Francisco Viñas: la época dorada de los castratti III

Tercera parte de la descripción de la época dorada de los cantantes evirados, a través de “la fascinación de las grandes celebridades canoras, la idolatría por los músicos cantores y el fin trágico de algunos de ellos, incluyendo anécdotas sobre la reina Cristina de Suecia, Farinelli en la corte de España y otros ilustres cantantes,” a cargo del tenor español Francisco Viñas (1863 – 1933).


Otros cantores eméritos – Anécdotas

De otra legión de cantores sopranistas insignes de la última época (1725 a 1800) llegó hasta nosotros el historial de la gloria. Se cita a menudo el nombre de Antonio Bernaschi de Bolonia, discípulo del excelso Pistocchi de la misma ciudad. Dícese de él que en los comienzos su voz era ingrata, desagradable, pero llegó a alcanzar, con su perseverancia y la sabiduría del profesor, tal pureza de sonido, que se le considera como uno de los astros más luminosos aparecidos en el inmenso firmamento del arte lírico de aquellos tiempos. Fue luego maestro eminentísimo, y de su escuela salieron infinito número de grandes cantores, entre los

cuales se destacan los nombres de Carlini, Tedeschi, Amadori, Guarducci, Raff y otros, como él sopranistas meritísimos. El canto de Bernaschi, según las crónicas de la época, era magistral, de gusto irreprochable, pues con la unión de los dos registros, el de las cuerdas naturales y el de las cuerdas falsas, compuso un tercero de voz mixta, del que se servía para sus elegantes «grupetti» llenos de gracia, con «volatine scelte,» trinos, mordentes, «rubamenti di tempo,» que encadenaban el ánimo del oyente.

De Gianbattista Minelli se ha dicho que era tal su arte de cantor, que fue llamado «il Sapientissimo» y entre los excelsos encontramos los nombres de Majorani, de Bari; Scalzi, genovés; Gizziello; Mansulli, florentino; Arvedo, de Verona; Guadagni Lodigiano, Aprile, Regginello y Conti, napolitanos; Rubinello, de Brescia; David Giacomo y Vigoni, de Bérgamo; Balini, boloñés; Caffarelli, el orgulloso; el dulce Farinelli; Tosi, el erudito; Pacchierotti, el clásico, y Crescentini, de quien se estudian aún en algún conservatorio ciertos escarceos de vocalización a él atribuidos.

En las crónicas del siglo XVIII encontramos también una lista interminable de grandes cantatrices salidas de aquellas renombradas academias. Tales fueron la Vittoria Tesi, Faustina Hasse, la Peruzzi, Caterina Visconti, Giannina Artrua, la Minghetti, Lucrezia Aguarzi, Ana de Amicis, Brígida Dante, Angélica Catalani, que con otras infinitas llevaron en los mayores escenarios de Europa el cetro glorioso de un arte imperecedero.

Del mentado Caffarelli, cuyo verdadero nombre era Cayetano Maiorana, aseguran ciertos cronistas que su gran maestro, el excelso Nicola Porpora, para domeñar la voz del predilecto discípulo, sometióle durante seis años a continuados ejercicios, casi siempre los mismos; ejercicios que llenaban apenas una hoja de papel de música; al cabo de este tiempo, mientras Caffarelli creía estar aún en los rudimentos, fue agradablemente sorprendido al decirle el insigne profesor: “¡Ve, hijo mío, eres ahora el primer cantor del Universo!” Sin embargo, era tan completa la educación artística de los cantores de entonces, y especialmente de Caffarelli, que no podemos creer dicha anécdota, pues no cabe en una hojita de papel pautado lo que aquel virtuoso dio muestras de haber aprendido. Aceptemos esta leyenda como una afirmación que nos induce a recomendar la práctica durante largo tiempo de los ejercicios vocalizados.

El entusiasmo de las damas por este sopranista fue inmenso, y se cuentan de él infinidad de aventuras; en una de ellas estuvo a punto de perder la vida. Fue sorprendido en íntima conversación en las habitaciones reservadas de cierta duquesa, y al tratar de huir perseguido por el consorte ultrajado, gracias a la complicidad de una sirvienta pudo escapar escondiéndose en un pozo, donde hubo de permanecer veinticuatro horas, no sin costarle aquella encerrona una grave enfermedad que hizo temer por su voz.

Repuesto de su malaventura, recorrió los principales teatros de Europa; e invitado por la delfina de Francia para que fuera a París, allí se encaminó, produciendo su canto estupor universal. El Rey, para demostrar su admiración, mandóle por un gentilhombre una tabaquera de oro ornada de brillantes. Caffarelli la recibe, diciendo al embajador: «¿Es el propio Rey de Francia quien me envía esto?… Pues ¡mirad…!», y abriendo un estuche mostróle otras treinta y tantas riquísimas de las cuales la más modesta representaba un valor muy superior a la donada por el Rey. «¡A lo menos,» prosiguió, «podía haber mandado grabar su retrato!» «¡Señor!» repuso airado el palaciego; «Su Majestad no regala su retrato más que a los Embajadores.» «Sin embargo,» replicó el ilustre cantor, «todos los Embajadores del mundo no son capaces de formar un Caffarelli.» Al día siguiente fue llamado a Palacio. La gran Delfina le entregó un magnífico brillante y al mismo tiempo el pasaporte, diciéndole irónicamente: «Como veis, lleva la firma del Rey, y es un gran honor… pero hay que darse prisa, porque no sirve más que para diez días.» Caffarelli, vencido y humillado, se marchó a todo correr hacia Italia.

«Orgulloso e infatuado,» dice Monaldi, de quien copiamos esta anécdota, «Caffarelli era el tormento de los empresarios, que habían de adaptarse a sus extravagantes caprichos. Era odiado por sus compañeros a causa del desprecio en que tenía a los demás, y en los dúos procuraba ponerlos en ridículo. En cierta ocasión el público del teatro de San Carlos, de Nápoles, noticioso de las malas artes de Caffarelli, con todo y ser su cantor predilecto, le silbó estrepitosamente; mas a pesar de tan merecida lección, fueron tantas sus continuadas extravagancias que por orden de la autoridad (1753) fue expulsado de aquel escenario.» Se retiró a los sesenta años, habiendo acumulado grandes riquezas. Compró con ellas el Ducado de San Donati y mando construir uno de los más suntuosos palacios, que aún se admira en nuestros días, en la vía de Toledo de Nápoles, con el nombre de «Palazzo Caffarelli.»

Crescentini, quizás el último cantor evirado que se dedicó al teatro, fue protegido por Napoleón I, y desmintiendo la aserción atribuida al famoso guerrero de que «la música era para él un rumor molesto,» dícese que el canto de aquel virtuoso le conmovía de modo tan singular, que al oírlo se le bañaban con frecuencia los ojos en lágrimas. Desde Viena, Napoleón le incorporó a su corte para llevarlo a París (1808), en cuyo palacio de las Tullerías cantó la ópera Romeo y Giulietta de Zingarelli con tal arte y sentimiento, que los oyentes emocionados le tributaron manifestaciones de admiración y entusiasmo indescriptible. Según refieren las crónicas, «jamás la sublimidad del canto, así como la potencia del arte dramático, se elevó tan por encima de lo imaginable. La entrada de Romeo en el tercer acto, su plegaria, el acento de desesperación y de dolor con el cual matizó la famosa aria Ombra adorata, aspetta, causaron tan honda impresión a los oyentes cual si estuvieran presenciando algo inexplicable y sobrenatural.»

En su última etapa artística dedicóse a la enseñanza del canto en el Conservatorio de Nápoles, que hoy llaman de San Pietro a Maiella. Napoleón honró al insigne artista con la Gran Cruz de la Corona de Hierro, la más alta distinción que podía darse entonces en Francia. Leemos en el libro de Fétis: «con Crescenteni acabó la era gloriosa de los grandes cantores italianos; con él desapareció la serie de virtuosos sublimes generada en aquella clásica tierra de la melodía. No hay nada comparable a la suavidad de aquellos acentos, a la fuerza de la expresión, al gusto perfecto en los adornos «fioriture,» a la amplitud de su fraseo; cúmulo de cualidades llevadas por ellos al máximo grado de perfección, de las que una sola bastaría en la época actual para asegurar a quien la poseyera el primer lugar entre los cantores modernos.»

Texto extraído de El arte del canto, Francisco Viñas, Barcelona, 1932.