Reynaldo Hahn: la idea del canto

A partir de 1913, el compositor Reynaldo Hahn dictó varias series de conferencias que fueron compiladas en el libro Du Chant. En la primera parte, titulada ¿Por qué cantamos?, Hahn reflexiona sobre su concepto del arte del canto.


Para alguien que está profundamente interesado en el canto, nada en el dominio del sonido vocal o de las vibraciones sonoras en general es inútil: la más mínima palabra, el más mínimo sonido, el más mínimo ruido, contiene una enseñanza y uno de los mayores reproches que hago a los cantantes es que no sienten curiosidad por lo que concierne a su arte, que no busquen recoger en todas partes elementos para su instrucción. A menudo he tenido la oportunidad de pasar bastante tiempo con el joven y ya ilustre compositor Stravinsky, cuyo genio para la orquestación es prodigioso. Tal como dijo Théophile Gautier: “Soy un hombre para el que existe el mundo exterior,” M. Stravinsky podría decir: “Soy un hombre para el que existe el mundo sonoro.” No hay resonancia, no hay vibración perceptible que no llame su atención: un tenedor que golpea un vaso, un bastón que roza una silla, el frufrú de un tejido, el chirrido de una puerta, el ruido de un paso, su oído infalible los percibe, los descompone con una certeza maravillosa y saca de ellos una nueva idea instrumental. Ya me gustaría que los cantantes manifestaran el mismo interés, pero no experimentaré pronto ese placer porque la mayoría de ellos, lejos de estar interesados en estos humildes acontecimientos de la vida cotidiana, apenas se preocupan siquiera por la voz y el canto propiamente dichos. Sus colegas les interesan sólo en tanto competidores; no les importan en absoluto los artistas experimentados que podrían escuchar con provecho prácticamente en todas partes: en iglesias, teatros, cafés concierto (donde a veces uno encuentra cantantes notables); su arte es generalmente para ellos sólo un pretexto para el éxito, una forma de procurar satisfacciones efímeras de la vanidad o un beneficio material. […].

En cuanto a mí, no lo entiendo. Siempre he amado el canto con un amor profundo, y es solamente este amor el que me otorga el derecho de presentarme ante ustedes para hablarles sobre canto; pues el amor verdadero brinda una gran lucidez y, en lo que respecta al canto, muchas cosas que no he aprendido, creo haberlas adivinado, hasta cierto punto, a través del amor. […]

Lo que constituye la verdadera belleza, el verdadero valor, la verdadera razón de ser del canto, es la combinación, la mezcla, la unión indisoluble del sonido y el pensamiento. El sonido, por muy bello que sea, no es nada si no expresa nada. Admitir que uno es sensible a la belleza puramente material de una voz es reconocer una debilidad física, un estado mórbido, una inferioridad. Del mismo modo, encontrar placer en escuchar a un cantante cuya interpretación es inteligente, pero cuyo canto propiamente dicho es nulo o torpe, es demostrar que a uno no le importa la música y que preferiría escuchar una declamación, sencillamente.

El secreto del canto es difícil de definir; él asocia estrechamente los elementos hablados y los elementos cantados. Ciertamente, un sonido bello es muy atractivo; hay belleza en la plenitud, la dulzura, la riqueza, la flexibilidad y la amplitud de una bella voz. Los antiguos italianos daban tanta importancia a esta belleza que a menudo terminaban descuidando todos los otros elementos de belleza que el canto debe reunir [….]. Sí, una bella voz, sujeta al control de la voluntad, habiendo adquirido o poseyendo naturalmente las condiciones que os describiré más adelante, es ya una cosa muy bella, incluso admitiendo que el elemento intelectual que debería añadírsele es insuficiente o nulo. No obstante, esto no es suficiente; ella puede procurar una impresión agradable, pero no tiene nada en común con la verdadera belleza del canto.

Repito, esta belleza consiste en una unión perfecta, una amalgama, una aleación misteriosa de la voz cantada y la voz hablada, o, para decirlo mejor, de la melodía y la palabra.. […]

Obviamente, sigo siendo enemigo del canto que no se preocupa más que del virtuosismo vocal; no puedo aceptar que una voz, aunque sea bella y bien dirigida, pueda prescindir durante mucho tiempo del elemento intelectual o sentimental; y he llegado a considerar que el canto no como algo palpable sino como una materia plástica en la que los sonidos y las palabras tienen la misma importancia, se completan mutuamente a través de un trabajo trascendental, a la vez estético y mecánico, prestándose ayuda perpetua y colaborando en una acción común.

Iré más lejos. No creo, a diferencia de mucha gente, que se pueda “decir bien,” realmente bien, y cantar mal; y cualquiera que cante bien y que diga mal no me interesa. Si su canto es hermoso simplemente por sí mismo, sería infinitamente mejor que este artista se limitara a cantar sobre vocales consecutivas, sin pronunciar palabras; su canto no constituye una obra de arte. La palabra bien dicha, después de haber sido bien pensada, coloca naturalmente la voz donde debe estar, le da el color que debe tener en ese preciso momento y así la mitad de la tarea ya está cumplida. Tan pronto como el sonido, inspirado, sugerido por la palabra, viene a colocarse a su alrededor, a su vez ayuda, exalta, refina o amplifica esta palabra que lo hizo nacer. La idea es servida por el sonido, el sonido es explicado, justificado por la idea, trabajo físico y psíquico, armonioso, infaliblemente equilibrado.

Es esta concordancia, esta conexión discontinua la que conforma el interés del canto y forma una amalgama preciosa de innumerables moléculas abstractas y concretas ensambladas las unas en las otras.

Esa es mi idea del canto.

Texto extraído y traducido de Pourquoi chante-t-on?, conferencia de Reynaldo Hahn dictada en 1913 y publicada en Reynaldo-hahn.net.