Blanche Marchesi: el legado de la práctica

En este pasaje de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi la relación de su tía abuela con Beethoven y cómo el legado artístico de las prácticas interpretativas de su obra llegaron hasta ella.


[…] en el arte llegará un día en que toda producción de un genio ocupará su justo lugar, y el hombre ecléctico y suficientemente culto encontrará belleza y alegría en todos los jardines. Debo confesar que venero a Haydn, amo el Trovatore, adoro Tristán, y encuentro en todas partes algo hermoso que me da felicidad. No es justo desterrar el Barbiere de Sevilla porque amas Götterdämmerung, o viceversa. Si eres un verdadero amante del arte y crítico disfrutarás de todas las obras de alto nivel escritas por una verdadera mano maestra. El error se comete, como he mencionado antes, al mezclar estilos e introducir en una época alteraciones e interpretaciones pertenecientes a otra, cosa que a ambas falsifica. Hay que luchar contra esto. Hay que detectar y destruir las tradiciones equivocadas y fomentar la tradición correcta original. En este sentido, el gramófono desempeñará un papel muy importante en nuestros días, y es lamentable que no se haya inventado antes.

Sucedió un día, cuando canté el aria de Fidelio, en los Conciertos Hallé en Manchester, bajo la dirección de Richter, que Richter me dijo después del ensayo: “Me sorprende, Madame Marchesi, que usted cante estas appoggiaturas en Fidelio.”

“Bueno,” dije, “mi querido Sr. Richter, todo lo que hago es lo que mi madre me enseñó y como ella lo obtuvo del mismo Beethoven, creo que debe ser correcto. Nunca he escuchado ninguna otra versión, y le satisfará saber cómo mi madre la obtuvo de Beethoven. Cuando ella llegó a Viena de niña, para su formación musical, se alojó en casa de su tía, la baronesa Dorothea von Erdtmann, un genio musical nato, la mejor pianista de su época, en cuya casa Beethoven era una amistad íntima. Ella nunca se perdía ninguna de sus actuaciones o conciertos. Tocaban a menudo juntos, y él le dedicó la Sonata No. 101. Beethoven tenía diariamente un lugar reservado en su mesa en todas las comidas. Ya sea que viniera o no, se le esperaba, y a menudo olvidaba tomar sus comidas. Siempre tenía que ser llamado a la realidad, y mi tía le obligaba a menudo a comer cuando venía a verla, casi desmayándose y, presionado por ella, confesaba que se había olvidado de comer en todo el día. Siempre le confiaba a mi tía sus últimos manuscritos, y eran leídos en su casa. A menudo le permitía llevarlos con ella a Offenbach, un pequeño pueblo frente a Frankfurt am Main, donde vivía la muy musical familia Speyer, que solía tener un cuarteto semanal en su casa. Anunciaba su visita de antemano, llegaba a Offenbach justo en una tarde de cuarteto, encontraba al cuarteto listo y esperándola, y abría ante sus encantados amigos su bolsa de viaje, entregando el más reciente cuarteto manuscrito por el maestro, tras lo cual se leía inmediatamente a primera vista. Cuando mi madre llegó a Viena, Beethoven había muerto recientemente, pero todas sus tradiciones estaban vivas; los cantantes que habían cantado bajo su dirección seguían interpretando sus obras, y mi madre pudo así sacar de los labios de mi tía toda la información y las indicaciones sobre cómo el maestro quería que se interpretara su música, y mi madre, escuchando a Madame Sontag, la soprano favorita de Beethoven, ejecutar su música, pudo oír exactamente cómo se había cantado con la aprobación del maestro. Y es por eso que canto mi aria de Fidelio como lo hago.”

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.