Blanche Marchesi: sobre el estilo IV

Cuarta y última parte del capítulo que Blanche Marchesi dedica a la cuestión del estilo y la tradición en su libro Singer’s pilgrimage. La cantante y maestra cierra sus consideraciones revelando el legado artístico de su familia en relación con la interpretación de la obra de Beethoven.


Podemos estar agradecidos de que Schumann y Schubert vinieran a este mundo para introducir el amor por la literatura, para escoger a hombres como Goethe y Heine y a otros poetas de la misma época, y para elegir las palabras más bellas con las que entrelazar las armonías de sus almas. A partir de ese momento, aunque al público le sigue gustando la acrobacia en las representaciones vocales, el anhelo de un sentido literario en una canción y el amor por un bello libreto se han apoderado permanentemente del corazón del público. Esto explica, en gran parte, el maravilloso renacimiento de la música francesa —hombres como Debussy, Chausson, Fauré, Duparc, Moret, Fevrier, etc., que eligieron las más maravillosas producciones de la literatura moderna para vestirlas con su genio.

Para retornar a mis padres, y hablando de su moderación para adaptar la moda de su tiempo a la música de Mozart, debo mencionar que ellos se encontraron con muchos enfrentamientos, acusados por entonces de abandonar las tradiciones. Mi madre, que tenía un genio especial para el ornamento, siempre le daba el lugar adecuado, nunca permitía que fuera demasiado largo, lo hacía ejecutar con gracia y ritmo y lo llevaba a una feliz culminación, nunca sobrecargándolo ni permitiendo que se volviera tedioso. Tenía una medida correcta para el ornamento. De gran interés es un pequeño cuadernillo que dejó entre sus muchos hermosos e instructivos libros escolares. Se titula Variaciones y Points d’Orgue, y en él reprodujo la mayoría de los ornamentos que enseñó a sus alumnas y compuso para ellas.

En los años de juventud de García, Gluck había sido desterrado por rígido y frío, habiendo tratado de hacer lo que Wagner y Berlioz consiguieron hacer más adelante —arrancar la ópera de la decadencia rococó en una época en la que la música era miniaturista en la concepción y de filigrana en el carácter. La época terminó con Rossini que, aunque ciertamente era un genio, y escribió páginas de primer orden, moldeó su estilo para complacer a aquellas multitudes que en la historia de la música siempre han preferido divertirse sin esforzarse por entender. Verdi comenzó con el mismo espíritu pero superó a todos sus predecesores, en primer lugar por su inmenso genio creador de melodías y en segundo lugar porque fue capaz de elevarse más alto y cambiar sus métodos; presentando de esta manera el espectáculo único de un hombre que escribió en un estilo decadente en su juventud y que se elevó en su vejez a las alturas de una Aida, de un Otello y por ultimo de un Falstaff. Pasó de una moda a otra, creando, inventando, mejorando y elevando su estilo de año en año. Esto fue único, porque incluso la maduración del estilo de Gluck, desde su primera época italiana hasta su segunda y personal época dramática en Francia, no presenta un cambio tan asombroso en su carrera como compositor. No estoy de acuerdo con los que piensan que las obras de arte que alguna vez fueron grandes pasan de moda para siempre. Es cierto que en cuanto se revela una nueva luz, ya sea en la pintura, en la música o en la literatura, los conocedores de la época, que se vuelven con entusiasmo hacia las nuevas obras, rechazan violentamente las anteriores, ridiculizándolas y arrojándolas por la borda. Pero el tiempo lo pone todo en su lugar. Un estilo que se ha vuelto fatigoso y que ha sido sobrepasado por el arte nuevo sufrirá, es cierto, por un momento una caída y será casi olvidado, pero con el paso de los años los conocedores, siempre amando y, buscando la belleza tanto en el pasado como en el presente, descubrirán tesoros de color o de armonía en algún maestro olvidado y con sus repetidas demostraciones y signos de admiración de pronto los devolverán de nuevo a la luz y al éxito. Es cierto que la moda existe en la música, y tal como un hermoso vestido que encantaba a nuestras abuelas nos parece ridículo, una obra de hace treinta años nos hace sonreír. Dejemos, sin embargo, pasar un poco de tiempo y estas cosas hermosas tildadas de anticuadas volverán a ser hermosas una vez más. La distancia ha suavizado todo lo que parecía pasado de moda y deslucido y a nuestro ojo interior se revelarán las verdaderas bellezas que encierran. Ya no se tratará de una moda antigua: la obra de arte se convertirá en algo nuevo y a partir de ese momento se contará entre las posesiones que nunca más se han de olvidar. En consecuencia, en el arte llegará un día en que toda producción de un genio ocupará su justo lugar, y el hombre ecléctico y suficientemente culto encontrará belleza y alegría en todos los jardines. Debo confesar que venero a Haydn, amo el Trovatore, adoro Tristán, y encuentro en todas partes algo hermoso que me da felicidad. No es justo desterrar el Barbiere de Sevilla porque amas Götterdämmerung, o viceversa. Si eres un verdadero amante del arte y crítico disfrutarás de todas las obras de alto nivel escritas por una verdadera mano maestra. El error se comete, como he mencionado antes, al mezclar estilos e introducir en una época alteraciones e interpretaciones pertenecientes a otra, cosa que a ambas falsifica. Hay que luchar contra esto. Hay que detectar y destruir las tradiciones equivocadas y fomentar la tradición correcta original. En este sentido, el gramófono desempeñará un papel muy importante en nuestros días, y es lamentable que no se haya inventado antes.

Sucedió un día, cuando canté el aria de Fidelio, en los Conciertos Hallé en Manchester, bajo la dirección de Richter, que Richter me dijo después del ensayo: “Me sorprende, Madame Marchesi, que usted cante estas appoggiaturas en Fidelio.”

“Bueno,” dije, “mi querido Sr. Richter, todo lo que hago es lo que mi madre me enseñó y como ella lo obtuvo del mismo Beethoven, creo que debe ser correcto. Nunca he escuchado ninguna otra versión, y le satisfará saber cómo mi madre la obtuvo de Beethoven. Cuando ella llegó a Viena de niña, para su formación musical, se alojó en casa de su tía, la baronesa Dorothea von Erdtmann, un genio musical nato, la mejor pianista de su época, en cuya casa Beethoven era una amistad íntima. Ella nunca se perdía ninguna de sus actuaciones o conciertos. Tocaban a menudo juntos, y él le dedicó la Sonata No. 101. Beethoven tenía diariamente un lugar reservado en su mesa en todas las comidas. Viniera o no, se le esperaba, y a menudo olvidaba tomar sus comidas. Siempre tenía que ser llamado a la realidad, y mi tía frecuentemente le obligaba a comer cuando venía a verla, casi desmayándose y, presionado por ella, confesaba que se había olvidado de comer en todo el día. Siempre le confiaba a mi tía sus últimos manuscritos, y eran leídos en su casa. A menudo le permitía llevarlos con ella a Offenbach, un pequeño pueblo frente a Frankfurt am Main, donde vivía la muy musical familia Speyer, que solía tener un cuarteto semanal en su casa. Anunciaba su visita de antemano, llegaba a Offenbach justo en una tarde de cuarteto, encontraba al cuarteto listo y esperándola, y abría ante sus encantados amigos su bolsa de viaje, entregando el más reciente cuarteto manuscrito por el maestro, tras lo cual se leía inmediatamente a primera vista. Cuando mi madre llegó a Viena, Beethoven había muerto recientemente, pero todas sus tradiciones estaban vivas; los cantantes que habían cantado bajo su dirección seguían interpretando sus obras, y mi madre pudo así sacar de los labios de mi tía toda la información y las indicaciones sobre cómo el maestro quería que se interpretara su música, y mi madre, escuchando a Madame Sontag, la soprano favorita de Beethoven, ejecutar su música, pudo oír exactamente cómo se había cantado con la aprobación del maestro. Y es por eso que canto mi aria de Fidelio como lo hago.”

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.