Claude Debussy: sobre el gusto

En 1913, Claude Debussy publicó un breve artículo en la revista musical La Revue Musicale S.I.M, compartiendo sus reflexiones sobre el gusto y el arte de la música.


Del gusto

En nuestra época, donde se pierde, poco a poco, el sentido del misterio, tan ocupados estamos probando diversos sistemas de entrenamiento humano, era necesario que perdiésemos igualmente el verdadero sentido de la palabra «gusto».

En el pasado siglo, tener gusto sólo era una manera amable de defender las propias opiniones. Hoy, esta palabra ha tomado tal extensión, sirve para tantas manifestaciones, que apenas es otra cosa que una especie de argumento tipo «puñetazo americano», afirmativo a buen seguro, pero sin elegancia. A causa de una inclinación natural, el «gusto» hecho de matices y delicadeza ha devenido en ese «mal gusto» donde las formas y los colores libran singulares combates… Reflexión de orden demasiado general puesto que sólo vamos a tratar aquí de música —¡empresa suficientemente ardua!

El genio puede evidentemente prescindir del gusto, por ejemplo: Beethoven. Pero puede ser lo contrario: Mozart, quien a tanto genio añade el gusto más delicado. Si miramos la obra de J. S. Bach, Dios benevolente a quien los músicos debieran elevar una plegaria antes de ponerse a trabajar, para preservarse de la mediocridad, esta obra innumerable en la que encontramos a cada paso lo que creemos que es de ayer, desde el caprichoso arabesco hasta esta efusión religiosa para la que no hemos encontrado nada mejor hasta ahora, buscaremos en vano una falta de gusto.

La Porcia del Mercader de Venecia habla de una música que todo ser lleva dentro de sí mismo… “desgraciado”, dice, “quien no la oye…”. Palabras admirables sobre las que debieran meditar quienes, antes de escuchar lo que canta en sus almas, se preocupan por conocer la fórmula que mejor les sirva. O de yuxtaponer medidas, muy ingeniosamente, tan tristes como pequeños cubos. Música que huele a mesa y a pantufla, como dicen los mecánicos al probar una máquina mal montada: “Huele a aceite.” Desconfiemos de la escritura. Trabajo de topo con el que acabamos reduciendo la belleza viva de los sonidos a una operación en la que, penosamente, dos y dos son cuatro… Hace mucho tiempo que la música conoce lo que los matemáticos llaman la locura del número.

Sobre todo, guardémonos de los sistemas que no son más que «atrapa-dilettantes».

Ha habido, y sigue habiendo, a pesar de los desórdenes que trae consigo la civilización, pequeños pueblos encantadores que aprendieron música tan simplemente como nosotros aprendemos a respirar. Su conservatorio es: el eterno ritmo del mar, el viento en las hojas y los mil pequeños ruidos que escucharon con cuidado, sin jamás consultar tratados arbitrarios. Sus tradiciones solo existen en canciones muy antiguas, mezcladas con danzas, donde cada uno, siglo tras siglo, fue aportando su respetuosa contribución. No obstante, la música javanesa hace gala de un contrapunto junto al que el de Palestrina no pasa de ser un juego de niños. Y si escuchamos, sin prejuicios europeos, el encanto de su «percusión» nos vemos obligados a reconocer que la nuestra no es más que el ruido bárbaro de un circo de feria.

Entre los Annamitas se representaba una especie de drama lírico embrionario, de influencia china, donde se reconoce la fórmula tetralógica; solo hay más Dioses y menos decorados… Un pequeño clarinete furioso conduce la emoción; un Tam-Tam organiza el terror… ¡y eso es todo! Ni teatro especial, ni orquesta escondida. Nada más que una necesidad instintiva de arte y el ingenio para satisfacerla; ¡ni rastro de mal gusto! Pensar que a esta gente nunca se le ocurrió ir a buscar sus fórmulas a la escuela de Munich: ¿en qué están pensando?

¿Serán los profesionales quienes arruinaron a los países civilizados? Y la acusación hecha al público de que sólo le gusta la música fácil (¡mala música!), ¿es equivocada?

Lo cierto es que la música se hace «difícil» cuando no existe, la palabra difícil no es más que una mampara para esconder su pobreza. Solo hay una música y ésta toma de sí misma el derecho a existir, ya sea que adopte el ritmo de un vals —aunque sea el de un café-concierto— o el marco imponente de una sinfonía. Y por qué no admitir que, en en estos dos casos, el buen gusto estará a menudo del lado del vals, ¡mientras que la sinfonía a duras penas disimulará la pomposa acumulación de su mediocridad!

No nos obstinemos más en proclamar ese tópico, sólido como la estupidez, de que no se puede discutir de gustos y de colores… Por el contrario, discutamos, encontremos nuestro gusto, no porque se haya perdido, sino porque lo hemos ahogado bajo los edredones septentrionales. Será nuestro mejor apoyo en la lucha contra los Bárbaros, mucho más terribles desde que se peinan con raya al medio.

Sostenemos que la belleza de una obra de arte siempre será misteriosa, es decir, que jamás se podrá verificar exactamente «cómo se logró». Mantengamos, a toda costa, esa magia particular de la música. Por su esencia, ella es más propensa a contenerla que cualquier otro arte.

Cuando el dios Pan ensambló los siete tubos de la siringa, inicialmente tan sólo imitó la larga nota melancólica del sapo que se lamentaba a la luz de la luna. Más tarde compitió con el canto de los pájaros. Es probable que desde entonces las aves hayan enriquecido su repertorio.

Ahí tenemos unos orígenes suficientemente sagrados de los que la música puede enorgullecerse y conservar una parte de misterio… En nombre de todos los dioses, dejemos de intentar deshacernos de él y de explicarlo. Adornémoslo con esta delicada observancia del «gusto». Y que él sea el guardián del Secreto.

Texto extraído y traducido de La Revue Musicale S.I.M, 1913, consultado en https://archive.org/