Hipólito Lázaro: cuarto consejo

El tenor español Hipólito Lázaro (1887 – 1974), destacado intérprete del verismo en su tiempo, brinda consejos a los futuros cantantes en su libro Mi método de canto, publicado en 1947.


El repertorio de Wagner necesita de cantantes especializados; quiero decir que si no te dedicas exclusivamente a él, no lo cantes hasta que no tengas unos años de experiencia, porque es muy central y acaba con el registro agudo, y estas notas son —¡no lo olvides!— las que proporcionan las grandes satisfacciones y el dinero.

De todas maneras, cuando pierdas el control por algún motivo que te sobrevenga, o te pongas nervioso, síntoma que te ocurrirá con harta frecuencia en tu carrera, muérdete la lengua, que es un remedio infalible para que te calmes y te sobrevenga la saliva para evitar se te reseque la garganta. Piensa que —como te dije—, al abrir los sonidos te hará temblar la voz y te quedarás ronco; piensa siempre en esto, como si fuera tu pesadilla. Si te suceden estos percances, porque no tienes cuidado, puedes decir que se te acabó la profesión; mas, si lo remedias con tiempo —cosa factible, ya que al instante pude corregirse—, estás salvado.

Hace aproximadamente treinta años, me ocurrió la siguiente anécdota, que referiré porque viene aquí como anillo al dedo.

A la mañana siguiente de haber cantado la Gioconda en presencia de mi maestro, éste me dijo: “Caro Lázaro, te tiembla la voz.” Lo remedié enseguida colocando bien el aliento y haciendo unos días de vida morigerada, sin salir de casa por las noches.

Si te tiembla te lo habrá de advertir algún familiar o amigo, porque tú no te darás cuenta de ello.

Además, hay otros recursos para evitar algunos de los percances que te he señalado. En primer lugar debes saber escoger el repertorio, o sea: las óperas que se adapten a tu voz, que en este importantísimo detalle estriba el secreto para durar muchos años, pues de lo contrario, tendrás que retirarte del teatro a los cuatro días de haber comenzado.

A este respecto, recuerdo un hecho lamentable que le ocurrió a una señorita que debutó conmigo. Poseía una espléndida voz y parecía estaba predestinada a hacer una gran carrera; mas he aquí que se le antojó cantar Traviata, de Verdi —ópera que, dicho sea entre paréntesis, ha hecho retirar del teatro a una respetable cantidad de tiples que habían empezado con los mejores auspicios. Yo, por conciencia, advertí a aquélla que, de ninguna manera la cantara, pero no me hizo caso. A los pocos meses tuve noticias de que, la niña en cuestión, había perdido “algunas” facultades. Lo sentí por ella, porque con absoluto convencimiento le vaticiné una gran carrera. Transcurrió un año y volví a saber de mi antigua compañera, la cual, aunque perseveraba en el género lírico-ligero, había excluido de su repertorio Traviata, sin duda convencida de la dura experiencia sufrida. Este recuerdo me satisfizo en extremo, pero no he sabido más de ella, aunque me habría agradado volverla a tener por compañera en el escenario.

No obstante, este silencio en torno a su nombre no me sorprende, porque cuando se cae en un principio, es muy difícil levantarse en el teatro, aun teniendo grandes méritos. Es muy ingrata esta profesión: hay que triunfar todas las noches y estar pronto a escuchar, con respeto, los buenos consejos de las personas capacitadas para darlos. ¡Conque aplícate el cuento y ten mucho ojo en el debut! Si fracasaras, sería el final de tu carrera.

Volviendo a tratar de la Traviata, ampliaré mi criterio en lo que respecta a la influencia que ejerce en ciertas voces. Es una ópera que hay que cantarla después de unos años de profesión, cuando el órgano vocal está absolutamente educado, pues, desde luego, de él se puede hacer todo cuanto se quiera al producir el sonido, “contando con una buena escuela”.

El anterior comentario lo dedico especialmente a todos aquellos que, al comenzar la carrera, no quieren oír consejos de nadie, y ni siquiera se dignan escuchar a los profesionales, no porque éstos sean más o menos inteligentes que ellos, sino sencillamente porque gozan de una experiencia preciosa que acumularon durante años y años. Que el teatro enseña mucho. Si tuviera tiempo, y la ocasión fuera propicia, daría nombres y nombres de colegas de mi época que comenzaron muy bien y con toda clase de magníficos augurios y que, por no atender sugerencias atinadas, echaron a rodar su porvenir.

Sirvan estas líneas de advertencia sincera y severa a la par, que más vale una reprimenda a tiempo que una lamentación tardía, y, por lo tanto, inútil.

¡Cuántas tiples, que podían haber llegado a ser sopranos dramáticos, teniendo facultades y la voz oscura, no hacen carrera porque lo primero que quieren cantar es la Tosca, de Puccini, y aunque su maestro, los familiares y amigos pretendan quitárselo de la cabeza, la tal manía persiste en las inexpertas, exactamente lo mismo que las que se empeñan en cantar La Dama de las Camelias, sin tener en cuenta —repito y repetiré incansablemente—, que esas obras sólo pueden ofrecerse a los públicos como fruto de una larga experiencia! De ahí que en la actualidad apenas tengamos artistas que puedan ir por el mundo a competir con sus colegas de otras nacionalidades.

Si esas tiples comenzaran con el género lírico, y después, con paulatinidad tocaran el dramático, a buen seguro obtendríamos un plantel de hermosas voces en nuestro país.

Texto extraído de Mi método de canto, Hipólito Lázaro, Barcelona, 1947.