Blanche Marchesi: la prueba de la voz II

Al final del capítulo veintitrés de su libro Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi nos presenta otros ejemplos muy reveladores de la prueba de la voz y nos transmite valiosas reflexiones que podemos aplicar fácilmente al estado actual del arte del canto.


Algunas pruebas vocales son un completo fracaso porque las personas se ponen en la peor condición física antes de presentarse a la evaluación. Un día un caballero entró en la habitación para asistir a la cita y no podía hablar en voz alta. Se disculpó por interrumpir mi precioso tiempo porque no sería capaz de cantar ni una sola nota, y simplemente venía a disculparse por no poder llevar a cabo la evaluación. Tras preguntarle un poco sobre esta ronquera, me enteré de que no tenía ningún resfriado, sino que había estado “preparándose” para cantar ante mí durante toda la última quincena, cantando todo lo que tenía a su alcance. Le expliqué la insensatez de tal procedimiento, y sólo pude aconsejarle reposo, expresando la esperanza de que el daño no fuera duradero, y como nunca más volví a oír hablar de él, supongo que el buen hombre nunca encontró su voz.

La gente parece asombrarse de que la voz forme parte del cuerpo, de que su verdadero mecanismo interno esté hecho del mismo tejido que los otros órganos. Si forzáramos nuestra vista a mirar a través de las gafas equivocadas durante meses o años, el dolor y la tensión serían insoportables. De la misma manera tendríamos que sentir dolor cada vez que producimos mal la voz. Es cierto que muchos alumnos que cantan con una incorrecta producción vocal sufren realmente dolor físico, pero estos son casos más especiales. Por lo general, los cantantes cantan durante años, perdiendo cada día un poco de extensión o de belleza, pero sólo sufren un dolor físico real tras un largo período de mala práctica.

Una prueba vocal muy triste fue la de la esposa de un oficinista, quien dijo que recientemente un amigo había descubierto que poseía una voz fenomenal. El día que se presentó, con un rollo de música en la mano, comencé a interrogarla.

“¿Ha cantado alguna vez?”

“Nunca aprendí, pero cojo fácilmente las melodías, y fue cantando una de ellas que me escuchó un caballero amigo que vino a vernos.”

Mientras me hablaba, su voz ya sonaba muy sospechosa. Estaba bastante ronca, y cuando le pregunté si estaba resfriada me dijo que no. Probé unas pocas notas. Escuché los restos de lo que había sido una bella soprano dramática grande, pero estaba ya totalmente arruinada, y seguramente había nódulos en las cuerdas vocales. Me asusté. La mujer dijo que nunca había cantado, nunca había estudiado, así que le pregunté qué había hecho para estar en esta condición. “Bueno,” dijo ella, “mi voz era muy hermosa hace quince días, espléndida, en verdad, y no estaba ronca en absoluto, y realmente no sé por qué estoy ronca ahora. Verá, pensé que debía practicar un poco antes de presentarme ante un artista tan grande como usted, y como no quería cantar una balada ordinaria, que quizás no le hubiera gustado, entré en una tienda de música y le pedí a un hombre que me diera un aria difícil que hubiese cantado alguna soprano célebre. Me dio una pieza que yo no conocía en absoluto —nunca había oído hablar de ella, en verdad— y le aseguro, señora, que trabajé duro, horas y horas al día. Había pasajes tan difíciles que llegué a pensar que nunca podría hacerlos.”

“¿Cuál era el aria?” Ella desenrolló la música, ¡y qué percibieron mis ojos! —La Valse de Beriot, cantada por Madame Malibrán! Y eso era lo que había estado trabajando antes de haber tomado una sola lección en su vida, tratando de dominar las escalas y trinos más complicados que sólo pueden llegar a ser ejecutados por una voz completamente entrenada tal vez después de años de estudio. La ignorancia de la pobre criatura frente a mí era tan colosal que me falló el valor para explicarme y sólo pude decir: “Señora, lo siento; de verdad, estoy apenada. Usted tuvo una voz —y la ha arruinado. Sólo hay una esperanza: el descanso completo. El día que pueda probar varias notas que salgan muy claras y pianissimo, vuelva y la escucharé de nuevo”.

No volví a oír hablar de ella desde que salió de mi habitación. Es como si una persona se inscribiera en una maratón sin haber entrenado nunca, excepto por haber corrido diez horas al día quince días antes de la carrera.

A veces las pruebas vocales son muy divertidas. Una señora americana de poca educación vino a ver a mi madre con su hija. Mi madre encontró la voz excelente y prometió un buen futuro como cantante de coloratura.

“Eso no me importa mucho”, dijo la madre, “¿qué clase de trucos podrá hacer mi hija? Deseo saber, en bloque, cuántos dólares costará la educación completa de mi hija, y cuántos dólares habrá al final de la voz de mi hija.”

Otra madre dijo, entrando en la habitación de mi madre: “Madame, antes de que escuche a mi hija, debo decirle de inmediato que no obtendrá dinero de mis bolsillos para sus clases si no puede hacer de ella una contralto profunda.” Podemos imaginar lo que sucedió a continuación. Mi madre, que debía estar muy enojada, fue poseída por un ataque de risa, de modo que se vio obligada a enjugarse las lágrimas que salían de sus ojos. Cuando, tras haber escuchado a la niña, mi madre declaró que era una de las sopranos ligeras más agudas que existen, la mujer hizo una reverencia y dijo: “Bueno, eso es todo. No la tendrás. En mi familia todas las mujeres han sido contralto profundas, desde mi abuela hasta mí, y eso es lo que será mi hija. Tendré que encontrar otra maestra para ella,” y se retiró.

Menos graciosa, pero también característica, fue la pregunta de otra madre a mi madre: “Madame, mi esposo y yo somos gente pequeña —mi esposo es tabaquero en Nebraska— pero nos hemos decidido a no escatimar dinero para satisfacer el deseo de nuestros corazones. ¿Cuánto cobra usted por hacerle a mi hija una voz como la de Melba?”

Texto extraído y traducido de Singer’s pilgrimage, Blanche Marchesi, Boston, 1923.