Kirsten Flagstad: cantar Wagner

Kirsten Flagstad (1895 – 1962) fue una famosa soprano noruega, celebradísima por la calidad interpretativa de sus roles wagnerianos. Debutó en 1913 en el Teatro Nacional de Oslo y recién en 1932 audicionó ante Winifred Wagner para cantar en el Festival de Bayreuth, recomendada por la soprano sueca Ellen Gulbranson. En 1934 cantó sus primeros roles primarios en el Festival, como Sieglinde en Die Walküre y Gutrune en Götterdämmerung. En 1935, su debut en el Metropolitan Opera House como Sieglinde causó sensación; Geraldine Farrar, estrella del teatro y encargada de presentar la representación, anunció que había nacido una estrella. En la misma temporada interpretó Isolde, debutó en el rol de Brünnhilde, representó Elsa en Lohengrin, Elisabeth en Tannhäuser y Kundry en Parsifal. De esta forma consagró el comienzo de su gran carrera internacional como una de las más eminentes sopranos wagnerianas del siglo XX. Transcribimos una audición radial del año 1950 en la que brinda consejo a las jóvenes estudiantes que desearan seguir su ejemplo.


Muchas personas me escriben para pedirme consejo sobre cómo cantar Wagner. Algunos me piden que les dé lecciones. Otros quieren saber cómo pueden iniciar su carrera, como si fuera posible comenzarla con papeles wagnerianos, en lugar de terminar con ellos. Ahora, yo no soy una maestra, y nunca quise serlo, no me enseñaron a explicar, sólo a cantar. Pero tal vez pueda de todas maneras dar buenos consejos sobre muchos temas relacionados con la interpretación de los roles de Wagner, y mi primer consejo para los cantantes jóvenes e inmaduros puede expresarse en tres palabras: ¡apartaos de Wagner! Porque requiere de fuerzas que sólo pueden desarrollarse tras muchos años de canto. Yo ya tenía 34 años y había cantado regularmente durante 15 años antes de intentar mi primer rol wagneriano, Elsa en Lohengrin. Ese es uno de los papeles más ligeros de Wagner, pero aún así requiere una gran experiencia vocal. Para las partes realmente pesadas, como Isolde y Brünnhilde, se necesita todavía más: una voz perfectamente colocada, un control absoluto de la respiración y un inmenso poder de permanencia. Muchos principiantes prometedores han llegado a lamentar la falta de estas cualidades.

Tuve tres maestros, el primero a los 16 años, la edad en la que algunos de estos jóvenes que me escriben quisieran empezar a cantar Isolde. Y todos me enseñaron en la misma línea; con eso quiero decir que nunca tuve que ir a un nuevo maestro porque estaba insatisfecha con el anterior. Simplemente se sucedieron en un proceso de desarrollo natural. Por lo tanto, nunca tuve ninguna dificultad real para cantar, nunca tuve que desaprender nada, mi voz simplemente creció. Y es esta palabra, crecer, lo más importante de todo. Porque el cantante que quiera cantar Wagner debe ser algo así como un levantador de pesas, construyendo sus músculos lentamente, añadiendo gradualmente al peso que levanta, hasta que sea capaz de intentar el más pesado. Isolde y Brünnhilde son los papeles más pesados que se pueden pedir a una cantante, y si alguna vez desea cantarlos debe estar preparada para muchos años de crecimiento constante antes de hacer el intento.

El público inglés y americano me asocia casi totalmente con Wagner, pero canté Nedda, Mimì, Tosca, Aida, Desdemona, Marguerite, Michaela y muchos otros papeles antes de cantar una sola nota de Wagner. También canté en muchas operetas, como The Dollar Princess, Gypsy Love y Fledermaus, que me ayudaron a desarrollar mi actuación y me dieron una comprensión profunda del mundo escénico, una preparación muy necesaria para el trabajo más pesado y exigente que se avecinaba. Y fue sólo tras toda esta experiencia que me sentí lista para cantar Elsa, y más tarde Isolde, mi segundo papel wagneriano, y finalmente Brünnhilde.

La gente a veces me pregunta cómo memorizo partes tan largas como Isolde y Brünnhilde. En mi caso, empiezo cantando la parte al piano, formando gradualmente mis propias ideas acerca de lo que se trata. Quizás porque mi formación fue muy musical, mi padre y mi madre eran músicos profesionales, es la música lo que primero se fija en mi memoria. Después vienen las palabras, que requieren mucho trabajo, especialmente porque Wagner casi siempre se canta en el alemán original, que no es mi lengua materna. Incluso ahora a veces cometo errores con las palabras alemanas. Después de tener una idea bastante buena de la letra y la música, me encuentro preparada para trabajar con un coach. Esta vez es él quien se sienta al piano y toca, mientras que yo me pongo de pie y trato de cantar de memoria. Me entrego por completo a sus manos profesionales, apoyándome en sus conocimientos y experiencia hasta que por fin, tras muchos meses de duro trabajo, estoy lista para los ensayos escénicos con el productor y el director. Y así, por fin, se levanta el telón sobre la Isolde o Brünnhilde que he estado tratando de crear. En relación con esto, debo mencionar que siempre canto con voz plena en los ensayos, encontrando que esto aumenta mi resistencia, que es tan necesaria para representaciones largas y pesadas.

Pero incluso entonces el trabajo de aprender no cesa. La interpretación de obras maestras como las de Wagner, Goethe y Shakespeare es un proceso de desarrollo sin fin. El rol está siempre más allá del pleno dominio. Sólo es posible acercarse un poco más con cada representación, pero nunca alcanzarlo. Siempre hay destellos de nueva inspiración, sutilezas frescas, significados más profundos. Eso es lo que hace que el trabajo sea tan absorbente. Es por eso que uno nunca puede cansarse de él.

El hecho de que los cantantes tengan que interpretar las mismas obras en diferentes escenarios, en diferentes trajes y decorados, con diferentes colegas y bajo diferentes directores en todo el mundo, también presenta muchos problemas. Pero las desventajas se ven más que compensadas por el estímulo de conocer nuevos públicos y de trabajar en nuevos entornos.

Mis tres maestros me enseñaron a relajarme, a intentar mantener siempre la calma, y creo que debo tener éxito en esto, porque aunque a veces me siento muy nerviosa, aparentemente no lo demuestro. Mis colegas casi siempre acuden a mí en busca de confianza y seguridad. Suelo estar tan relajada antes de subir al escenario o a la plataforma de concierto que me encuentro bostezando constantemente, y bostezar es la posición más relajada de la garganta y el cuello.

Desde el principio me enseñaron a cantar siempre con palabras, incluso en mis ejercicios; es decir, desde el principio me enseñaron que las palabras y su significado deben ser inseparables de la música. Esto es especialmente importante en Wagner que tanto consiste en largos pasajes narrativos en los que el cantante cuenta lo que ha pasado antes en la historia. Cuando tuve mi audición en Bayreuth en 1932, me dijeron que debía mejorar mi dicción de alemán. Esta dicción wagneriana consiste en la fuerte explosión de las consonantes, especialmente las finales.

Soy muy tímida para practicar, especialmente si creo que alguien me está escuchando. Una vez de camino a Australia, donde iba a dar algunos conciertos, era tan consciente de los pasajeros en las cabinas a ambos lados que practiqué con la cabeza hacia afuera de la ventanilla, esperando que el sonido del mar me ahogara. Practico muy poco antes de una actuación, pero siempre canto una frase que me resulta muy útil. Es un hermoso pasaje de Die Walküre en el que Brünnhilde advierte a Siegmund que va a morir. Siempre me enseñaron que si la voz grave está bien colocada entonces la voz aguda también estará en posición. Y esta es una frase que uso como mi propia piecita de prueba.

Kirsten Flagstad canta “Nur Todgeweihten taugt mein Anblick” del Acto II de Die Walküre.


Escucha la transmisión radial: