Blanche Marchesi: el canto y los idiomas

En el vigésimo capítulo de su libro Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi comparte sus consideraciones respecto de algunos aspectos de los idiomas en el arte del canto.


Otra dificultad que surge para el cantante, y que el instrumentista no tiene que afrontar, es el idioma. Cuando usted desee cantar obras maestras debe cantarlas en el idioma en el que han sido concebidas y escritas. Las traducciones son traiciones, e incluso cuando son hechas por los traductores más inteligentes son sólo como el reflejo en el espejo de una persona viva. Una obra maestra presentada debe ser cantada en el idioma original, porque un maestro y solamente un maestro podrá entrar en el espíritu y el valor, el ritmo y la sonoridad de las palabras, de tal manera que su música hará que parezca como si ambos hubiesen nacido juntos. Cuanto más avanza el arte de escribir canciones, más se une la palabra con la nota, y una traducción significa un divorcio. En consecuencia, los artistas deben cantar todas las obras maestras en su idioma original, y el público debe tener las traducciones en la mano para poder captar el significado. Sólo en los países en los que se habla la lengua la canción tendrá todo su peso, pero repitiendo canciones a menudo, como se ha hecho con Die beiden Grenadiere de Schumann en todo el mundo, con Der Nussbaum y Der Erlkönig, el público entrará en el espíritu de la música y disfrutará cada vez más de las canciones cantadas en lengua extranjera.

A veces las traducciones son tan absurdas, tan imposibles, que sólo hay dos opciones: hacer una nueva traducción, si la traducción es realmente necesaria, o deshacerse de la canción. Las malas traducciones son culpa de los editores. En nuestros días creo que se toman más trabajo, pero en el pasado le daban la obra a cualquiera que fuera barato y no se preocupaban de si las palabras estaban realmente traducidas o incluso de si tenían sentido. He visto canciones que en la traducción no contenían, verdaderamente, ni una sola palabra del significado original.

En la ópera, las traducciones a veces son musicalmente criminales, porque los traductores, cuando se sienten avergonzados por el ritmo, simplemente alteran las notas, la melodía, lo que sea para facilitar su tarea. En consecuencia, la idea original se estropea. Un artista que no conoce los diferentes idiomas y aprende una ópera sólo en una traducción, con frecuencia no será capaz de encontrar la forma correcta de las frases, y ciertamente es inducido a alterar la palabra que está llamado a representar. Por lo tanto, sólo puedo dar este consejo a los cantantes —siempre debes aprender una ópera en el idioma original antes de aprender la traducción, aunque no conozcas el idioma original, porque te dará la idea correcta de la música en su forma original. Yo siempre me aferro a este principio cuando trabajo en algo nuevo.

Las traducciones para música vocal sólo deberían ser realizadas por personas que sean cantantes y poetas al mismo tiempo; de lo contrario, el resultado de los esfuerzos del traductor suele ser desastroso. Me he enfrentado con tanta frecuencia a malas traducciones que en los primeros días de mi carrera como cantante empecé a hacer mis propias traducciones, y lo he hecho hasta el día de hoy. En todos los casos arreglo y ajusto las palabras primero según el sentido musical y luego según el sentido poético. En 1895, cuando debuté en París, mi madre se opuso a que cantara en alemán y yo cedí. Pero poco después, al regresar de mi debut en Londres, canté todo en alemán y nadie se opuso. Este milagro había sido obra de Bayreuth. La gente del mundo musical comenzó a peregrinar a Bayreuth, y el entusiasmo creado por las actuaciones que se escuchaban en el teatro de Wagner abrió el camino al canto en alemán. Cuando yo empecé, todos los demás cantantes me siguieron, a tal punto que en la sociedad parisina no se consideraba un artista a quien no pudiera cantar en alemán.

Hasta aquí la cuestión de la traducción. Debo hablar ahora de las dificultades que puede esperar un cantante de obras modernas en cuanto a la pronunciación. Los compositores de antaño solían estudiar los deseos y necesidades de los cantantes, y evitaban colocar ciertas vocales en ciertas notas, sabiendo bien que los artistas se negarían a cantar si no se les hubiera consultado sobre la comodidad de la música escrita. Pero a los compositores modernos —empezando con Wagner, peor con Richard Strauss, y aún peor con los últimos compositores, de cuyas obras recibo informes terribles— no les importa lo que exigen ejecutar al instrumento humano, y nunca se preocupan de qué vocal es más fácil o qué vocal es verdaderamente imposible de cantar en ciertas notas.

En nuestros días, quienes cantan para Messieurs les Chefs d’Orchestre et les Compositeurs deben poseer una especie de laringe de látex, que debe ser moldeada o estirada a su antojo. Si el instrumento vocal se hace pedazos bajo tal tratamiento es un mero detalle, porque cuando una voz desaparece siempre hay otra para destrozar. Hay registros en la voz humana, y en esos registros hay vocales que no pueden ser usadas sin causar un daño permanente a la voz. A menos que el compositor estudie esto, el primer cantante ignorante y dócil que encuentre en su camino será su víctima. Lo único que un cantante puede hacer es minimizar el daño haciendo un camuflaje. Estoy a favor del camuflaje. Por ejemplo, cuando canto en la escena final de Götterdämmerung, “Siegfried, Siegfried,” en el La bemol agudo, “sterbend grüsst Dich Dein Weib,” yo canto en su lugar “Sagfrad, Sagfrad.” Nadie nunca lo ha hecho notar. A nadie le importa. Pero mi laringe está a salvo, y si realmente cantara “Siegfried” y forzara una “i” en las notas agudas, pronto me quedaría sin voz. A ninguno de estos caballeros le importaría eso tampoco, ¡pero a mí sí! En la Walküre, siempre que una “u” o una “i” está en una nota aguda a partir de Fa sostenido, los directores y los compositores pueden hacer lo que les plazca; pueden desmayarse o llorar: una mujer no puede y no debe cantar nada más que “a.” Si lo hace, arruina su voz. Ninguno de estos caballeros restaurará las voces rotas y devolverá la fortuna perdida a las víctimas infelices que son demasiado obedientes a estos métodos bárbaros basados en la ignorancia.

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.