Lehmann: la educación actual de los cantantes

Lilli Lehmann publicó en 1902 su tratado de canto Meine Gesangskunst (Mi arte del canto) y el éxito del libro le valió dos nuevas ediciones y numerosas impresiones. Tras el prefacio, la ilustre artista manifestó su propósito y su gran preocupación por el estado actual y el futuro de su arte.


Mi propósito

Me propongo abordar de manera sencilla, inteligente, pero desde un punto de vista práctico, las sensaciones que conocemos en el canto, y que he comprobado exactamente en mi experiencia, mediante las expresiones “cantar abierto,” “cubierto”, “oscuro,” “nasal,” “en la cabeza” o “en el cuello,” “hacia delante” o “hacia atrás.” Estas expresiones corresponden a nuestras sensaciones al cantar; pero son ininteligibles mientras se desconozcan las causas de esas sensaciones, y cada uno tiene una idea diferente de su significado. Muchos cantantes intentan producirlas durante toda su vida y nunca lo consiguen. Esto sucede porque la ciencia entiende muy poco de canto y el cantante muy poco de ciencia. Quiero decir que las explicaciones fisiológicas de los procesos altamente complicados del canto no son lo suficientemente claras para el cantante, que tiene que depender principalmente de sus sensaciones vocales. Los científicos no se ponen de acuerdo en absoluto sobre las funciones exactas de los diversos órganos y son muy pocos los cantantes que están informados sobre el tema. Todo artista serio tiene un deseo sincero de ayudar a otros a alcanzar la meta —la meta hacia la cual todos los cantantes dirigen sus esfuerzos: cantar bien y bellamente.

El verdadero arte del canto siempre ha sido poseído y siempre será poseído por aquellos individuos dotados por la naturaleza de todo lo necesario —esto es: órganos vocales sanos, no afectados por hábitos viciosos del habla; un buen oído, talento para cantar, inteligencia, esfuerzo y energía.

En tiempos pasados se dedicaban ocho años al estudio del canto —por ejemplo en el Conservatorio de Praga. La mayoría de los errores y malentendidos que podía cometer el alumno podían ser descubiertos antes de que empezara su carrera, y el profesor podía dedicar tanto tiempo a corregirlos que el alumno aprendía a juzgarse a sí mismo de forma adecuada.

Pero hoy en día el arte debe ser practicado como todo lo demás, a vapor. Los artistas se producen en las fábricas, es decir, en los llamados conservatorios, o por maestros que dan clases diez o doce horas al día. En dos años reciben un certificado de competencia, o al menos el diploma de maestro de la fábrica. Considero que esto último, sobre todo, es un delito que el estado debería prohibir.

Toda la inflexibilidad y la falta de destreza, los errores y las deficiencias que antes se revelaban a través de un largo curso de estudios, no aparecen ahora, bajo el sistema fabril, hasta que la carrera pública del estudiante ha comenzado. No es posible corregir todo esto porque no hay tiempo, ni maestro, ni crítico; y el intérprete no aprende nada, absolutamente nada, para poder identificar o corregir sus defectos.

La incompetencia y la falta de talento encubiertas por la producción de la fábrica pierden demasiado pronto su plausible brillantez. Un fracaso en la vida es generalmente el triste final de este producto de fábrica; y la totalidad del arte del canto se entrega cada vez más como sacrificio a los métodos fabriles.

Mi conciencia artística me impulsa a revelar todo lo que he aprendido y que se ha hecho evidente para mí en el curso de mi carrera, en beneficio del arte; y a desvelar mis “secretos,” que parecen ser secretos sólo porque los estudiantes rara vez siguen el camino del estudio adecuado hasta el final. Si los artistas, a menudo tan sólo de nombre, se percatan de sus carencias, con demasiada frecuencia carecen del valor para reconocerlas ante los demás. Sólo cuando todos los artistas lleguemos al punto en que podamos consultarnos mutuamente sobre nuestros errores y deficiencias, y discutir los medios para superarlos, guardando nuestro orgullo en el bolsillo, se podrá frenar el mal canto y los empeños que van en contra del arte, y volverá a encontrar su sitio nuestro noble arte del canto.

Texto extraído y traducido de How to sing, Lilli Lehmann, Nueva York, 1914.