María Malibran y el estado del arte del canto

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Tres años después de comenzar su carrera en Londres, la joven María Malibran debutó en París. Su presentación artística causó una honda impresión en el público y propició una reflexión sobre el estado del arte del canto en la época, publicada en el periódico filosófico y literario parisino Le Globe. 


21 de junio de 1828, París

Música
Théâtre Italien

Últimas representaciones de madame Malibran
Representación a su beneficio
Del arte del canto y de su estado actual

El teatro italiano, brillante y próspero durante los últimos meses, pronto volverá a caer en la oscuridad y la soledad. Otros tres o cuatro días y este talento, tan variado y profundo, tan natural y poético, que hoy le da un brillo fugaz, habrá dejado de escucharse. El próximo martes, como sabemos, el compromiso de madame Malibran llegará a su fin. Pero el director del teatro le ha dado a su público una agradable sorpresa. No esperemos maravillas; no nos conceden un mes, ni siquiera una semana, sino sólo un día más. En realidad, esta extraordinaria actuación tendrá aún más atractivos que el de ser inesperada: será realizada en beneficio de madame Malibran, y la beneficiaria aparecerá en el rol de Tancredi. Rendir un último homenaje a la joven y admirable cantante, verla en un papel en el que aparecerá sólo esta vez, son dos motivos, de los cuales ciertamente uno solo bastaría para que el teatro italiano sea invadido el miércoles por la noche por la multitud más ansiosa que jamás haya venido a sentarse en sus elegantes bancos.1

La partida de madame Malibran, sin promesa de retorno, no sólo es un golpe para la caja del director, sino que es, nos atrevemos a decir, una verdadera calamidad para el arte del canto entre nosotros. Hay que echar un vistazo a la Europa musical, hay que saber dónde están hoy los cantantes y su arte, tanto en Italia como en Francia y en todos los demás países, para comprender lo maravilloso que es este talento, tan joven y ya tan perfecto, para apreciar todos los aspectos irreparables de su pérdida. Por todas partes es completa la decadencia, ya no vemos escuelas, ya no hay conservatorios: falta de estudios preliminares, de originalidad e inspiración, es todo lo que se halla en esos pretendidos cantantes que corren el mundo hoy día. Los que tienen algunas pequeñas ideas son incapaces de ejecutarlas; los que, por el contrario, han adquirido una cierta flexibilidad de garganta no tienen la menor idea nueva o graciosa. No hace falta decir que uno de los grandes culpables de esta degradación del arte es el hombre que creó el sistema musical moderno; es el mismo Rossini. Escribiendo nota por nota todas las disposiciones, todos los adornos de sus piezas; evitando dejar a la imaginación del cantante el más mínimo point d‘orgue ha uniformizado, por así decirlo, todo lo que se canta hoy en Europa; ha creado una hermandad, un regimiento cuyos miembros no se distinguen más de lo que se distingue un monje de otro monje, un granadero de otro granadero. Sin duda tiene una excusa: cuando debutó, la escuela ya estaba en decadencia. Si hubiera seguido la vía más sabia para restaurarla, es decir, si hubiera formado a los cantantes mediante duros estudios, habría envejecido antes de cosechar los frutos de su trabajo y su brío se habría congelado cuando sus intérpretes hubieran sido dignos de él. Tenía prisa por hacer sus conquistas; necesitaba, si no valientes veteranos, al menos reclutas que tuvieran cierta apariencia de soldados. Para darles esta apariencia, utilizó los medios más expeditivos: les silbó como a los loros. ¿Pero qué ha sucedido? Por una parte, una monotonía insoportable ha invadido la escena musical: la uniformidad de adornos se ha hecho tal que nos imaginamos oír siempre la misma pieza y el mismo cantante. Por otra parte, los estudios preliminares han sido completamente abandonados. ¿Quién sería en el día de hoy tan tonto que consagrara seis años de su vida sólo a hacer escalas diatónicas y cromáticas, saltos de tercera, cuarta, quinta, etc., trinos, apoyaturas y demás como hicieron en su juventud los Caffarellis, los Farinellis, los Marchesis? Hay un medio mucho más rápido para hacerse cantante: se aprende a vocalizar, haciendo entre bien y mal los pasajes y calderones de Rossini, y con tal que no fallen más de dos notas de tres, ya se sabe lo bastante como para conseguir 40.000 francos en estipendios. Hay que admitir que tal procedimiento es más conveniente; pero también, ¿qué pasa con el arte? ¿qué pasa con la pobre música? 

En medio de esta flojedad, de esta depravación, han aparecido sin embargo algunos hermosos talentos, incluso en estos últimos años: los que han sido afortunados o lo suficientemente fuertes como para escapar del yugo común. Si se han distinguido de la turba vulgar de los cantantes improvisados por el gran maestro, es, en algunos casos, gracias a una extraordinaria combinación de las cualidades vocales y de un gusto natural y original; en otros, gracias a un cierto respeto religioso por las viejas tradiciones. Así, la señora Fodor ha debido su éxito en parte a la magia de su instrumento, en parte a un método propio, que tenía algo de distintivo y de adecuado; mientras que las señoras Pisaroni y Pasta, a pesar de sus voces rebeldes, crearon un tipo de reputación diferente al permanecer fieles, aunque desde lejos, a las antiguas formas de canto.

Pero todos estos talentos están o bien retirados de la escena o próximos a abandonarla:  fue sobre la nueva generación, destinada a recoger la herencia, que los diletantes posaron con inquietud la mirada, cuando de repente nos llegó de Alemania una joven cantante, muy agradable sin duda pero, lo decimos con pesar, hecha para depravar, por medio de un deplorable brillo, el gusto poco firme de nuestro pobre público y capaz de terminar de apagar el pequeño fuego sagrado que nos queda. Tal vez esta aparición nos ha hecho dar el grito de alarma con una vivacidad muy poco caballerosa, pero la sombra de la misma señora Catalani, es decir, del anticristo musical, no nos habría causado más miedo; la resurrección de Boucher y Van-loo no podría asustar más a un ardiente amigo de la pintura.

Afortunadamente, el sistema de compensaciones no es completamente falso; e incluso el bien que sigue al mal a veces hace más que compensarlo. Ciertamente Boucher y Van-loo pueden disponerse a renacer si Correggio y Tiziano se toman la molestia de resucitar, y en cuanto a la Srta. Sontag, no hay que temerla puesto que la señora Malibran nos ha sido enviada. Jamás ha venido profeta más a tiempo para reanimar la fe moribunda y hacer florecer la palabra de vida. Ella es como el último vástago de aquella gran familia de los verdaderos cantantes que nosotros mirábamos ya como extinta: se puede decir que ella nos ha sido concedida para que no se llegase a romper la cadena de las tradiciones musicales. 

Hija de un verdadero artista, madame Malibran ha pasado por la prueba de esos largos ejercicios preliminares que Porpora y Scarlatti imponían sin piedad a sus discípulos. Las bellas proporciones del frasear, esta ciencia tan esencial para un cantante, la vocalización, la acentuación, la pronunciación, todos estos misterios del arte, no ha sido pues por la rutina como se ha iniciado en ellos, sino por medio de severos estudios. En una palabra, su educación ha sido la de los cantantes de la antigua escuela; y, al mismo tiempo, gracias a una buena fortuna, rara incluso en tiempos pasados, recibió de la naturaleza una inspiración creativa, un alma apasionada y una voz que, sin ser primitivamente fácil, ha podido, sin embargo, adquirir una gran agilidad y prestarse admirablemente a todos los matices tanto de lo gracioso como de lo patético.

Hay que comprender ahora que nuestros diletantes tienen cierto derecho a quejarse, al verse tan abruptamente privados de un talento que, en este momento, es ciertamente único en Europa, y que parece haber sido compuesto para satisfacer todas las cualidades que hoy se les niegan a nuestros cantantes, y cuyo mismo recuerdo habrá de borrarse pronto. Saber cantar y cantar con inspiración, eso es lo que ya no esperábamos ver; ser al mismo tiempo rico en tradiciones e ideas propias ya no parecía posible; y en cuanto a improvisar cantando Rossini, poseer la energía de García y la abundancia de adornos de Velluti, no se nos habría ocurrido pedir tal milagro: sin embargo, eso es lo que encontramos en madame Malibran; y apenas tiene ella veinte años. Hay algo en tal organización que es tan prodigioso como el genio precoz de Mozart.

Hemos tratado de señalar lo que es raro y privilegiado, por así decirlo, en el talento de madame Malibran, pero sólo hemos hablado de su talento como cantante, y hasta ahí no hay más que la mitad del prodigio. No intentaremos hacer el más mínimo esbozo de su otro talento, de su talento como actriz: no se puede asir, y mucho menos analizar, la infinita variedad. Los que quieran tener una idea de todo lo que la representación trágica tiene de más desgarrador, más tierno, más enérgico, de todo lo que el ímpetu cómico puede crear de lúdico, de travieso, de sutil, deben apresurarse a disfrutar de los pocos días que les quedan; o más bien, deben unir sus deseos a los nuestros para que nuestra escena no se vea despojada por mucho tiempo de tan preciado ornamento. ¿Pero a quién deben dirigirse estos deseos? ¿A la cantante? ¿Al director? ¿Tal vez al Sr. Sosthènes? No lo sabemos, pero por miedo de faltar, vamos a dirigirnos a todo el mundo.


1 Hemos sabido esta tarde con pesar que la puesta en escena de Tancredi se ha visto impedida por obstáculos imprevisibles, y que madame Malibran, ante la imposibilidad de ofrecer al público el atractivo de una novedad, ha preferido renunciar a toda actuación a beneficio.


Texto extraído y traducido de Dernières représentations de madame Malibran, Le globe, recueil philosophique et littéraire, Tomo VI. Nº 69, París, 21 de Junio, 1828.