Blanche Marchesi: la prueba de la voz I

En el capítulo vigésimo tercero de su libro Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi nos introduce en la muy reveladora instancia de la prueba de la voz y comparte valiosas reflexiones que podemos aplicar muy fácilmente al estado actual del mundo del canto.


LA PRUEBA DE LA VOZ

La prueba de la voz me parece de alguna manera la parte más exigente de los deberes de un profesor. Enfrentarse repentinamente a un individuo que representa un instrumento, decidir en aproximadamente media hora todo el futuro de esa persona, explicar asuntos complicados a personas que no entienden absolutamente nada del tema, penetrar en las capacidades de otras personas, colocarse, durante ese tiempo, totalmente en su lugar, sopesar concienzudamente cuál es el mejor y más sabio curso a tomar —todo esto supone una entrega sincera y gran energía. Hay casos en los que hay que organizar más reuniones, ya que a veces es imposible decidir una cuestión tan importante como todo un futuro en una sola audiencia. Un resfriado, una descomposición momentánea u otras razones pueden dar una apariencia especialmente mala al instrumento vocal el mismo día en que su dueño viene a buscar consejo.

A veces uno tiene la agradable experiencia de escuchar una voz que nunca ha sido tocada, que un padre le trae como una planta preciosa a la que no se le ha permitido salir del invernadero antes de traerla a vuestro jardín.

“Cuando la oí cantar, señora, años atrás,” dirán: “mi hija estaba en la cuna, y juré que cuando creciera no le enseñaría nadie más que usted. Aquí está. Es vuestra.” Son casos encantadores pero excepcionales porque generalmente las personas que tienen voz, y a menudo las más notables, toman muy a la ligera la elección del maestro, convencidas en su ignorancia de que tener una voz bella lo significa todo, que todas las cosas irán bien, que aprender en cualquier parte servirá, y que en pocos años una aparición pública exitosa será un desenlace obvio.

¡Ay! También hay legiones que piensan que “alcanza con unas pocas lecciones.” Los padres especialmente, que son los responsables de la parte económica, consideran que todos los estudios de las hijas son demasiado caros y demasiado largos, ya que deben ocuparse de la educación completa de los hijos varones. Un poco de sacrificio por parte de los padres ha salvado a muchas hijas en momentos de necesidad, ya que la voz muestra un retorno financiero más rápido que cualquier otro instrumento. Se precisan siete años de rasgado y arqueado antes de que un violinista pueda tocar perfectamente incluso la pieza más pequeña ante el público. El cantante es capaz, en muchos casos, cuando la voz está bien entrenada y no tiene ningún defecto especial, de dar placer con una canción en un tiempo bastante razonable, y sucede a diario que se le permite a los alumnos, durante el transcurso de su educación, incluso aceptar pequeños compromisos —lo que les permite ganar algo de dinero antes de terminar la escuela de canto. Ciertamente hay muchos que aprovechan la oportunidad de complacer al público en una fase temprana de su formación y abandonan los estudios. O les falta ambición para alcanzar altos ideales o son demasiado perezosos para aprender música difícil o les crece la cabeza y se sienten capaces de alzarse sobre sus propios pies. En muchos de estos casos, estas plantas jóvenes y desarraigadas se dejan llevar por la corriente y nunca se convierten en árboles.

Habiendo enseñado durante veintitrés años en este país, a menudo he sufrido la falta de seriedad en los estudiantes. Cuando descubro que algunos de ellos poseen las capacidades y las posibilidades para convertirse en estrellas, me rompe el corazón descubrir a la vez que nada los conmueve, ni siquiera el deseo de hacerse famosos o ricos.

No así la joven Americana. A ella ciertamente no le falta ambición —si acaso tiene demasiada. Cualquiera sean las cualidades que posea o que le falten, desea llegar a la cima del árbol y se dispone a hacerlo desde el comienzo. Sus métodos para lograr su objetivo no siempre son los correctos, pero, por cierto, prefiero los que son demasiado ambiciosos al alumno indiferente. La humanidad es interesante de observar. Los espectáculos de cine más fascinantes son menos divertidos y emocionantes que la Comedia de la vida.

A menudo, cuando las pruebas de voz se llevan a cabo en mi aula, desearía que hubiese un fotógrafo en el rincón, así como un gramófono y un taquígrafo tomando notas.

Un día una señora concertará una cita. Cuando ella entre en la habitación, por su manera de saludarme, ya reconoceré a un tipo determinado, que, aunque viene a pedir consejo, está convencida de poder aconsejarse a sí misma, está dispuesta a luchar y a contradecir cada palabra que diga, y que sólo cederá y se volverá dócil ante las más viles adulaciones. Ella entra con la cabeza erguida, generalmente vestida con ropas costosas, porque viene de regiones mundanas, e inmediatamente trata de abrumarte con su superioridad. Te hace sentir y te hace entender que lo sabe todo sobre el canto, que este arte ya no tiene secretos para ella, que ya se ha formado con los maestros más famosos del mundo. Ella realmente no quiere las así llamadas lecciones; oh, no, ella está convencida de que no se le puede enseñar nada nuevo, pero de todos modos, como ella probablemente siente en los recovecos secretos de su ser que su voz está en declive, viene a consultar a una autoridad, pero no desea que esta autoridad piense ni por un minuto que ella la considera como tal. Al entrar en la habitación del especialista vocal se yerguen toda su vanidad y engreimiento. Su orgullo despliega su cola de pavo real para asombrar al espectador. Comparte con muchas mujeres el deseo secreto, nunca declarado, de que su voz se encuentre en perfectas condiciones, si bien siente que está en declive.

Cuando llega el momento de probar la voz, la primera nota confirma todas tus sospechas. La voz está absolutamente arruinada, lista para desaparecer para siempre y frecuentemente ni siquiera tiene la calidad suficiente como para ser salvada. Han pedido tu opinión —tú la das. Recibes una sonrisa fría, un encogimiento de hombros arrogante, un ceño fruncido de superioridad, la persona cambia la conversación, no insiste y, tras unas pocas palabras diciendo que ella, después de todo, no está interesada en absoluto en el asunto, saluda fríamente y te deja profundamente disgustada. Sabes que perseverará en su deseo de cantar Carmen, contra su propia convicción interna, y que pronto encontrará a alguien que la arrastrará por un tiempo hasta encontrar otro deporte o diversión que reemplace al que la ha abandonado.

Otros vienen y te dicen que quieren “una pequeña terminación”, “un pequeño retoque”. Te miran a medias entre la insolencia y la expectación, pero en el fondo de sus ojos hay un cierto miedo que el comportamiento más arrogante no es capaz de ocultar. Toda su historia se despliega automáticamente.

Tomemos como ejemplo el caso en el que ya he detectado en las primeras palabras que incluso la voz hablada está afectada. Miro directamente a la cara de la persona y le digo, sin preliminares: “¿Está usted siempre ronco, o tiene un resfriado?” A esto le sigue una mirada avergonzada. “Oh, no, esta es mi voz hablada natural.” Entonces yo digo: “Bueno, no puedo creerlo. Si siempre habla así, debe de pasarle algo en la garganta. ¿Ha ido a un especialista?” A continuación, un gran rubor. “Bueno, a decir verdad, lo he hecho. Pero dice que ahora todo está bien.”

Algunos dicen: “Oh, no iría a un especialista. Estoy asustado.” Entonces empiezo a evaluar sus respuestas, inútilmente, porque ya lo sé todo sobre este caso. Es la vieja, vieja historia del avestruz: la estupidez, la vanidad, la ignorancia están en el fondo de todo. En este caso el avestruz piensa en esconder su laringe.

Una elegante mujer de sociedad americana me pidió una consulta un día, y al entrar en mi habitación me abrumó con comentarios halagadores, explicando que no había venido para probar su voz, ya que su entrenamiento estaba completo, sólo quería algunas sugerencias sobre interpretación, ya que había leído en tantos periódicos americanos que yo era la mejor de todas, etc., etc. Los adjetivos halagadores continuaron en forma de avalancha, dejándome perfectamente fría y serena.

“Debo insistir en probar su voz. Para mí esto es lo principal. Si veo que su voz se encuentra en tal orden que no pondrá impedimento a una interpretación interesante o difícil de las obras de arte, procederemos.” Ella se levantó. Su expresión cambió. “Le dije que no deseo probar mi voz. Además, hoy estoy un poco resfriada y no podría usted juzgar mi voz en absoluto.” Abrí el piano con calma y toqué una nota. “Señora, ¿me cantaría esta nota?” Tras una breve vacilación, la cantó. Un sonido velado, trémulo y enfermizo resonó por la habitación. Era lo que yo pensaba.

“Cánteme otro sonido, por favor.” Ella lo hizo y, obligada por mi fuerza de voluntad, me dejó escuchar toda la escala de la miseria. No había una sola nota saludable en toda su voz. Ni siquiera podía alcanzar el Mi bemol central. “Y con esta voz enferma, madame, usted desea cantar música difícil y usted piensa que yo podré enseñarle a interpretar cuando su instrumento está totalmente fuera de su control? Iré mucho más lejos. El caso es tan malo que me negaría a curarlo. Le queda una sola esperanza —ir inmediatamente a un excelente especialista en garganta y seguir todas sus instrucciones, volver a mí en seis meses y dejarme ver si se puede albergar alguna esperanza de salvar lo que usted ha perdido. La prueba puede ser larga, y puede que tenga que enviarla de vuelta varias veces. Pero si va usted en serio, puede que salve su voz.”

La dama se envolvió en sus pieles y contestó en un tono desagradable: “Lo pensaré.” Le respondí en tono profético: “Señora, no olvide mis palabras; anótelas en un diario. Si no sigue mis consejos de hoy, no volverá a cantar en su vida”. Con esto se fue, y estoy convencida de que esta señora nunca ha vuelto a cantar.

Una interesante prueba vocal improvisada fue la de Miss Ruth Vincent, que vino un día a mí en la cima de su éxito, cantando con Beecham en el Teatro de Su Majestad, cuando la English Opera todavía buscaba un sitio permanente. Ella me llamó, deseando encontrarse conmigo para pedirme consejo, y como era una colega no entré en detalles, deseando ser amable con ella, y le di una cita. Me dijo que le habían pedido repentinamente que cantara Leonora en Trovatore, y que, al no haber cantado nunca esta ópera, no sabía nada de ella, y le gustaría aprenderla conmigo. Le expliqué que casi nunca aceptaba una tarea como ésta, ya que sólo me interesaban las educaciones completas, pero como compañera estaría encantada de ayudarla de alguna manera. Pero antes de sentarme al piano a mirar la partitura, le dije:

“Miss Vincent, ¿me permite probar algunas notas antes de empezar, ya que nunca la he escuchado, y al menos debo conocer la calidad de vuestra voz?”
“¿Por qué quiere probar mi voz?”, me preguntó.
“Simplemente,” le contesté, “porque ni siquiera sé si Leonora le queda bien.”
“¡Qué curioso!”, contestó ella.

Permanecí en silencio pero me mantuve firme ya que no podría haber empezado a mostrarle el rol sin saber en qué condiciones se encontraba su voz. A regañadientes me cantó tres notas, y descubrí, para mi mayor consternación, que no podía enseñarle Leonora, ni ninguna otra cosa, porque su voz requería, por el momento, un descanso absoluto. No podía, sin interrogarla, afirmar si la condición que detectaba era consecuencia de una fatiga excesiva o de cantar con un resfriado, pero estaba convencida de que si cantaba siquiera una noche más en la ópera sufriría un grave accidente vocal que frenaría su carrera durante algún tiempo. Supe que no me creía. Temía que me considerase poco amable, pero estaba convencida de que en pocos días mis palabras se harían realidad y que entonces probablemente reconocería el valor de mi juicio. Me abandonó de forma bastante abrupta, insistiendo en cantar la noche siguiente, que yo recuerde, en Nozze di Figaro, y descubrí que pocos días después de haber dado mi veredicto se retiró a descansar durante un tiempo considerable, recuperándose después de su esfuerzo. No siempre es una tarea agradecida la de dar malas noticias, pero en este caso, como en otros muchos, significó salvar una voz y una carrera y tuve que cumplir con mi deber.

Otra prueba de voz fue la de una joven niña judía. Llegó con un anciano amigo admirador que parecía tener el mayor interés en su bienestar. La niña era muy joven y usaba faldas cortas —en ese entonces sólo las llevaban las niñas de verdad. Tenía modales muy decididos y ya mostraba algo de las maneras de los artistas caprichosos.

“¿Cuántos años tienes?” Le pregunté.
“Catorce y medio.”
“Dios mío, ¿y qué has hecho hasta ahora? Espero que nunca hayas cantado.”
Ella se rió. “He estado casi dos años en tal institución y he cantado Aida y Fidelio.”

Estoy segura de haber palidecido, y exclamé:

“Di que no es verdad; no podrías haber sido aceptada a los trece.”
“Sí,” contestó rápidamente, “esa es la edad a la que fui aceptada.”
El anciano amigo comentó tímidamente: “Ella es muy excepcional, sabe.”
“¿Y dices que has cantado Aida? ¿Te dijeron que eras una soprano dramática?”
“Sí, lo hicieron.”
“¡Cielos! La voz más rara bajo el sol, al menos en las Islas Británicas, y comenzó tan joven. Espero que no hayas sufrido un desastre. Pero ven y canta.”

Probé la voz, y mi corazón estuvo a punto de romperse. Era, o había sido, una maravillosa, real soprano dramática –la voz que siempre había soñado, en vano, con encontrar. Allí estaba ante mí, totalmente arruinada a la edad de catorce años y medio, y mucho más difícil, en consecuencia, de ser salvada de lo que hubiera sido años después. Pero quería escuchar a la niña y, casi sin voz, le pedí: “Cántame una canción.”

Comenzó Ritorna Vincitor. Era maravilloso —su fuego, su inspiración, su sentimiento— era el de una vieja artista. No podía dejarla proceder; cada nota quemaba mi conciencia y aumentaba mi sufrimiento. “Perdida, está perdida,” estas palabras resonaban en mi cerebro. La chica era un genio, no había duda. Tenía el material de una gran soprano dramática. Todo estaba acabado y sin esperanza. No sabía cómo hablar. Ella me miró, y también su amigo. No podía encontrar las palabras. Respiré hondo y empecé lentamente.

“Ciertamente estás dotada en todos los sentidos pero, mi pobre niña, tu voz está arruinada. No creo que cantes nunca, pero no puedo creer que se haya perdido el último rayo de esperanza. Si realmente deseas cantar, si realmente deseas salvar tu voz, si eres totalmente sincera y sigues mis palabras, debes comenzar a obedecerlas en el siguiente cuarto de hora sin recaer ni olvidarte jamás. Te aconsejo que descanses completamente, absolutamente, que nunca siquiera tararees, que hables lo menos posible y con la menor voz posible, y esto durante dos años enteros. Entonces vendrás de nuevo y lo intentaré. Sé que quizás te pediré dos años más después de eso. Si para entonces has tenido la fuerza de ejecutar minuciosamente mi consejo, puede ser que haya una esperanza de que en cuatro años puedas volver a encontrar esta voz.”

Me miró, divertida y conmocionada al mismo tiempo, con una estúpida vanidad saliendo de sus ojos irreflexivos.

“Oh, siempre he tenido mucho éxito. Estoy segura de que todo saldrá bien.”

“¿Estás tan segura, mi pobre niña? Bueno, desafortunadamente, yo estoy muy segura de que todo saldrá mal y pensarás en mis palabras; pero, recuerda, si no prometes hacer lo que te aconsejo hoy, y si no sigues este consejo a partir de hoy mismo, nunca volverás a cantar”.

“¿De verdad lo cree?,” respondió irónicamente.

Me levanté y le dije: “Adiós, pobrecita,” y ella se marchó, seguida de su amigo, muy angustiado pero impotente. Su estúpida insolencia no me dolió tanto como el pensar que un gran genio se había perdido y que una voz muy excepcional se había quedado muda para siempre.

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.