Francisco Viñas: el arte de los castrati III

Tercera parte del tercer capítulo del libro El arte del canto: datos históricos, consejos y normas para educar la voz, publicado en 1932, en el que el tenor español Francisco Viñas describe el sistema de educación de los cantantes castrados y la dedicación absoluta que elevó al arte del canto a la cima de su expresión, la diferenciación entre los cantantes modernistas y los clásicos, y el ocaso del bel canto hasta la desaparición del último cantor sopranista.


El último cantor sopranista.

Cuando en los albores de mi peregrinación artística por el mundo, ávido entonces de saber, convencido lo poco y medrado que se me había enseñado, en busca de orientaciones para poder reconstruir ciertos destrozos consumados en mi órgano vocal por la fatuidad de un maestro que gozaba de gran renombre, recuerdo siempre que, corriendo tras los pocos ejemplares que aún quedaban de artistas eminentes, por creer que era la única senda a seguir si quería tener una guía aproximada, los azares me llevaron a Roma. Ya allí cierto día venturoso me dirigí al Vaticano deseoso de oír a los cantores de la Capilla Sixtina, en la cual —decíanme— había un sopranista notable, émulo de los gloriosos evirados de otros tiempos.

Era la solemnidad del Jueves Santo. ¡Con cuánta emoción escuché el Miserere de Allegri! Compositor y eminente cantante de la época clásica (siglo XVI), de quien hemos conmemorado y enaltecido los méritos en otro capítulo: obra es aquella inspiradísima, sencillamente trágica; mas para que tan sublime página musical produzca el efecto deseado, son precisas en sus intérpretes cualidades canoras excepcionales, que entonces radicaban en la educación técnica y en el estilo, comprendiendo los Papas que la obra mentada, fuera de su tutela, quizás no podría ser apreciada en su justo calor por deficiencias de ejecución, negáronse siempre a autorizar que aquella inmortal composición pasara los umbrales de la Basílica de San Pedro.

Cuéntase que el Emperador de Austria Leopoldo I, ganoso de poseer tan preciada joya e impedido por la prohibición pontificia, delegó a Mozart para que fuera a Roma en los días de Semana Santa y procurara encontrar modo de satisfacer el noble deseo del Monarca. A la Ciudad Eterna trasladó aquel gran maestro, y fiando en su prodigiosa memoria, pudo copiar la obra insigne del sopranista Allegri, cuyo tema principal se repite constantemente. La creencia de los Pontífices no era errada; pues el famoso Miserere fue luego ejecutado en la Corte de aquel Emperador bajo la dirección del mismo Mozart, pero sin los elementos adecuados que eran el privilegio de la Sixtina, resultó un completo fracaso, al punto que se dudó del inmortal maestro vienés, creyendo que no había copiado fielmente aquella sublime lamentación.

En efecto, el cantor a quien me refiero —y cuyo nombre omito en este lugar, porque a pesar de tener todas las características jamás quiso pasar por evirado, aunque decíase lo fue a causa de alguna desgracia en la niñez— daba a su parte una interpretación tan sorprendente, que al oírle en dicho Salmo y en las Lamentaciones a solo sin acompañamiento, que luego repiten otras voces, asombróme la diferencia enorme en el efecto de dulce tristeza que producía la voz o el estilo primero, mientras que los demás dejábanme indiferente. A pesar de la vastedad del templo, yo no perdía detalle; sentíame como arrobado por aquel canto magistral, doloroso e intraducible, que del oído iba derecho al alma subyugada por tanta misticidad celeste; virtudes que ni aun en los mayores astros de entonces, como la Patti, Massini, Cotogni y Gayarre, yo había observado; regulado todo ello por una técnica depuradísima que pasaba de registro a registro, de nota a nota sin la más tenue desigualdad de timbre en toda la gama musical de la voz, emitida suavemente como una caricia, como un algo diáfano, etéreo, que se evaporaba en la inmensidad. Fue para mí un lenguaje nuevo musicalmente solemne, que se desprendía de una laringe en la que parecía estaban encerradas en dulce connubio las cualidades más bellas de la voz del hombre y de la mujer, formando con esta unión un timbre sin igual.

Más tarde, cuando enamorado de la severa belleza de Roma decidí crear allí mi hogar de artista, no dejé nunca de asistir a las representaciones religiosas en que tomaba parte el insigne sopranista. ¿Cómo olvidar los entusiasmos producidos durante las fiestas de Santa Rosa de Viterbo, y en la catedral de Orvieto, en donde este ilustre cantor daba el mayor realce a la solemnidad de un centenario conmemorativo que allí se celebraba? De toda la provincia romana acudían gentes, e infinidad de turistas extranjeros llenaban los hoteles; asimismo, muchos campesinos hacían millas y más millas para poder oír los divinos acentos del portentoso cantor. Luego, no dejé de observarle en su camino a través de los años y ¡oí con pesar su lastimosa decadencia! Tal fue el último sopranista eminente de nuestra época.

Tomando pie de un «motu proprio» de Pío X, a instancias del ilustre maestro Perosi, director perpetuo de la Capilla Sixtina, no pueden ahora admitirse en ella tales cantores, si se da el caso de que por desgracia se reproduzca el fenómeno. Sin embargo, el canto de estos seres es insubstituible para los fines del Arte. Escrito este capítulo, recibo la triste nueva de que el excelso cantor a quien van dirigidas las anteriores líneas acaba de fenecer en la Ciudad Eterna; y como todos los periódicos de Italia hablan de él, dedicándole apologéticas necrologías, no hay para qué guardar el secreto de su nombre, que es el de Alessandro Moreschi, cuyo retrato se reproduce a continuación.1


1 La muerte del insigne cantor Moreschi fue comentada por el diario La Tribuna en la forma siguiente: «Esta mañana ha fallecido en Roma, en su habitación de via Virgilio, el ilustre sopranista de la Capilla Sixtina prof. Alessandro Moreschi —el último cantor evirado— (21 Abril 1923). Empezó sus estudios a los 11 años con el maestro Cayetano Capocci y más tarde se perfeccionó bajo la sapiente dirección del gran cantor, también evirado, Doménico Mustafá, maestro que fue de dicha Capilla Sixtina. Moreschi estaba dotado de voz excepcional por su belleza; era sugestiva como la de los cantores de otros tiempos; purísima, argéntea, límpida y flexible, conservada por su buen método hasta la edad madura. Tenía el gusto depurado y estilo propio tan seguro, que le permitía interpretar con expresión inmaculada, sin asomo de sentimentalidad morbosa, las páginas más nobles del arte musical religioso. En las funciones en que tomaba parte, la gente acudía en tropel. Se recuerda aún cuando fue a Lyon, solicitado para conmemorar al divino Beethoven, el entusiasmo delirante, sin límites, de aquel público por el cantor sublime. Los funerales, en la iglesia de San Lorenzo in Dámaso, fueron una manifestación de respeto devoto hacia tan preclaro artista. Se ejecutó la gran Misa de la Absolución a ocho voces de L. Perosi, quien quiso dirigir el sagrado rito rindiendo el postrer tributo de afecto hacia su cantor predilecto: en él tomaron parte todos los cantores de las Basílicas romanas, e infinidad de artistas. Presidía la triste ceremonia el Ministro de Instrucción Pública. Descanse en paz el inolvidable cantor.»


Texto extraído de El arte del canto, Francisco Viñas, Barcelona, 1932.