Blanche Marchesi: sobre las crueldades de los “métodos” II

Segunda parte del último capítulo del libro Singer’s pilgrimage, donde Blanche Marchesi se embarca en una descripción de los métodos locos y dañinos de los autoproclamados maestros de canto de su tiempo.


Un hombre explicaba a sus alumnos que las mejillas en contacto con los dientes perjudicaban la sonoridad y que rellenar cada lado de la boca con ciruelas desecadas y castañas duplicaría el sonido. Podemos imaginar la incomodidad de cantar con una despensa en la boca. Este caso era más gracioso que peligroso, tan gracioso como el profesor que insistía en que la única manera de cantar era sin la laringe. Este método es nada menos que milagroso.

Un reciente método demente y doloroso me fue reportado por un alumno mientras escribía el presente capítulo. El joven sufría de severos dolores de cabeza y le dolían especialmente los ojos, ya que había sido forzado a practicar salvajes contorsiones con ellos, ¡ya que su profesor enseñaba que el sonido debía ser producido a través de los ojos! ¡Y tal cosa puede ser dicha y enseñada en el año 1920!

Es una gran moda en el mundo del canto hoy en día hablar de la respiración correcta, y una de las maneras de desviar la atención del alumno de la acuciante cuestión del entrenamiento de la voz es hablar solamente de la respiración. ¡De la misma manera podría uno anunciar lecciones de cómo mirar, oler, oír, toser y reír! Debo mencionar que hay personas que se especializan en enseñar respiración, y en absoluto dan clases de canto, viviendo, como el anestesista en la consulta del dentista, de esos clientes que los maestros de canto les envían para recibir ejercicios de respiración especiales. Los alumnos son sometidos a infinitas e inútiles torturas, grandes y pequeñas, pero se sienten orgullosos y felices, pensando que están haciendo cosas muy importantes. Siempre me hace pensar en el cuento de El traje nuevo del emperador —él pensaba que lo tenía, pero no tenía nada; igual creía que lo tenía y así era feliz y los sastres se enriquecieron.

Un alumno varón me dijo que él debía acostarse tantos minutos al día, respirando lenta y profundamente, con ladrillos apilados sobre el pecho para obligarlo a esforzarse para respirar. Eso era, según decía su maestro, para fortalecer los músculos de su pecho. Alcanzó el número de treinta ladrillos.

A otra alumna le dijeron que debía tumbarse en el suelo para obtener una respiración profunda e inmóvil. El profesor le colocaba un enorme recipiente lleno de agua sobre su pecho y le hacía entender que si el vaso se mantenía equilibrado al respirar su respiración era correcta. Esta operación tenía lugar al principio de cada lección, el resto de la cual se pasaba generalmente secando el agua que caería sobre la alumna y en la habitación. Estoy segura de que el alegre espectador era el que más se deleitaba.

A través de la ventana, la práctica más rara de ver al pasar debe haber sido el ejercicio de “la respiración del perro”. Parece que el alumno debía respirar como un perro cuando jadea tras una carrera intensa y después de haber “hecho el perrito” el obediente discípulo tenía que que ir a la ventana abierta, tomar diez respiraciones profundas y largas, volver corriendo y “hacer el perrito” de nuevo. ¡Muy interesante!

Estrechar un gran cinturón de cuero cada día un poco más en la cintura del alumno para darle mayor poder a su sostén respiratorio parece un juego de niños en comparación con la idea realmente formidable de obtener pulmones más fuertes y mayor anchura en el pecho haciendo a los alumnos correr escaleras arriba y abajo ¡mientras cantan sus ejercicios! Esto debe ser detenido por las autoridades médicas como una práctica peligrosa. No sólo es realmente doloroso y cansador, sino que, suponiendo que un alumno tenga un corazón débil, este peligroso ejercicio puede acelerar las afecciones del corazón e incluso puede resultar grave en algunos casos.

Es una gran crueldad obligar a los alumnos a cantar con un resfriado e insistir en que es especialmente bueno cantar resfriado. He visto casos en los que los alumnos han sido obligados a cantar incluso con nódulos en sus cuerdas vocales y sufriendo de laringitis aguda. Muchos laringólogos podrán certificar que se han encontrado con casos similares.

Creo que también es un acto de crueldad forzar a una niña, en la tercera lección que recibe en su vida, a cantar el aria de Titania de la ópera Mignon. En el caso aquí mencionado, la muchacha objetó, diciendo que se sentía incapaz de cantar los difíciles pasajes y las notas agudas en staccato. La respuesta fue: “No tienes nada que decir. Soy tu maestro; simplemente debes obedecer. Estás aquí para aprender, y justamente porque no puedes hacer estas cosas es que te obligo a hacerlas.” La consecuencia fue que la niña perdió incluso su voz hablada durante algún tiempo. Esto ocurrió en Bruselas.

Un caso similar, también en Bruselas, fue el de una jovencita que había sido obligada a cantar “e” (pronunciación inglesa) hasta el Do agudo. Cuando se quejó a la maestra de que había perdido completamente la voz ella le dijo que debía regocijarse, pues era su método hacer que la voz primero desapareciera y que, tras un descanso, que ella ahora tomaría, la voz volvería, gloriosa y dos veces mejor. Agregó que los mejores resultados siempre se habían obtenido de esta manera y que la alumna debía irse a casa y esperar alegremente el regreso de la voz. Ella así lo hizo. Tras un período de descanso las voces a menudo se recuperan, pero al recomenzar tras un accidente vocal debes empezar con el método correcto o de lo contrario corres el riesgo de perder la voz para siempre. Así sucedió en este caso. La muchacha descansó, su voz volvió, la maestra comenzó los mismos ejercicios con el mismo sistema, diciendo: “Ahora tu voz está vencida.” Tras dos semanas la joven no podía hablar más y nunca volvió a cantar. Cuando vino a mí por consejo, le dije que renunciara.

Cantar a través de un obstáculo es tan estúpido como imposible. Si obligas a una alumna a sostener una bolsa de bolas de algodón con la boca, o incluso un pañuelo, y la haces cantar a través de ella, las consecuencias son obvias. ¿Qué puede inducir a un maestro a recomendar esta terrible forma de practicar? Probablemente él quiera forzar al alumno a dar más sonido, probablemente creyendo que en consecuencia se alcanzará un mayor poder muscular, pero aquí, como en otros ejercicios físicos, cuando se desea darle poder a los músculos, nunca debes exigirlos excesivamente. El esfuerzo no puede producir más que enfermedad y fealdad.

Uno de los principales factores en el canto es la capacidad acústica, tanto interior como exterior. La acústica interior la encontramos en los huesos de nuestro cuerpo. La acústica exterior es producida por nuestro entorno —es decir, por la habitación en la que cantamos y su contenido. Si practicas o cantas en una sala con mala capacidad acústica sólo podrás oír tu voz con su cantidad y calidad acostumbradas agotando todos los músculos de tu garganta y lo mismo sucede si no usas los resonadores que la naturaleza te ha proporcionado para que la voz humana resuene, se embellezca y se amplíe. Por lo tanto, si obligas a los estudiantes a cantar no sólo a través de un obstáculo, sino a través de un obstáculo que no tiene absolutamente ninguna posibilidad acústica y no puede resonar, sino que simplemente amortigua el sonido y lo mata, estás obligando al alumno a emplear diez veces la fuerza que debería usar para producir un sonido. Uno de los puntos más importantes en la educación vocal es enseñar al alumno a encontrar, tras haber colocado correctamente los registros, las mejores posibilidades acústicas en sí mismo, y uno de los principales objetivos de mi método es producir la máxima cantidad y calidad de sonido con el mínimo esfuerzo posible. El esfuerzo, repito, destruye el progreso.

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.