Francisco Viñas: la época dorada de los castratti I

El tenor español Francisco Viñas (1863 – 1933), que fue reconocido como su heredero por el legendario Julián Gayarre, publicó en 1932 su libro El arte del canto: datos históricos, consejos y normas para educar la voz. En el segundo capítulo, describe la época dorada de los cantantes castrados, a través de “la fascinación de las grandes celebridades canoras, la idolatría por los músicos cantores y el fin trágico de algunos de ellos,” incluyendo anécdotas sobre la reina Cristina de Suecia, Farinelli en la corte de España y otros ilustres cantantes.


La fascinación de las grandes celebridades canoras.

A mitad del siglo XVI el arte del canto está encumbrándose camino de la gloria por virtud del número extraordinario de insignes cantores que, no cabiendo ya en Italia, invaden los teatros y cortes reales de Europa. Algún cronista supone que el setenta y cinco por ciento de los cantores de entonces estaban castrados. Por ellos se excluyeron las mujeres de muchos teatros, pues en la primera juventud de estos evirados, y mientras no sobrevenía la monstruosa gordura elefancíaca, de la que

pocos se libraron, no eran raros los casos en que puestos en escena con indumentaria femenil, tomaban el aspecto estudiado de grandes beldades capaces de provocar pasiones volcánicas. En efecto, cuenta Montesquieu de su estancia en Roma (año 1725) el inmenso entusiasmo suscitado en el Teatro Capránica de aquella Ciudad Eterna por dos jóvenes evirados, llamados Mariotti y Chiestra: «Ataviados de mujer,» dice, «resultaban en escena las más bellas criaturas que la imaginación pudo soñar. A menudo provocaban escándalos, pasto de la crónica mundana, por los enamoramientos que inspiraban en gentes extranjeras, cuya ilusión engañosa hacíales confundir el sexo.»

Sin embargo, el origen de aquella fascinación que subyugaba a las multitudes no podía ser más que el divino encanto de su voz dulce y purísima, educada magistralmente en todos los secretos del arte con carácter de tiple o contralto, según la fuerza o extensión de las cuerdas vocales. Por otra parte, visto el fanatismo que estos ruiseñores humanos despertaban, los maestros dedicados a componer óperas o cantatas esforzábanse en conquistar su simpatía escribiendo únicamente para ellos, a fin de que las facultades del virtuoso cantor tuvieran ancho campo para poder ofrendar a la diosa Capricho los acrobatismos vocales de un arte que ya rayaba en algo portentoso e inexplicable. De ahí que llegó un tiempo en que las leyes de la lógica estuvieran encadenadas a la voluntad de los cantores; y el melodrama fue transformándose en un ensarte convencional de romanzas, arias, melodías, etc., según imponía el estro del «músico-cantor,» elevado por el entusiasmo popular al rango de semidiós. Ellos solos encarnaban, a su manera, el espíritu de la obra musical; mientras el pobre maestro compositor quedaba postergado, reducido a la condición de «umile servitor di loro.»

Si en el arte del canto eran estos virtuosos la perfección misma, aunque muchos de ellos lo ejercían abusivamente, se mostraban en cambio de una ignorancia tan inverosímil en orden a la representación escénica, tanto en lo que se refiere a la indumentaria como a la plástica, que aún la actuación de los más insignes llevaba el estigma de la ridiculez glorificada… Pero la popularidad les daba tal señorío, que les eran permitidas todas las extravagancias. César Cantú, el gran historiador, dice de ellos: «que estando en escena, a veces llevaban el compás con el cetro o el abanico, prescindiendo del maestro director; se reían con los de los palcos más cercanos cuando en los diálogos tenían que callar; decían palabrotas al apuntador, tomaban tabaco y se desabrochaban para poder cantar con más holgura, a tal punto que alguna vez entraban entre bastidores medio desnudos.» Para soportar tales irreverencias, es preciso reconocer que el público había de encontrar en el canto de aquellos seres un algo sobrenatural, fascinador, que ni remotamente podemos imaginar nosotros.

Leemos en el libro del notable cronista teatral Monaldi «Cantanti evirati celebri,» a propósito de las libertades que se tomaban aquellos artistas, que el poeta G. Servío, revisor de los teatros de la corte de Nápoles, perdida ya la paciencia, acude al rey para que le ayude a poner un poco de orden pues «los cantantes quieren a toda costa,» le dice, «que se acaten sus más extraños caprichos, y pretenden cosas imposibles de ejecutar porque repugnan a la razón.» En otro lugar del mismo libro, encontramos que el celebérrimo evirado Marchesi, uno de los mejores cantantes que pasaron por los escenarios del mundo, tenía la estrafalaria manía de querer hacer su «debuto» o presentación en todos los públicos tocándose con un enorme casco abigarrado de grandes plumas. Luego, empuñando con la diestra una lanza, descendía desde el fondo del escenario, transformado en colina, y cuya entrada era anunciada al público con un trompetazo. En esta forma llegaba hasta rozar las candilejas para cantar sus arias favoritas, que nada tenían que ver con el melodrama; y empezaba siempre con la de su predilección, escrita, y a él dedicada, por el maestro Sarti: Mia speranza, io pur vorrei, que el insigne cantor adornaba con asombrosas dificultades de ejecución, dejando atónito al oyente, por la naturalidad y buen gusto con que la maestría de su arte fácilmente las desbrozaba y resolvía.

La idolatría por los músicos cantores y fin trágico de algunos de ellos.

Discurriendo acerca de la increíble admiración que suscitaban estos artistas de sexo neutro, dice Celani: «El castrado de fama es el ídolo, el solicitado y predilecto de todos. En la sociedad más encumbrada, las nobles damas caen en delirio convulso por ellos; les ofrecen coronas de laurel, y llevan en el seno su miniatura; se les escriben sonetos y ditirambos, sin que las personas serias ni los escritores satíricos, que de buena gana los pondrían en ridículo, se atrevan a oponerse al entusiasmo popular. La aristocracia, o los ricos, se infatúan por estos cantores y aun los mismos cardenales,» a quienes Celani llama los grandes ostentadores de la época, «reúnen y mantienen en sus palacios a los músicos castrados como objetos raros, de colección.»

Aunque parezca inverosímil, las aventuras amorosas de estos seres fueron en algunos de tal naturaleza, que según las crónicas acabaron trágicamente. De corazón igualmente sensible, acostumbrados a los halagos cortesanos en palacios señoriales, en contacto perenne con las damas, que siempre las hubo ávidas de placeres, cedían fácilmente a sus encantos o a su concupiscencia morbosa. La historia refiere que por cuestiones amorosas fue villanamente asesinado en la ciudad de Génova el gran Stradella, cantor y compositor insigne. Nárrase que años antes de su trágica muerte ya hubo un intento criminal, urdido por un cortesano, para asesinarle, a cuyo fin alevoso se mandaron desde Milán cuatro sicarios, raza de sparafucili en boga en aquella época al servicio de los poderosos, para que mediante unos doblones de oro fueran a Roma, en donde transitoriamente residía el excelso cantor, y acabaran con él. Llegados a la Ciudad Eterna, los malandrines tomaron informaciones precisas para conocerle. Por ellas supieron que tal día señalado iba a cantar en la Basílica de San Juan de Letrán un nuevo oratorio de su composición, la famosa Aria di Chiesa: «Pieta, Signore.» Al Laterano se dirigieron para luego seguirle y llevar a cabo el monstruoso delito. Pero aquellos hombres desalmados, aquellos facinerosos, al oír la suavidad de aquel canto magistral, de tan portentosa expresión y sentimiento que arrancaba lágrimas, sintiéronse desarmados por una intensa e inexplicable emoción, hasta el punto de que decidieron abandonar el infame proyecto, yendo a pedir perdón al emérito cantor, descubriéndole la trama del complot fraguado para matarle y revelando además el nombre del inductor y mandatario.

Sabemos también que el famoso cantor evirado Corrado Ricci, de sobrenombre «Siface,» por la misma causa fue arcabuceado y muerto camino de Bolonia por la familia de una gran dama liviana, emparentada con el duque de Módena. De otros célebres cantores, como Landini, Alessandro, Montalvini y Mirelli, dícese que fueron igualmente víctimas del puñal o del veneno, a causa de conflictos provocados por los celos de los orgullosos potentados, déspotas y señores de vidas ajenas, que mal se avenían a que las damas de sus ensueños se sintieran fascinadas por el canto de aquellos virtuosos y corrieran con ellos aventuras pecaminosas. De Lorenzo Vettori, asesinado también por un rival al salir a altas horas de la noche del palacio de una linajuda napolitana, cuenta un cronista seiscentista que fue considerado como «un prodigio de la naturaleza y del arte. La armonía y perfección de su canto, el profundo sentimiento con que lo animaba, embelesaban al oyente. El tesoro de su voz tomaba el tono de todas las pasiones con tal imperiosa flexibilidad y tal verdad de expresión, que quedaba reflejada en el semblante de los espectadores.» Poeta y compositor eminente al mismo tiempo, escribía para sí la mayor parte de las cantatas que luego ejecutaba.

Guinguenée refiere en su «Enciclopedia,» que otro sublime cantor, llamado Baldassare Ferri di Perugia, suscitó entusiasmo universal, dando ocasión a manifestaciones extraordinarias. A menudo le esperaban a la salida del teatro, y la carroza que le conducía a su hogar caminaba bajo una lluvia de flores, acompañado por los vítores de una multitud que parecía presa del delirio. Yendo a Florencia para cantar la ópera Ariana de Monteverdi, salen a recibirle a dos millas de la ciudad numerosas diputaciones de toda clase de ciudadanos que forman la gran familia florentina; y en imponente cortejo, presidido por los gonfalones «della Signoria,» le acompañan a su morada.

Buontempi, compatriota y contemporáneo de Ferri, resume el arte prodigioso de este gran artista del bel canto en los siguientes términos: «No es posible dar una idea de la pureza y afinación de su voz hermosa a cuanto cabe, extensa, flexible, tan dulce como armoniosa. Es su canto, ora alegre, ora fiero, grave o tierno a su placer; y especialmente en los andantes patéticos se adueña de todos los corazones. Asombra por la vivacidad de su trino; sube y desciende con un solo e inagotable aliento dos enteras escalas; y cuando le parece al oyente que ya debe estar agotado, comienza otra vez con nuevos trinos marcando todos los grados de la escala cromática con pasmosa exactitud. Se le oye a veces atacar pasajes rápidos, erizados de dificultades, engarzando claros y obscuros con precisión mecánica imponderable. Todo esto es para él como un juego divertido, sin que los músculos de su rostro denoten la más mínima contracción de fatiga.» Se supone que este cantor haya sido quizás el más sublime de cuantos han existido; y el mentado Buontempi narra que los efectos maravillosos de este virtuoso tenían por base la minuciosidad de detalles técnicos, que, oyéndolos, parecían cosas verdaderamente sobrehumanas. Por estos prodigios llegó Ferri a ser un mimado de la fortuna. Las cortes de Europa le tenían como un ídolo; se disputaban el honor de hospedarle en sus palacios; y a veces era causa de conflictos, entre ellos por la envidia que despertaba la posesión de tan soberano cantor. Sirvió a tres reyes y a dos emperadores. Al ausentarse de la corte de Polonia, Leopoldo I quedó enfermo de nostalgia y mandó a colocar en su morada el retrato del insigne evirado con esta leyenda: «Baldassare Ferri, angélico e inolvidable cantor.» Fue creado caballero de San Marcos por los venecianos. La reina Cristina de Suecia mandole su nave imperial para llevarlo a la corte de Estocolmo, donde le colmó de dones y honores. En conmemoración de su llegada, dicha reina hizo acuñar una medalla con la efigie del sublime artista; y en el reverso, como refinada alegoría, había un cisne moribundo a orillas del río Meandro, con una lira que descendía del cielo.

Cuéntanse también historias muy peregrinas de otros cantores evirados; pero como nuestro intento se contrae a evidenciar la fascinación que ejercía sobre las multitudes el divino arte del canto, tal como fue cultivado en la era gloriosa, en contraste con la decadencia de hoy, nos limitamos a transcribir tan sólo lo más interesante leído en las efemérides y apuntes de estudiosos que catalogaron los hechos dignos de recordación.

Parte II

Texto extraído de El arte del canto, Francisco Viñas, Barcelona, 1932.