando el gran tenor completó veinticinco años de actividad en la escena operística. Habían telegramas y cablegramas de todo el mundo. Muchas cartas y tarjetas de saludo y felicitación se conservan en este voluminoso cuaderno. Entre los recuerdos habían mensajes de Mme. Schumann-Heink, el Cuarteto Flonzaley, Cleofonte Campanini, entre muchos otros. Aquí también se conserva el folleto del programa jubilar y también el libreto utilizado en la gala. ¡Los amantes de la música de todo el mundo se harán eco de la esperanza de que esta voz maravillosa se conserve durante muchos años por venir!

UNA ÚLTIMA PALABRA

El artículo anterior fue mostrado al señor Caruso, a petición suya, y unos días más tarde me pidieron que fuese a verlo. Aquel día se había hacho el ensayo de costumbre en la Ópera. «¡Ah, esos ensayos!,» exclamó el secretario, deteniendo su máquina de escribir por un instante; «Nadie que nunca los haya experimentado tiene idea de lo que significa un ensayo.» Y levantó las manos y los ojos expresivamente. «El señor Caruso se levantó a las ocho, fue a ensayar a las diez y no terminó hasta después de las tres. Ahora está descansando, pero la verá en un momento.»

El gran tenor abrió la puerta y entró. Llevaba una bata de seda oriental, ribeteado en rojo, y en su mano izquierda resplandecía un maravilloso anillo, una amplia banda de oro opaco, adornada con diamantes, rubíes y zafiros. Estrechó mi mano, dijo que había leído mi historia, que era muy correcta y que tenía su total aprobación.

“¿Y tienes un mensaje final para los jóvenes cantantes que están luchando y desean cantar algún día tan maravillosamente como tú?”

“¡Diles que estudien, que trabajen siempre, —y— que se sacrifiquen!”

Sus ojos tenían una extraña e inescrutable luz, mientras que sin duda recordaba sus propias luchas y una vida de esfuerzo constante.

Tomen entonces su mensaje con seriedad:

“¡Trabajo, trabajo —y— sacrificio!”

Texto extraído y traducido de Vocal Mastery, Harriette Brower, New York, 1917.