Hipólito Lázaro: quinto consejo

El tenor español Hipólito Lázaro (1887 – 1974), destacado intérprete del verismo, brinda su quinto consejo a los cantantes en su libro Mi método de canto, publicado en 1947. Presentamos la primera parte.


No quieras ir de prisa hacia el debut, que es mejor esperar, para que después puedas cantar durante muchos años.

Del debut depende tu larga o corta vida artística. Ten presente que todo lo que ha de sucederte consistirá en tu escuela; conque deposita “toda la atención en lo que te digo”. El miedo te demostrará que no estás seguro de lo que vas a hacer en tu primera salida. Este sentimiento, evidentemente, te pondrá de manifiesto que no estás preparado. Por lo contrario, si te encuentras seguro de ti mismo quedarás exento de preocupación y podrás afrontar al público por primera vez, sin ningún temor y con el ánimo sereno. Esa noche memorable, cimentará tu futura profesión. Será la consagración de tu vida teatral, y hasta el fin de tu existencia permanecerás actuando —si antes no te echan, naturalmente.

Desde luego, estos consejos los brindo a aquellas personas que gozan de sano juicio, pues, como indiqué en el prefacio, las hay que tienen la cabeza llena de pajaritos, y ésas no piensan ni meditan en nada de lo que estoy diciendo, y si leen este Método será por mera curiosidad.

Para atestiguar lo que te digo, te relataré algunos hechos de manía, locura, o como lo quieras denominar, de ciertos individuos que, al empezar a estudiar, se vuelven maniáticos o recelosos y lo demuestran en un sinfín de detalles, aunque a la postre se dejen engañar, como tontos, por el primero que llega.

Hallándome cantando en el teatro Metropolitan Ópera House de New York, presencié la manía que tenía un colega —que también había cantado en dicho coliseo— de probar a los discípulos para saber si poseían las facultades necesarias para la profesión. Les hacía extender en el suelo y a continuación les colocaba cuatro o cinco partituras encima del pecho, haciéndoles vocalizar un rato. Desde luego, el tal “maestro” probaba a todos sus alumnos, sencillamente porque suponían una gran cantidad de dólares; aprovechándose de su ignorancia les “tomaba el pelo” —válgame la expresión castiza— por partida doble. También les hacía inspirar, por la boca, el aire que contenían las botellas vacías del agua italiana llamada de San Pelegrino, en la creencia de que tragaban el oxígeno de Italia, con lo cual obtenían mejor voz. Por cada botella les cobraba un dólar y medio. Era tan pillo que cuando los artistas de la ópera, después de observar sus manipulaciones con los incautos alumnos, nos reíamos de él y tomábamos a burla sus procedimientos, pretendía hacernos creer que era verdad todo lo que hacía. Indudablemente era un astuto, muy simpático, por cierto.

A continuación ofreceré otro caso, también muy interesante, con objeto de que mis lectores y alumnos no dejen sorprender su buena fe. Había en Milán un tenor que estudiaba el canto —por cierto murió loco—, que comenzaba a dar señales de su mal. Lo más grotesco era que su esposa, indudablemente, se había contagiado de sus manías y todos los días le hervía una gallina, reduciendo el caldo a la estricta cantidad de una taza de las de té, y decíale: “Toma, Fulanito, esta taza de caldo, y verás la voz que vas a tener hoy”. ¡Pobre mujer y pobre hombre!

Para evidenciar la locura de ciertos cantantes, incluso cuando ya han conquistado la celebridad, referiré otro hecho curioso.

Existía un sujeto que cantaba de barítono —aunque ya lo había hecho de tenor— que se empeñó en querer imitar a Titta Ruffo; naturalmente, acabó no siendo carne ni pescado. El infeliz pretendía superar al coloso Titta. Aquel individuo un día fue a la galería de Vittorio Emmanuele —cita y reunión de los artistas— y se encontró con el jefe de la clac del teatro Scala. Lo abordó para hablarle mal de todo el mundo —ésta era una de sus más destacadas características—, hasta que le interrumpió un acceso de tos. Su interlocutor, para burlarse, le dijo: “¿Cómo es posible que un artista como usted tenga tos? ¿No sabe que puede perder su bella voz? ¡Váyase inmediatamente a la farmacia de Zambelleti a comprarse una botella de creosota!”

El infeliz fue enseguida a adquirir dicho jarabe; a continuación se trasladó a su casa, y ni corto ni perezoso se tomó el contenido de la botella de un trago. Como es lógico, se intoxicó. Al encontrarse mal, salió a la calle llevando el pantalón sin sujetar a la cintura y cogiéndolo con la mano. Subió a un coche y en pocos momentos se encontró en el Consulado de su país; pidió hablar con el cónsul, y así que lo tuvo delante, no se le ocurrió espetarle más que: “había ido allí con objeto de morir en suelo patrio”. El cónsul, que era un caballero de temperamento delicado y salud enfermiza, al tener conocimiento del espectáculo que se le preparaba, comenzó a protestar y a dar gritos, y se armó una gresca tal, que los vecinos de las casas contiguas acudieron. A todo esto, el cónsul no paraba de llamar a los hospitales para que mandaran una ambulancia, mientras el enfermo yacía en el suelo quejándose amargamente y diciendo que se quería morir allí. Por fin apareció una ambulancia, pero entonces surgió otro conflicto, que el loco no quería moverse y, como era hombre musculoso y fuerte, hubieron de luchar los enfermeros para dominarlo y llevárselo al hospital, donde le dieron un lavado de estómago. Cuando, al cabo de unos días, salió curado, se fue de Italia. Este personaje real era abogado, pero el canto le trastornó el juicio, porque con este arte no hay títulos que valgan. El que tiene tal manía está irremediablemente perdido. No he sabido nunca más de él.

Como estamos en plan de consejos y de contar hechos, seguiré adelante.

Hay un sinfín de principiantes que, sin reflexionar, se lanzan a debutar encantados de la vida, debido a que tienen la mala suerte de encontrar uno de esos maladados sujetos que van por ahí ofreciendo la gloria y el éxito a los cantantes noveles; desde luego, con el único objeto de sacarles unas pesetas, aunque sean pocas. Y a la hora de la verdad, ¿qué sucede? Que los tales embaucadores les hacen debutar, se quedan con el dinero, por escaso que sea —pues se contentan con poco—, los presentan en el debut, el principiante lo hace mal, porque, además, no le han dado los ensayos suficientes, y además es el “hazmerreír”, para toda la vida, de sus enemigos y hasta de aquellos que, con frecuencia, se hacen pasar por amigos, diciendo de ellos: “¡Pobre muchacho, está loco por el teatro!”, etc., y las consecuencias de ese primer paso en falso le ocasiona la tragedia mayor de su vida, porque en esta profesión se precisa de mucho dinero para estudiar, y la mayor parte de las veces la emprende con la ayuda de sus familiares o protectores, y si después de este gasto lo único que obtiene es un fracaso, el resto de la vida estará el desgraciado escuchando reproches y la misma cantata: “¡Qué lástima; si no te hubieras gastado el dinero ahorrado por nosotros en tu manía del canto, ahora tendríamos el oro y el moro!” Tal vez no poseerían un maravedí, pero el sermoncito sirve para aplanar a cualquiera hasta el final de la existencia. Ese recuerdo se grabará en la mente y el corazón del debutante, y no se borrará jamás, porque queda para siempre esa especie de microbio del teatro dentro del alma. He conocido varios que murieron locos, o en un manicomio carcomidos por tal añoranza morbosa.

Texto extraído de Mi método de canto, Hipólito Lázaro, Barcelona, 1947.