Hipólito Lázaro: tercer consejo

El tenor español Hipólito Lázaro (1887 – 1974), destacado intérprete del verismo en su tiempo, creador del rol principal de la ópera Il Piccolo Marat de Mascagni, brinda consejos a los futuros cantantes en su libro Mi método de canto, publicado en 1947.


Después de la comida del mediodía te acostumbrarás a dormir la siesta; te descansará la voz, y a la noche, perfectamente reposada, la tendrás más dulce y más timbrada. Si no puedes dormir, porque te causa ronquera, basta que grades silencio, porque has de tener muy presente que fatiga mucho más hablar que cantar.

El día que canto, parece que los nervios me atacan el estómago, a pesar de que lo tengo muy bueno, y eso que como a las once de la mañana, pero al llegar la noche, he de tomar bicarbonato porque no he podido digerir.

Cuando yo decía que me sentía bien de voz, y veía la sonrisita de mi esposa, aquella noche había de tener mucho cuidado, porque mi voz estaba un poco opaca, debido al exceso de alimentación, o, muy probablemente, al maldito vino.

Sobre todo no bebas alcohol de ninguna clase, que agita los nervios como si recibieran una descarga eléctrica, y acaba provocando el ominoso “delirium tremens”, a más que roba la voluntad, embrutece y provoca la pérdida de memoria.Es el compañero del tabaco en esta mala obra destructora del organismo humano, y, asimismo, del café —tres vicios que, si perseveras en ellos, acabarán con tus energías viriles y, sobre todo, con el hígado—, y si este órgano se te enferma por los abusos mencionados, puedes despedirte definitivamente de la carrera, porque si has de someterte a un régimen de hervidos y papillas, no dispondrás de la suficiente fuerza nerviosa para cantar.

Si estás habituado al café, al tabaco y al alcohol, procura ir desprendiéndote de ellos paulatinamente, pero sin hacerlo bruscamente, pues te ocasionaría un trastorno moral y físico tremendo —lo digo por experiencia—, pero con entereza suficiente acabarás abandonándolos por completo. Después te sentirás satisfecho de las consecuencias, y, sobre todo, del orgullo que habrás experimentado al saberte capaz de dominar tu voluntad de hombre consciente.

Yo he pasado toda la vida abusando de mis pletóricas facultades, seguro de mí mismo; y, en efecto, así que he tenido que comenzar las temporadas de invierno, he sabido pasarme —y continúo haciéndolo— tres meses antes sin fumar un cigarro, ni beber una gota de alcohol. No obstante, entonces puedo constatar que el alcohol me cierra los cornetes de las fosas nasales —según ya te he expuesto anteriormente—, con el detrimento de que tenga que respirar algunas veces por la boca. Debido a tantos inconvenientes se me reproduce, como por encanto, la maldita faringitis, que es tan molesta para cantar, y la que impide hacer a la perfección los “portamentos” y filados.

Hay algunos artistas que, para darse valor y “entonarse” —según se dice vulgarmente—, toman algunas copas de champán; otros las prefieren de licor, y la mayor parte café con coñac y toda clase de vinos; hasta cerveza. Debido a tal abuso, hay que ver en que estado acaban algunos las funciones. Si el público supiese lo que pasa en los camerinos antes de empezar la ópera, al más pequeño desliz que ocurriera no dejaría seguir adelante la representación, pero como estos resultados sólo se descubren cuando se está terminando el espectáculo, se achacan, las apuntadas anomalías, al cansancio de los artistas, y, por lo tanto, se toleran ciertas intemperancias físicas, que no son otra cosa, a fin de cuentas, que los naturales efectos del alcohol.

He presenciado algunos casos fenomenales entre los muchos que tengo vistos. Sin ir más lejos, contaré un par de ellos. Un barítono que en un gran teatro de las Américas, se cayó desde una altura de cuatro metros cantando una ópera de Wagner, y no se hizo ni un rasguño. Le ocurrió por haberse “entonado” demasiado. Y el de un tenor que, cantando el último acto de los “Hugonotes”, en el dúo de amor, cuando se hincó de rodillas ante la tiple le fue completamente imposible después levantarse y hubo de acabar la ópera en aquella postura, tan fuera de carácter, provocando la chacota del público, que se dio cuenta de que se hallaba beodo.

El tabaco, asimismo, tienes que administrártelo con cuentagotas —si no puedes renunciar definitivamente a él. El cantante no debería verlo ni en los escaparates de los estancos, porque, además de que endurece las arterias de las cuerdas vocales, acaba con el corazón, destruye el organismo, la vista y debilita todos los resortes del sistema nervioso.

El tabaco me hacía sudar con exceso, y por ello me ponía frenético. Cuando actuaba transpiraba tanto que, en cada entreacto, me veía precisado a cambiarme de ropa interior. Esta experiencia me obliga a aconsejar a los cantantes que, si carecen de voluntad para abandonar la nicotina, al menos fumen puros —en poca cantidad—, ya que no irritan tanto como el papel.

También sufría otro fenómeno por culpa del tabaco: me producía insomnio después de cantar; este trastorno se agravaba con otro peor: que el desvelo me despertaba una necesidad apremiante de café, al que estaba acostumbrado por degustarlo en grandes cantidades, y el no poder descansar era la causa de que tuviera los alientos cortos algunas noches.

En fin; si tan fuerte es en ti la necesidad del tabaco, sólo me resta advertirte, muy seriamente, que te prepares a tener siempre faringitis —contratiempo que te producirá muchísimos sinsabores.

Una receta ofrezco a aquellos obstinados. Por la noche, antes de acostarte, haz unos gargarismos de medio vaso de agua tibia mezclada con una cucharadita, de las llamadas de “café”, con un poquito de bicarbonato: es conveniente que repitas estos enjuagues después de cada comida, para desengrasarte la garganta.

En substitución del café se pueden ingerir cocimientos de manzanilla o agua de manzanas hervidas, que suaviza y refresca la garganta.

Texto extraído de Mi método de canto, Hipólito Lázaro, Barcelona, 1947.