Blanche Marchesi: sobre las crueldades de los “métodos” I

En el último capítulo de su libro Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi se embarca en una descripción de los métodos locos y dañinos de los autoproclamados maestros de canto de su tiempo.


MÉTODOS

Antes de embarcarme en este doloroso capítulo debo relatar una de mis más encantadoras anécdotas sobre Gounod. Él nunca enseñó canto, pero era a menudo requerido para que lo hiciera. Su única hija un día le imploró que diera lecciones a una joven amiga suya y, para complacerla, la llamó para una primera práctica. Leo Delibes había pasado a visitarlos y estaba presente cuando Gounod comenzó la lección y al venir unos días después a casa de mi madre nos contó acerca de esta encantadora y fantástica lección de canto.

Gounod puso a la joven frente a él, la miró directamente a los ojos y le dijo: “Mon enfant, tu veux chanter, eh bien, je vais te dire ce que tu dois faire. Pose ton archet, laisse coulse l’urne de ta voix, et donne moi un son lilas dans lequel je puiser me laver les mains,” y luego hizo que la joven cantara unos ejercicios. (“Coloca tu arco, deja que la urna de tu voz derrame su contenido y dame un sonido color malva, en el que pueda lavarme las manos.”)

Esta manera poética, pero para nada práctica, de pedir a un alumno que cree un sonido será un contraste divertido con todas las terribles torturas físicas infligidas a los estudiantes de canto por sus mal llamados maestros.

Y ahora viene la tragedia. Antes de comenzar con el más doloroso de todos los capítulos, me siento como si estuviera caminando con los pies descalzos sobre caminos ásperos y espinosos. Los métodos que me han revelado las personas que buscaron mi consejo serán discutidos, pero ninguna personalidad se mezclará con la discusión de estos métodos. No permito que nadie que se acerca a mí profesionalmente me diga el nombre de su antiguo maestro o maestros y, en consecuencia, lo que yo escriba en las próximas páginas sólo se referirá a ideas y procedimientos, pero nunca a personas. Sólo expongo métodos. Escribo en interés de la ciencia y de la humanidad y espero que nadie, tras leer este triste capítulo, piense por un momento que la imaginación o la invención han guiado mi pluma y han influido la escritura de estas líneas.

Crueldades

Una vez me mostraron una gran pieza de plomo, redonda y de aspecto poco interesante, que la alumna de un maestro de Dresde tenía que colocar en la punta de su lengua para mantenerla baja mientras cantaba. Este profesor, como algunos otros, dedicaba una atención excesiva y exclusiva a la posición de la lengua, convirtiéndola en el punto principal de la enseñanza, evitando por tanto responder a otras cuestiones que pudieran surgir y refiriéndose a la lengua como el principal promotor y factor en la producción del sonido. Estas lecciones eran una gran tortura, ya que el peso del plomo cansaba la lengua y el miedo a tragárselo hacía que la alumna endureciera tanto la raíz de la lengua que tras unos minutos la acción de la laringe parecía paralizada. La sequedad de la boca se añadía a la preocupación de la lengua constreñida y cantar se convertía en una verdadera agonía, a tal punto que un día sucedió que la señora se tragó el plomo.

Es fácil imaginar lo que sucedió. El caso era grave, ya que la pieza de plomo era muy grande. Todos los doctores de la ciudad, grandes y pequeños, fueron llamados y la paciente fue sometida a toda tortura imaginable, ya que se temió por su vida durante varios días y el envenenamiento por plomo era uno de los grandes peligros a afrontar. Finalmente, por medio de rayos X, los médicos triunfaron, pero la señora gastó una fortuna en doctores y enfermeras (ella felizmente pertenecía a una rica familia de Lancashire) antes de poder ser traída de vuelta a Inglaterra, acompañada por la mayoría de sus familiares más cercanos, que habían sido convocados a Dresde cuando el peligro era más acuciante. Si hubiera muerto —cosa bastante probable—, ¿cómo hubiera sido el juicio ante el juez y el jurado? Después de todo, no se habría podido condenar al maestro, como tampoco se puede condenar a un médico o cirujano por cometer un error que tiene consecuencias fatales para el paciente. A los alumnos que no abren la boca y cuyas voces, en consecuencia, no pueden ser entrenadas les daba mi madre un pequeño pedazo de madera para mantener entre sus dientes frontales para acostumbrarlos a mantener la boca abierta, pero siempre había un trozo de hilo atado a esta pequeña pieza de madera y el otro extremo lo sujetaba el alumno para evitar cualquier peligro de tragarlo. Colocar al alumno delante de un espejo ayuda en muchos casos, ya que el ojo controla defectos exteriores mientras que la inteligencia se ocupa en problemas más difíciles al mismo tiempo.

La señora M.B., una americana, me entregó una lista de sus antiguos maestros en la primera entrevista y, sonriendo, me dijo: “Madame, ésta es la lista de mis catorce maestros, el último de los cuales fue su señora madre.” “Señora,” respondí, devolviéndole el papel doblado, “por favor guarde su lista. No tengo ningún deseo de conocer los nombres de sus antiguos maestros. Que usted venga a mí prueba que no ha estado conforme. ¿Pero cómo es que ha dejado a mi madre?” “Puedo prometerle,” respondió ella, “que no ha habido nada desagradable entre vuestra madre y yo, pero ella ha estado tan enferma últimamente que durante varias semanas ha tenido que renunciar a sus lecciones y su edad no permite los estudios ininterrumpidos. Su consejo ha sido inestimable para mí las pocas veces que he tenido el honor de recibirlo.” Al examinar su voz comprendí de inmediato que su caso era muy difícil y complicado y que, de hecho, mi querida anciana madre, que estaba a punto de cumplir los noventa años, no hubiera podido emprenderlo. A esta señora se le había enseñado a cantar con la llamada laringe fija, cuyo resultado pernicioso era obvio, y todo tenía que ser deshecho y de nuevo vuelto a hacer. Sin embargo, ambas tuvimos paciencia, y al final de un largo y doloroso estudio cosechó una hermosa voz de contralto, pero se vio obligada a retirarse a la vida privada a través por circunstancias domésticas.

Al final de nuestra primera reunión me dijo: “Tengo un pequeño presente para usted”, dándome una especie de pequeña jaula de alambre. “Esto, señora,” añadió, “es un instrumento de tortura que mi maestro número 4 vendía a cada recién llegado por una guinea. Él lo llamaba el fonatorio.” El instrumento era más grande y más alto por delante, donde tocaba los dientes, y se doblaba y se hacía más pequeño en la parte posterior, donde empujaba la raíz de la lengua hacia abajo, manteniendo la boca abierta al mismo tiempo. Los rostros y las bocas humanas son de todas las formas y tamaños, pero este hombre vendía un sólo tamaño, y puede imaginarse el sufrimiento que los alumnos debían soportar al fijar este instrumento en sus bocas y las escenas que solían tener lugar en este estudio, ya que algunas personas pueden abrir sus bocas dos veces más que otras y hay quienes no pueden soportar nada sobre la parte de atrás de sus lenguas sin sentir náuseas terribles. Una doncella solía aparecer con un vaso de agua para refrescar, y sales olorosas para revivir, al estudiante. Olvidé preguntarle si éste había sido el mismo hombre que la torturó para que cantara con la laringe en posición fija. Huelga decir que la alumna pronto huyó del inventor de la ‘jaula bucal’.

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.