Blanche Marchesi: el trabajo del maestro

“¡Estudia donde están los grandes maestros!”
debería ser el lema de los estudiantes. […]
Ve a donde están los maestros. Esa es la verdad.

En su libro de 1923, la célebre Blanche Marchesi aborda la extremadamente compleja y desafiante tarea del maestro de canto en dos apartados del penúltimo capítulo: Enseñando a los maestros y Las penurias de los maestros. A este respecto es extremadamente significativa la presentación que hace de su madre, la eminente maestra Mathilde Marchesi, en el tercer capítulo, describiendo su labor como parte de una muy fructífera línea de maestros de canto.

“Para mi madre nada importaba sino el amor a su Arte. Por mucho que amara a su esposo e hijos, toda su vida estuvo centrada en su trabajo. Sus alumnas eran todo para ella. Cuántas veces oí caer de sus labios estas palabras: “Primero mis alumnas —después todo lo demás”. Ella velaba por ellas, su salud, su futuro, todo lo que les concernía era su constante preocupación. Nunca comprenderán cuánta energía y amor recibieron. Muchos no vieron ni entendieron, y la fuerza nerviosa y el poder mental de mi madre no se mantuvieron a la par de sus energías, y fracasaron al final. Vivió hasta los noventa y tres años y enseñó hasta los noventa. Esto ciertamente fue un gran error, ya que ella había trabajado el doble de duro que García, quien tomaba las cosas con suavidad y tranquilidad, sin sobrepasar sus fuerzas jamás. En toda carrera llega un día en que el declive de las capacidades humanas comienza a mostrar su rostro trágico. Ese día el hombre debe ser capaz de deponer incluso una corona. La satisfacción de un oficio largamente atesorado no compensa la dignidad perdida, y el final de una vida o de una carrera debe cerrarse bellamente.

La alegría de mi madre cuando sus alumnas tuvieron éxito en sus carreras, y especialmente cuando se mantuvieron cariñosas y agradecidas, la compensó por sus arduos esfuerzos. Solía decir: “Ni todo el oro del mundo puede pagar a un maestro —la única recompensa es el éxito del alumno”; y cuando el alumno en el que el maestro ha puesto lo mejor de su trabajo y sus esperanzas se retira enojado, o se vuelve ingrato y recurre a otros métodos y arruina todo tu trabajo anterior, ese alumno te arrebata tu recompensa real, que es su propio éxito. El gasto de una alumna por su educación es tan insignificante cuando uno piensa en las fortunas, pequeñas y grandes, que se hacen en una carrera de toda la vida, que la verdadera compensación por la dura vida de un maestro sólo puede ser amor, gratitud y éxito.”

Dedico especialmente este texto a mi maestro, Luca D’Annunzio, quien podrá a través de él, como nadie en el mundo, comunicar sus esfuerzos y su gloria con quienes lo antecedieron y lo impulsan en su camino.

Belén Baptista


Enseñando a los maestros

Es el principio lo que cuenta. Es la primera piedra la que sostiene al edificio. Los padres a menudo gastan pequeñas sumas en la educación musical de sus hijos durante muchos años, con resultados deplorables. Al final, si el objetivo es realmente una profesión, hay que acercarse al gran maestro y desperdiciar tiempo y dinero en deshacer lo que se ha hecho y en poner los nuevos cimientos para la reconstrucción. El maestro de enseñanza elemental, sin saber prácticamente nada, y sin tener experiencia más allá del conocimiento ordinario de su propio caso, suponiendo que alguna vez fue cantante, acepta a los alumnos para ganarse el pan de cada día. ¿Cómo puede impartir lo que no sabe? Aunque se haya entrenado con un maestro de primera clase, no podrá recordar sus propias lecciones tomadas hace muchos años, que recibió solamente para hacerle cantar, no para enseñar a cantar a cientos de casos diferentes. Supongamos, por otro lado, que él mismo hubiera escogido a un maestro incorrecto y hubiera empezado todo de manera equivocada, ¡quizás esa fue la razón por la que su propia carrera fue interrumpida! Él mismo desconoce por qué su voz lo ha abandonado, pero allí va y enseña. Comienza, sin pensar en nada —comienza y continúa, sin intentar hacer estudios especiales o prepararse para esta nueva carrera tan seria. Aunque sólo sea para revivir viejos recuerdos e impregnarse de conocimientos frescos, debería, antes de enseñar, empezar a aprender de nuevo, porque cuando el maestro se enfrente a su alumno se encontrará con un caso completamente nuevo y extraño, y él deberá encontrar los medios y maneras de hacer esta voz o de salvarla. Miles de pequeñas variaciones se presentan en diferentes casos, que exigen una larga experiencia para ser guiados, casos que incluso exigen un profundo conocimiento de fenómenos fisiológicos, psicológicos y patológicos. Hay casos muy graves; deben ser tratados de manera especial. Si usted toma un salón lleno de, digamos, doce alumnos, verá inmediatamente que entre los doce habrá once, tal vez, que simplemente serán receptáculos para el conocimiento y el método que usted sistemática y pacientemente les inculcará hasta que se convierta en una segunda naturaleza. Pero usted también verá que, aunque por vuestra energía han sido forzados a ir por el camino correcto, no han absorbido nada. Aunque la laringe responderá mecánicamente al entrenamiento, no tienen idea de cómo se ha hecho, ya que no recuerdan ni una sola palabra de todas las explicaciones científicas que se les han dado, y todas las molestias que usted se ha tomado para introducirlas en su intelecto han sido en vano. La duodécima alumna, sin embargo, ha asimilado todo lo que usted ha dicho; le ha observado de cerca; quizás, como usted les pide a todos que hagan, ha tomado notas breves en las lecciones y las ha trabajado en casa. Vuestros ojos descansan en esta alumna con amor y esperanza. ¡Cielos! ¿Es posible! Ella piensa, ella se da cuenta, ella trabaja, ella razona, ella me pregunta! Gracias, hay uno que entiende. Pero, ¿realmente lo ha entendido? ¿Lo ha asimilado todo? Un buen día empiezas a interrogar a la clase de repente sobre todo lo que han aprendido —sobre su laringe, sus funciones— y ¡he aquí! Sucede, no una vez, sino, ¡ay! casi siempre, que no saben una sola palabra acerca de ello. La duodécima alumna es la única que puede responder a vuestras preguntas, y aun así, a menudo, grandes tinieblas reinan sobre las aguas; pero donde hay voluntad, hay un camino, y ella lo sabrá.

Nadie puede enseñar con éxito si no posee las cualidades especiales que hacen a un maestro. Él debe hacer un estudio especial de la voz; debe estudiar la música de todas las épocas, de todos los países, en sus idiomas originales si es posible, al menos los cuatro dominantes. Debe hacer un estudio especial de estilo, y mantenerse en contacto con la música moderna. Debe, en una palabra, ser capaz de entender y de impartir la totalidad de la literatura de música vocal. No digo que uno no pueda en absoluto entrenar una voz sin el conocimiento de toda la música de todo el mundo. Puede haber personas dotadas de dones especiales, que hayan aprendido el entrenamiento de la voz en la fuente correcta, y que, aunque no sean muy grandes músicos, o que no tengan una educación musical completa, entiendan cómo colocar una voz y desarrollarla. Pero tal maestro nunca podría guiar la educación de un artista de primer orden de principio a fin. Tendría que dejar que el alumno se escurriera a otras manos, en el momento en que se imparte el gran repertorio, y aquí surgiría el peligro de que el segundo maestro destruyera el entrenamiento vocal del primero. Si el alumno ha comprendido realmente el serio entrenamiento vocal recibido del primer maestro, no dejará que el segundo interfiera con la parte vocal de su educación, sino que sólo aceptará los consejos relativos al estilo, pronunciación, declamación e interpretación de los personajes escénicos. He encontrado en mis treinta años de enseñanza (porque enseñé antes de cantar en público, invirtiendo el orden usual de la carrera) que realmente no hay muchas personas nacidas con una verdadera capacidad para enseñar. García enseñó setenta años, mi madre enseñó sesenta años, yo he enseñado treinta años. ¿Cuántos alumnos encontramos que tuvieran amor y disposición para enseñar? García encontró a mi madre y a algunas otras, y mi madre en su larga carrera apenas encontró a alguien que quisiera enseñar. Es un hecho curioso que realmente nadie se presenta nunca para aprender a ser maestro. Etelka Gerster, la gran cantante, después de retirarse a causa de una grave crisis nerviosa, se entregó por completo a la enseñanza. Tuvo varios resultados muy interesantes, entre otros Julia Culp, Lula Mincz Meiner, etc., y fue tan seria con su nueva carrera que cuando decidió enseñar volvió a mi madre para refrescar viejos recuerdos antes de establecerse en Berlín. Antonietta Fricci, una de las mejores alumnas de mi madre, vino a París cuando, tras haber concluido su brillante carrera como cantante, decidió enseñar, y allí comenzó de cero como una joven estudiante antes de abrir una escuela en Italia. He cantado y enseñado desde que tengo memoria y nunca he cantado en una ciudad, en una ópera o en un concierto, sin que al día siguiente mi salón se viera asediado por gente que quería que les enseñara. He llevado a cabo la doble tarea a lo largo de mi vida —una tarea dura y difícil, de hecho, hacer frente a dos carreras, siendo ambas agotadoras y angustiosas en el más alto grado. García tuvo esto en común con mi madre, que ambos dejaron la carrera operística, prefiriendo la enseñanza al canto público en plena posesión de sus capacidades vocales, y que ambos dieron toda su vida por su arte. La diferencia entre ellos radica en el hecho de que los honores se deben a García II, porque fue el primer hombre en descubrir las leyes por las cuales la voz humana podía ser entrenada a la perfección, conservándola hasta la mayor edad, y a la incansable investigación de mi madre se debe la realización del método iniciado por su maestro.

Las penurias de los maestros

No hay profesión más exasperante y que altere más los nervios que la de enseñar música. Escuchar cantar afecta especialmente a los nervios del cerebro, ya que el sonido continuo, trabajando directamente sobre los nervios más refinados, horas seguidas, durante días, semanas, meses y años, unido a la constante y dolorosa atención a las innumerables cosas que hay que entrenar al mismo tiempo, finalmente afecta a la memoria. Sé que García sintió estos sufrimientos menos agudamente que mi madre o yo, pero él nunca enseñó en exceso, nunca a tan gran escala; vivió completamente retirado del mundo exterior, y del todo fue un superhombre. Sentarse días enteros, con sólo unos minutos de intervalo para las comidas, en el mismo lugar, tener que aconsejar cada caso especial, escuchar voces rotas, trabajar pacientemente en su rescate durante largos y dolorosos meses, tener que estudiar las personalidades; animar, escuchar innumerables detalles domésticos, tratar de explicar a padres, madres y tías cosas que no pueden entender; ver el sol sólo a través de la ventana; saber que es primavera y no poder ir a saludarlo —todo esto exige energía, fortaleza, fuerza de voluntad y, sobre todo, amor.

Si no amas tu trabajo y a tus alumnos no puedes lograr mucho. Un alumno que no cree en ti nunca aprenderá nada de ti. Si no posees la fe completa de un alumno, todo tu trabajo no servirá de nada y tus palabras desaparecerán de su memoria en el momento en que salga de tu aula. Algunos son demasiado ambiciosos y lo estropearían todo por exceso de trabajo y apresuramiento. Algunos son perezosos, y prefieren aprender la misma lección una y otra vez en vez de aprender algo nuevo. Algunos se ofenden fácilmente. Algunos son demasiado modestos y deben ser alentados. Muchos son admiradores de sí mismos, y el caudal de su ambición debe ser controlado. Es preciso abrir los horizontes a los que no ven más allá de la casa de enfrente; y los que sueñan con conquistar el Polo Norte, cuando su talento sólo se extiende a un pequeño círculo, deben ser dirigidos con mano firme al lugar prescrito por las limitaciones de sus dones. No sólo hay que enseñar al alumno a cantar; hay que enseñarle a vivir, a enfrentarse al mundo y a una carrera, a ganarse la confianza del público, a conducirse ileso a través de agentes, directores, directores de orquesta, acompañantes y compañeros artistas; a comportarse en sociedad; a recibir duras críticas con filosofía, y a mantenerse sereno cuando brilla el sol de gloria: todas estas cosas hay que enseñarlas y aprenderlas. Pero en una escuela el maestro a veces encuentra un alma enemiga, cuyo espíritu no puede ser ganado ni doblegado, que es un incrédulo para empezar, se rebela contra toda regla, es desobediente desde su nacimiento, y es insolente aún cuando está en silencio. Ese alumno debe ser expulsado de inmediato o de lo contrario, como una enfermedad contagiosa, un mal espíritu se extenderá entre los compañeros y al final estropeará y arruinará el futuro de muchos estudiantes, que, quizás de bastante buen carácter y obedientes al maestro, se inclinan a escuchar las malas voces y, faltos de fuerzas para luchar contra las malas influencias, se someten como un rebaño de corderos a un lobo vestido con piel de oveja. Tales personajes, dominantes pero generalmente menos talentosos que sus compañeros, han sido en ocasiones decisivos en la génesis de auténticas huelgas en las escuelas, que, naturalmente, siempre terminan en detrimento de los débiles, que han sido desviados por la mente más fuerte.

Las dificultades que presenta la enseñanza son múltiples. La voz, en primer lugar, ocupa toda la atención: una maquinita maravillosamente complicada colocada en nuestras gargantas, diminuta en sus detalles, grande en sus efectos, y la enseñanza del estilo, el sentimiento y la pronunciación, la enseñanza de la percepción dramática, perseguida durante años implacablemente, con excepción de unos pocos días de libertad, presenta para el maestro una vida de sacrificio completo. A esto se añade, como ya he dicho, que si quiere ser uno de los primeros maestros de su generación, debe conocer toda la literatura cantada del mundo entero y mantenerse en contacto no sólo con la música olvidada, sino con la moderna; debe, si quiere ser útil a sus alumnos, permanecer en contacto con el mundo y la sociedad, y también con los hombres de negocios que se ocupan del trabajo público del artista, y no sólo debe estar satisfecho cuando un alumno es amable, y tal vez incluso agradecido, sino que debe inclinar silenciosamente su cabeza en resignación cuando los alumnos, coronados finalmente con el éxito, olvidan con qué dolores se ha hecho ese talento y piensan que el triunfo se debe enteramente a ellos mismos.

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.