Heinrich Panofka: consideraciones generales I

Heinrich Panofka (1807 – 1887), nacido en Breslavia, en ese entonces una ciudad alemana, se formó desde niño como violinista y desarrolló su carrera solista principalmente en Viena hasta 1833. Al año siguiente se instaló en París y entró en contacto con los eminentes cantantes Giovanni Battista Rubini, Luigi Lablache y Domenico Donzelli. En 1842 fundó la Académie de chant junto con el reconocido maestro Marco Bordogni y a partir de 1844 su carrera como maestro y compositor transcurrió en Londres, París y Florencia. En 1866 publicó Voci e cantanti, veintiocho capítulos de consideraciones generales sobre la voz y sobre el arte del canto, con la esperanza de que fueran “de utilidad a los profesores, a los jóvenes artistas y a todos aquellos que aman y cultivan el «bello canto que en el alma resuena»” —a tutti coloro che amano e coltivano il «bel canto che nell’anima risuona».


Capítulo I
De las voces sanas.

Una voz sana es una cosa rarísima, principalmente allí donde el estudio del Solfeo precede a la formación de la voz; porque este estudio prolongado gesta la alteración del órgano vocal, antes de haber aprendido a utilizarlo.

Solfear no es otra cosa que cantar sobre do, re, mi, fa, sol, la, si; todas palabras antipáticas a la buena emisión de la voz, y que los alumnos pronuncian igualmente sobre notas que no son do, re, mi, etc; porque estas siete notas van sujetas a cuatro alteraciones a causa de los bemoles y de los sostenidos.

Ahora, do♯, do♭, do## y do𝄫 no son do natural: es entonces absurdo hacer pronunciar una nota cuando se canta otra. El alumno, en la emisión de la voz, en vez de ser guiado por los oídos no es sino guiado por los ojos. ¿Este estudio del Solfeo no será entonces, por ventura, en sustancia, más que un mecanismo ilusorio; y no se podría, sin que sea necesario decirlo aquí, hacer solfear también sobre cualquier otra sílaba?

En Alemania y en Inglaterra, donde las masas corales son muy bien consideradas, tanto por su nervio vocal como por su ejecución verdaderamente musical, el estudio del Solfeo es desconocido por completo. Se comienza por aprender la gramática musical, y luego se canta sobre las palabras. Lo que aunque, a decir verdad, es insuficiente para el desarrollo de la voz, es en cambio menos nocivo que el eterno murmurar de la letanía de las siete sílabas sacramentales.

Ni Haydn, ni Mozart, ni Beethoven, ni Weber, ni Schubert, ni Mendelssohn, ni Schumann han solfeado jamás. ¿Podría acaso negarse por esto que ellos hayan sido, al menos, tan buenos músicos como los inmortales propagadores del Solfeo?

En Italia, donde se encuentra la más grande cantidad de voces sanas, los jóvenes, tras haber aprendido las notas con el Solfeo hablado, cantan los Vocalizos, llamados también Solfeos, sobre la A; se los enseña a cantar, más no a solfear.

Yo he mostrado en mi Abecedario Vocal el peligro que tiene el estudio del Solfeo aplicado a los alumnos de canto; y cuando sea necesario hacerlo debe ser precedido por un estudio preparatorio que tenga por objetivo enseñar a emitir y a posar la voz.

Este hecho salta claramente a los ojos: que la voz de los jóvenes tendrá más vigor y se desplegará con más delicadeza, cantando pequeños vocalizos progresivos sobre la A y piezas con palabras escogidas.

De esta guisa caerá por sí mismo el viejo Solfeo y con él la antigua costumbre. Y así se conservarán un poco más las voces sanas que, como dije al principio de este capítulo, son mercancía rara.

Señalamos aún como causa de la ruina vocal en los principiantes, la ignorancia, en lo que respecta a la voz, de la mayoría de los profesores de Solfeo, que hacen gritar a los muchachos y a los jóvenes, incluso durante la muda de la voz; y que en los estudios de las piezas los hacen sobrepasar los límites naturales de su órgano vocal, tan grácil y delicado. Mi afirmación se confirma en la siguiente línea de una carta que tuvo la gracia de enviarme M. Fétis, el ilustre Director del Conservatorio Real de Bruselas, y que precede a la segunda Edición de mi Abecedario Vocal.

«La utilidad de vuestro libro se hará, estimado Señor —escribe el Sr. Fétis—, sentir principalmente en las clases de Solfeo, si los maestros entienden bien su importancia; porque es precisamente en estas clases en las que ellos, por falta de una cura conveniente, hacen naufragar un gran número de voces, que habrían llegado a ser hermosas tras su desarrollo. En estas clases no se trata de producir cantantes selectos, sino de evitar los feísimos defectos de emisión del sonido de garganta, de nariz; de regular la respiración, de no sobrepasar ciertos límites de extensión, etc.; todas cosas generalmente ignoradas y que vuestro Manual enseña».

Texto extraído y traducido de Voci e cantanti, Ventotto capitoli di considerazioni generali sulla voce e sull’arte del canto, Enrico Panofka, Florencia, 1871.