Blanche Marchesi: sobre las crueldades de los “métodos” III

Tercera y última parte del capítulo final del libro Singer’s pilgrimage, donde Blanche Marchesi se embarca en una descripción de los métodos locos y dañinos de los autoproclamados maestros de canto de su tiempo.


Me faltaría espacio, y tiempo también, para citar todas las tonterías, cómicas y trágicas, que se han cruzado en mi camino en lo que respecta a enseñanzas perniciosas, y concluiré con dos de los peores casos, porque en ellos la lesión se realiza científicamente.

Hay maestros que quieren obligar a las mujeres a cantar exactamente como los hombres. Lo llaman cantar con la laringe fija. Ya he mencionado este método, pero debo volver a él, ya que está muy extendido.

Tuve una alumna, la hija de un clérigo, que pasó dos años de su vida absorbiendo este peligroso sistema. El maestro realmente la obligaba a mantener la laringe baja, presionándola incluso con los dedos y enseñándole a hacerlo. Poco a poco y dolorosamente la pobre criatura ganó medio tono a medio tono, trabajando el registro de pecho hacia arriba hasta que finalmente conquistó el do sostenido. Su laringe se prestaba especialmente a este sistema, habiendo quienes naturalmente se hallan inclinados hacia él. Ciertas gargantas desfallecerían tras algunas semanas con este método, pero estando inclinada a una producción equivocada, lentamente adquirió este terrible defecto. De cierta manera, las notas agudas emitidas de pecho por una mujer son bastante atractivas para algunos oyentes, y en ciertas canciones se obtiene un efecto extraño y maravilloso al usarlas. Pero llega el día en que los músculos, forzados a adoptar posiciones falsas, ceden, las notas agudas desaparecen una tras otra, aparece la ronquera y se presenta una “brecha” después de la última nota de pecho. Ni que decir tiene que estas notas forzadas suenan trémulas, ya que los músculos de la laringe pierden su firmeza tras haber trabajado en una posición antinatural.

Estos maestros no entienden que un hombre no es una mujer y viceversa. Hay algunos que llegan a decir a sus alumnos: “¿Por qué habría de haber alguna diferencia entre la voz de una mujer y la voz de un hombre?” Respuesta: “¿Por qué hay alguna diferencia entre los sexos?” Bueno, habrá alguna siempre que haya una diferencia entre un hombre y una mujer. ¿Y qué hay del castrado? Todo es perfectamente claro y lógico.

Paso ahora a un método, terrible en sus consecuencias, que no lesiona directamente la voz pero que provoca una dolencia corporal tan grave como para interrumpir una carrera. En este método el alumno debe yacer en el suelo. Por qué en tantos casos los alumnos deben yacer en el suelo sobrepasa mi entendimiento. Puede ser que algunos maestros encuentren muy divertido ver a sus víctimas tendidas y desvalidas frente a ellos, y que un sentimiento se desliza en sus corazones como el que un domador de leones tiene al entrar en una jaula, látigo en mano, excepto que en este caso el león es generalmente una paloma indefensa. De hecho, conozco el caso de un profesor que tiene un látigo, uno de verdad, sobre su piano, y ocasionalmente golpea el suelo, a veces casi azotando al alumno, cuando algo le disgusta. Sin embargo, esto no tiene nada que ver con el caso que voy a describir. Aquí los alumnos yacen en el suelo y tienen que realizar los ejercicios más increíbles para obtener, como se les dice, el poder de la respiración y la fuerza del diafragma. Se les enseña a hacer movimientos rotativos con la espalda y a levantarse con un movimiento violento, repitiendo este ejercicio varias veces. Me encontré con dos casos con un riñón lesionado, terriblemente doloroso, y con uno con ambos riñones desgarrados. Una era una Señorita —, de Birmingham. Había sido la poseedora de una magnífica voz de contralto. La muchacha vendió sus pocas posesiones, pidió dinero prestado y se fue a Londres, ya que un reconocido empresario le había dicho que la contrataría si estudiaba allí durante algún tiempo. La joven hizo lo que le fue dicho. Su profesor le enseñó los ejercicios rotativos de cintura y de balanceo de brazos. Muy poco tiempo después, se quejó de un dolor agudo en los costados. Se rieron de ella. El dolor aumentó. Cuando se quejó fue regañada. Al final se sintió tan gravemente enferma que tuvo que dejar de cantar. Un día, al volver a su casa, con las esperanzas y la salud destrozada, ingresó en el hospital de Birmingham, donde tuvo que ser operada, ya que el mal se había extendido demasiado, sin haber sido comprendido en las primeras etapas. Su caso fue inscrito en el libro del hospital de esta manera: “Operación realizada en ambos riñones; enfermedad derivada de ejercicios respiratorios violentos.” El sufrimiento de ese año había hecho tal mella en la salud de la niña que, al salir del hospital, sólo podía pensar en recuperar su antigua fuerza. Al no tener nada en el mundo, tuvo que aceptar un puesto como dama de compañía. Un día vino a mí para realizar una última consulta en su vida, esperando siempre que la hermosa voz fuera restaurada en su antigua fuerza. Cuando la vi, la encontré envejecida, triste, desanimada y nunca podría haber hecho una carrera. Le quité toda ilusión, pues considero que dar falsas esperanzas es más cruel que cualquier otra cosa.

[…]

Aconsejar practicar durante largas horas seguidas, o cantar con hambre, o cantar inmediatamente después de una comida pesada, o tararear con la boca cerrada, que es como enseñar el piano con los brazos atados, o balancear una silla pesada en cada mano mientras se practica —todos estos son métodos equivocados o destructivos. Enseñar la producción del sonido nasal es quizás el procedimiento más detestable y antiestético de todos, además de ser perjudicial para las voces de ambos sexos; mientras que otro método, el de forzar al alumno a parpadear para alcanzar las notas altas, parece ridículo. Cosas como las que he relatado aquí deben parecer increíbles e imposibles para muchos. Lo más curioso es que haya personas que se sometan a tales prácticas. Cuán lejos llega la credulidad del mundo y cuán regularmente se ha hecho evidente cuánto más, en general, la gente prefiere los métodos que exigen mucho tanto al bolsillo como al tiempo y a la paciencia. Las grandes verdades son demasiado simples. La multitud quiere ver, sostener, tocar. Sólo pensar, esperar y practicar es demasiado tedioso. Prefiere mil veces que se le muestre alguna forma violenta, difícil, dolorosa, extravagante de conquistar el conocimiento, pensando que realmente está haciendo algo o sufriendo para lograr algo. Pero el peregrino que espera obtener un milagro en un templo sagrado subiendo altas escaleras con las rodillas ensangrentadas y con el corazón vacío y sin una verdadera comprensión no lo conseguirá, mientras que otro, que permanece arrodillado al pie de las escaleras, su corazón lleno de amor y esperanza, simplemente orando por el milagro, lo conseguirá. El que sufre sin amar o el otro que sólamente ama —¿cuál de los dos crees que debería recibir el milagro?

Hubo un maestro que pensaba, con razón, que un buen sonido bien redondeado, bien sostenido y hermoso en calidad, es una cosa deseable, y como no podía explicarse a sí mismo ni a los demás cómo producirlo, solía decir en las lecciones, en lugar de dar la explicación fisiológica correcta: “Deseo que arrojes tu voz hacia adelante. Piensa que estás sembrando una semilla, caminando al aire libre. Imagina que enciendes una manguera o que juegas al ping-pong; piensa en correr hacia una bolsa de paja suspendida y golpearla inmediatamente. Así es como quiero que produzca sus sonidos.” ¿Qué debería hacer un alumno en este caso?

Svengali 1 no es una imposibilidad. Todavía vive y cuenta a las damas y caballeros encantados y crédulos que ha descubierto un método por el cual puede construir una voz en seis semanas, y habla y habla y habla, y las víctimas quedan hechizadas e hipnotizadas. Sí, hubo una vez un tal Svengali en Londres, y creó un gran revuelo. Aseguró a todos los maestros de canto de renombre que él mismo no era un maestro, que nunca lo sería, pero que había descubierto un método tan maravilloso para aumentar el poderío vocal que, si le confiaban a sus alumnos, no sólo los enviaría de vuelta en seis semanas ilesos, sino que triplicarían la cantidad y la calidad de su voz. Como la mayoría de estos maestros buscaban ellos mismos la verdad, y nunca la habían encontrado, cayeron bajo el encanto de este Svengali y pensaron: “Quién sabe, puede que haya encontrado algo de verdad; vamos a intentarlo,” y enviaron a sus alumnos para una cura de seis semanas con este mago. La muy práctica forma que le dio a su trabajo era que daba una, dos e incluso tres lecciones al día a la misma persona –“en casos muy especiales,” como él decía. El nuevo profeta se convirtió en el hombre de moda. Todos los salones resonaban con sus elogios. Las damas hablaban de él con una mirada extática, y pronto se instaló en una casa grande en una calle elegante. Tenía carruajes y caballos; lacayos con medias de seda amarilla abrían la puerta; los almuerzos y las cenas estaban a la orden del día; hasta que un buen día alguien descubrió que todos habían cometido un error. Algunos que habían resultado dañados se enojaron mucho, otros amenazaron con demandar ya que sus hijas habían perdido la voz, otros se olvidaron y acudieron a otros Svengalis, y de pronto las damas, las cenas, las sonrisas, los lacayos, los caballos, todo había desaparecido. Svengali se había marchado. Pero no teman, otro aparecerá y tomará su lugar, y así continuará mientras el mundo gire alrededor del sol.

Los muy ridículos profesores, así llamados, son los que combinan el comercio con el arte. Un amigo mío en París me contó que había un profesor que en la primera lección criticaba duramente la respiración de la recién llegada, atribuyéndola al uso de malos corsés y, tras algunas breves explicaciones, abría la puerta que llevaba a una habitación interior, presentaba a la alumna a su esposa, quien enseguida tomaba medidas —al costo de ochenta francos de antes de la guerra— ¡y el negocio prosperaba! Luego estaba el hombre que vendía agua italiana embotellada porque, según decía, la voz en Italia es buena porque el agua es buena. En consecuencia, si bebes agua italiana tendrás una voz italiana. ¡Coste: cinco chelines la botella! Otro hombre vendía un tubo llamado amoniáfono que, según él, contenía aire italiano comprimido —y es el aire italiano, explicaba, el que da la voz. ¡Coste: cinco chelines!

El método del escupitajo de Leipzig es otra especialidad. El maestro explicaba que el gran secreto consistía en limpiar cada nota antes de atacarla y en consecuencia las alumnas se paraban en el salón sujetando cada una un pequeño cuenco en la mano y antes de atacar una nota, lo que se hacía a la cuenta de tres, todas debían limpiar su garganta, tras lo cual la nota era atacada. Estoy segura de que este hombre debe lamentar mucho que el Creador no haya hecho la laringe removible, para que uno pudiera sacarla, ponerla sobre la mesa, refregarla bien y volverla a poner fresca y brillante.

Otro enseña a los alumnos a cantar sólo con la nariz y a no usar la laringe en absoluto; otro vende píldoras llamadas “productoras de agudos”; otro, para divertirse un poco en la vida, corteja a las chicas, diciéndoles que si quieren convertirse en cantantes operísticas deben enamorarse o nunca llegarán a ser dramáticas. No hace falta decir que él se encuentra preparado para explicarles lo que es el amor. El anillo en el dedo, según dicen, es más bien una mejilla en la carrera, y muchas chicas, desafortunadamente, escuchan este consejo absolutamente inexacto y maquiavélico. Esta vieja idea que ha sido discutida durante tanto tiempo —sí, incluso predicada— de que no se puede poner el sentimiento en la canción si no se ha tenido experiencia en la vida es un invento. Uno de los principales dones del alma de una persona que emocionará al mundo con su arte dramático es la imaginación, y quien no tenga suficiente imaginación para representarse a sí mismo y a los demás toda la felicidad y angustia que la vida trae consigo no es un artista. Sería de verdad triste que uno tuviera que asesinar a su padre para poder representar en una ópera los sentimientos de la heroína que debe representar ese papel. Muchas muchachas, deseando obtener y crear una sensación, han escuchado consejos peligrosos y siguiéndolos han encontrado al final, y tal vez demasiado tarde, que el camino alternativo no siempre conduce al palacio de la fama.


1 Nota del traductor: Svengali es un personaje de la novela de 1895 Trilby, de George du Maurier, que transforma a la joven protagonista en una gran cantante a través de la hipnosis.


Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.