Francisco Viñas: la época dorada de los castratti II

Segunda parte de la descripción de la época dorada de los cantantes evirados, a través de “la fascinación de las grandes celebridades canoras, la idolatría por los músicos cantores y el fin trágico de algunos de ellos, incluyendo anécdotas sobre la reina Cristina de Suecia, Farinelli en la corte de España y otros ilustres cantantes,” a cargo del tenor español Francisco Viñas (1863 – 1933).


Cristina de Suecia

Al recorrer los anales del canto no es posible leer, sin sentir veneración, el augusto nombre de aquella insigne protectora de los artistas, cual fue Cristina de Suecia. De tal excelsa reina, que —como referimos— ya antes habíase sentido fascinada por el arte supremo de Baldassare Ferri, cuéntase que protegió a otros cantores idos al servicio de su corte; entre ellos hubo un predilecto de la bella soberana, llamado Bianchi, a quien colmó de dones y atenciones. Retúvole en su palacio durante mucho tiempo y, deseosa de profundizar los secretos del divino arte, tomaba de él lecciones de canto. Más este notable sopranista, hastiado quizás, y

aprovechando la ausencia de aquella augusta dama (1663), invitado por la duquesa María, de la corte de Saboya, reinando Carlos Manuel III, allá se fue.

Esto irritó talmente a la reina sueca, que llegó a crear un grave conflicto entre las dos casas reales, llevando doña Cristina su enojo a tal punto que desde Hamburgo, donde se encontraba, escribió al Conde d’Aliberto, su secretario de embajada, la siguiente carta: «Je veux qu’on sache qu’il n’est plus au monde que pour moi, autrement il ne chantera pas longtemps pour qui que ce soit. Quoique s’il est sorti de mon service, je veux qu’il y rentre; tachez donc de declarer mes sentiments d’une manière qu’on fasse passer l’envie aux gens de lui faire l’amour; car je veux le conserver à quelque prix que ce soit. Et quand même on voudrait me faire croire qu’il a perdu la voix, tout cela n’en ferait rien, car tel qu’il est il doit vivre et mourir à mon service ou malheur lui arrivera. Tachez de me rendre compte de cette commission d’une manière que j’aye sujet d’être satisfaite de vous.» Tal fue el apasionamiento de la reina por el predilecto cantor, quien ante el temor de un trágico fin volvióse a aquella corte.

Es de notar —dice Monaldi— que los famosos cantores sopranistas Cecconi y Monescalchi, al servicio de dicha reina en épocas diversas, murieron súbitamente en el palacio de aquella soberana, cuyo misterioso suceso fue atribuido por el vulgo al veneno o alle sacchettate, entonces muy en uso, sin que nadie cuidara de descubrir la causa ni los autores del referido delito. Sin embargo, esta caprichosa soberana fue tan pródiga con muchos artistas, que su nombre era evocado como el de un nuevo Mecenas. Establecida en Roma, después de su conversión al catolicismo, transformó su palacio en templo donde se cultivaban todas las artes, y en especial la del canto. Allí acudían los artistas más famosos, a quienes protegía y honraba con su familiaridad.

Fueron memorables las grandes solemnidades musicales que ella organizaba, mereciendo perenne recordación una fiesta en honor al rey Jacobo II de Inglaterra, en la que se ejecutó una cantata de Scarlatti —alentado por ella en su glorioso camino— por numerosa orquesta, donde sólo los instrumentos de cuerdas eran doscientos y doscientos cincuenta los cantores evirados, sopranos y contraltos. Tan magnánima reina, por la devoción al Papado y por los méritos contraídos en proteger las artes todas, encumbrando a muchos de sus humildes cultivadores, al morir fue considerada digna de que se perpetuara su memoria, sepultando sus despojos mortales en un precioso mausoleo en la Basílica Vaticana, al lado de los Papas más famosos.

Farinelli en la corte de España

Todas las crónicas teatrales matritenses, de 1737 a 1755, abundan en anécdotas de este portentoso cantor, cuyo verdadero nombre era «Carlos Broschi.» De bella y arrogante figura, facciones atrayentes, de carácter afable, dulce, bueno y humilde, fue por estas virtudes morales amado de cuantos le conocieron, de tal manera, que aun el mayor de los poetas italianos, el espiritual Metastasio, enemigo implacable de los sopranistas, hizo de él una excepción, pues decía que «Farinelli debía haber sido tocado al nacer por la mano invisible del Divino Creador,» y añadía: «En la voz de este ser extraño hay algo sobrehumano que arrebata y fascina tanto al sabio como al ignorante, sea amigo o enemigo; en los pasajes patéticos su canto se eleva con tan dulce expresión de misterio, que penetra hasta lo más hondo del alma y nos arranca lágrimas.»

En la edad juvenil, a la luz del escenario, Farinelli aparecía como fulgurante beldad; y nada tiene de extraño que las crónicas mundanas se ocuparan alguna vez de sus aventuras, las que, afortunadamente para él, nunca acabaron trágicamente. El fanatismo que despertó, sobre todo en Inglaterra, tomó proporciones inverosímiles. A la salida del teatro la gente se estrujaba para poder verle de cerca, y considerábase muy dichoso quien podía llegar a rozar el manto en que se envolvía. Una noche venturosa fue sorprendido por una dama gentil cubierta con antifaz: ¿era quizás de alto linaje…? Tomó la diestra del cantor sublime, deslizó en su anular una sortija maravillosa, y desapareció. Farinelli no descifró nunca, ni a sus más íntimos, el enigma del misterioso encuentro; pero aquel talismán sagrado —según dijeron— fuele compañero inseparable hasta la muerte.

La fama de Farinelli fue creciendo de día en día, y era el predilecto de todas las cortes de Europa. Estando en la de Viena al servicio del emperador, fue solicitado por la reina de España al objeto de ver si las maravillosas virtudes canoras de Farinelli podían obrar el prodigio de aliviar el abatido espíritu de Felipe V. En efecto; según leemos en diferentes crónicas, cual otro David, de cuya arpa los armoniosos acordes tenían el don de disipar las tétricas sombras en el ánimo del rey Saúl, Farinelli, con la sublimidad de su canto, tuvo la virtud de aliviar la melancolía y aun de curar la extraña enfermedad vesánica del letárgico soberano, quien tornó a su placentera existencia, cuidando de su persona, de su barba —que llevaba siempre abandonada—, y volvió a ocuparse en los negocios del Estado, presidiendo con renovada energía los consejos nacionales.

Fue aquello un suceso del que se habló en todas las cortes del mundo, lo que acrecentó la fama del prodigioso cantor. El rey le quería siempre a su lado como consejero; le asignó —por Real Orden de 31 Agosto de 1737— la anualidad de cien mil francos, que en aquellos tiempos era suma fabulosa; además ofrecióle residencia magnífica en el Palacio Real, coche de dos tiros de mulas y fue creado Caballero de la Orden de Santiago. Quien quería favores soberanos, a Farinelli se dirigía, porque no eran nunca negados, si bien todos reconocían su gran tacto en no abusar de tanta omnipotencia, aprovechada siempre en hacer todo el bien que pudo, y muchas veces le sirvió para reparar injusticias. Sin embargo, no pudo librarse de críticas acerbas de los poetas satíricos, que ridiculizaban la realeza, tan deferente con el excelso cantor.

Diez años estuvo en la corte del abúlico Felipe V y durante este tiempo casi todas las noches daba su recital en presencia de la corte, cantando siempre las mismas romanzas, sin que jamás aquella continuidad uniforme produjera el menor cansancio, gracias a la virtud del arte maravilloso del insigne sopranista y a sus conocimientos musicales, de los que no podemos formar idea, así como al dominio técnico que poseía del mecanismo vocal que, sin traicionar el ritmo ni las reglas de la armonía, permitíale hacer improvisaciones geniales que transformaban la pieza musical en otra creación siempre novísima. En general, lo que Farinelli ejecutaba era en gran parte música por él compuesta, pues era también un notabilísimo compositor y poeta. Mas sus romanzas predilectas fueron las del Maestro Hasse: «Pallido il Sole» y «Per questo dolce amplesso,» en las que acumulaba infinitas y variadísimas dificultades resueltas prodigiosamente.

Después de la muerte de Felipe V debió ser tal su don de gentes, que continuó gozando del favor de Fernando VI, quien honró a Farinelli nombrándole miembro de la Orden de Calatrava. Diósele además la dirección de los espectáculos de la Ópera, cargo que desempeñó con gran acierto, y tuvo a su tutela los más celebrados artistas de la época. El hombre dulce, bueno y humilde tenía un sentimiento artístico tan profundo que dirigiendo el espectáculo era rígido e intransigente y sujetaba a todos a la más severa disciplina, por lo que los tiempos de Farinelli señalaron para Madrid un período glorioso del arte lírico.

Fallecido Fernando VI, sucedióle en el trono Carlos III y viendo el preclaro cantor que la amistad del nuevo monarca no era para él como la de sus antecesores, debido —según parece— a la antipatía que Farinelli sentía por la Corte de Francia, decidió pedir licencia para ausentarse de España. El Rey concediola de buen grado, escribiendo a Farinelli una carta laudatoria «porque no abusó jamás de la benevolencia ni de la magnanimidad de sus antecesores.» Retirose luego a la ciudad de Bolonia, donde mandó construir un magnífico palacio que aún hoy es conocido con el nombre de «Palazzo Farinelli.» Nunca jamás aquel divino cantor olvidó la caballerosidad con que fue tratado en la corte de España, y llevaba el recuerdo tan profundamente guardado en su alma, que repetía constantemente a sus criados: «Si por las calles de la ciudad encontráis algún español, rogadle que venga a verme.»

Traducimos del libro de Giambattista Mancini, célebre sopranista contemporáneo de Farinelli, la opinión que le mereció el arte maravilloso de este insigne cantor: «Carlos Broschi, vulgarmente llamado «Farinelli», además de todas las virtudes canoras con que la naturaleza se complació en dotarle y de las cuales se servía magistralmente para adornar el canto, poseía la media voz con tanta perfección que a juicio de las gentes fue aquella singular cualidad la que encumbró su nombre de cantor hasta la inmortalidad. El caballero Carlos Broschi, que sin duda puede llamarse el Baldassare Ferri de nuestro siglo, nació en Nápoles en el año de 1705. Hizo los primeros estudios con el célebre maestro Nicolás Porpora y fueron tan rápidos los progresos que su fama se divulgó en poco tiempo por toda Europa.»

«La voz de este sublime cantor fue considerada portentosa; era perfecta, cálida, sonora, rica en extensión, de timbre dulcísimo, tanto en los sonidos profundos como en los centrales y agudos; ni oyose jamás cosa semejante. Estuvo dotado de natural inspiración, ordenada con tanta sabiduría, que se percibían en su canto cosas peregrinas y tan particulares, que no dejaban campo a que nadie pudiera imitarlas. El arte de saber conservar o retener el aliento con reserva y pureza suma, sin que nadie lo notara, principió y terminó en él. La entonación, la manera de modular y reforzar la voz, el portamento, la unión de los registros, la agilidad sorprendente, el cantar al corazón tanto en lo patético como en lo jovial, sus trinos perfectísimos en seis modos distintos, fueron cualidades en él de equilibrio e igualdad tales, que ni una sola dejó de alcanzar el grado más sublime. A pesar de sus memorables triunfos este magno cantor jamás dejó de estudiar; y aun al cabo de algunos años abandonó su primer sistema por otro que le parecía más perfecto. Tal fue el sublime cantor Carlos Broschi-Farinelli, que en muchas crónicas se menciona también con el nombre de «Farinello.»»

La prodigiosa curación de la enfermedad de Felipe V por virtud del canto de Farinelli, que acabamos de referir, nos induce a recordar que, desde tiempos remotos, escritores y filósofos de gran renombre atribuyeron a este arte virtudes terapéuticas para remedio de ciertas enfermedades. Platón, Aristóteles, Cicerón y San Agustín colmaron de elogios a este arte incomparable que unos llaman «disciplina divina,» otros «celestial placer, goce y consuelo de la humanidad.» Macrobio, por ejemplo, dice en su Lib. 2 «que el canto cura las enfermedades del cuerpo y desvanece los horrores de la melancolía.» Asimismo Marciano Capella afirma que antiguamente se libraban de la calentura por medio del canto, «que favorece el recobro de las fuerzas y dispone el sistema orgánico a la alegría.» El lector ya comprenderá que debía tratarse de un algo portentoso que hoy desconocemos; pues el canto en nuestros días —especialmente el de los que se dedican a interpretar obras modernas— es por lo general un excitante nervioso, una serie de sonidos desagradables al oído, de desafinaciones intolerables muchas veces, negación de lo que era y debería ser el divino arte del canto, «un sano deleite.»

Parte III

Texto extraído de El arte del canto, Francisco Viñas, Barcelona, 1932.