Luisa Tetrazzini: sobre el futuro del arte vocal

La sucesora de la legendaria Adelina Patti, la soprano Luisa Tetrazzini, publicó en 1921 su libro My life of song, en el que describe su carrera, reflexiona sobre su vida y el arte y brinda consejos a los jóvenes cantantes.


CONSEJOS A LOS JÓVENES CANTANTES – AU REVOIR

¿Dónde están las grandes cantantes que han de tomar el lugar de Patti, Melba, Jenny Lind, Tietjens y esas otras prime donne del pasado glorioso? ¿Dónde debo buscar una sucesora para Tetrazzini?

Por años he estado buscando y esperando al menos una que haya de tomar mi lugar cuando en el distante futuro (así lo espero) me retire. Hasta ahora he buscado y he esperado en vano. Hoy hay en el mundo miles de cantantes y músicos, como siempre los ha habido. Algunos de ellos tienen muchos seguidores, cientos de admiradores. Cantan bien y tocan bien. En sus países atraen numeroso público y sus presentaciones se aplauden sin reparos. Pero todos se quedan cortos en verdadera grandeza. Son virtuosos, no genios. Tienen el entrenamiento pero les faltan los más grandes dones naturales. Sus reputaciones son nacionales, no internacionales. Sus nombres son famosos sólo en algunas partes del mundo, pero en otras partes son casi desconocidos. Sin embargo, los nombres de la anterior generación de estrellas mundiales se conocen en toda casa civilizada del mundo.

Ocasionalmente aparece una estrella en algún rincón del globo. Escucho que mencionan su nombre y me digo, “¿ha llegado de verdad la nueva prima donna?” Espero y me lo pregunto. Y luego descubro que la nueva estrella no es de primera magnitud.

No hay nadie que le daría la bienvenida a la aparición de una nueva estrella internacional más rápidamente y con mayor entusiasmo que yo. Para mí el gran arte es la vida. Haber podido brindar placer a vastas audiencias en todas partes del mundo durante muchos años a través de mi don para el canto ha sido para mí un gozo interminable. Sin embargo, quiero ver aparecer más y más grandes estrellas que iluminen esta era sombría. Cuando Patti me declaró su sucesora, me dije a mí misma, “Pese a que no puedo mostrarte, querida Patti, cuánto valoro vuestro mensaje, tal vez algún día pueda hacer lo siguiente mejor —de la misma manera habré de escribirle a alguien que aparezca en mi horizonte y pasaré el placer que el mensaje de Patti me dio.” Aún no he enviado ese mensaje, pero todavía espero que antes de retirarme habré de conocer y escuchar una nueva Patti, una nueva Jenny Lind, una nueva Tetrazzini.

Cuando estuve cantando en España mis esperanzas se acrecentaron. Una joven cantante se me acercó y me pidió que escuchara su voz. Escuché y me emocioné secretamente. “Sí, la he encontrado,” me dije — “la nueva prima donna internacional. Es un genio.” Su voz trepaba hasta el cielo sin esfuerzo. El timbre y la calidad, las notas fáciles, como de pájaro, eran tales como sólo los más grandes de la tierra pueden producir. Pero sus notas no estaban suficientemente desarrolladas; en ese momento no podía producir todo el volumen y la belleza del tono sin mayor estudio, mayor trabajo duro, largas horas de entrenamiento, de rígida aplicación, de autocontrol —sí, de sacrificio de sí misma. Sin sospechar sus pensamientos reales, le dije a mi joven genio lo que debía hacer y continuar haciendo si quería ser realmente grande. Su respuesta me dejó triste y afligida. “¡Qué!” exclamó. “¿Dice usted que debo empezar a entrenarme otra vez? ¿Se da cuenta, madame, de que soy una gran artista?” ¿Qué podía responderle? Aquí había indudablemente un genio, uno con lo necesario para convertirse en una prima donna internacional, pero tan llena de sí misma y tan poco dispuesta a ser ayudada por alguien calificado para hacerlo que se ofendió al escuchar la verdad. Me incliné y dije, “Oh, espero que disculpe mi atrevimiento.” Y se marchó. Ella, de todos modos, ha regresado, y se encuentra poniendo en práctica algunos consejos que le di.

Aunque la escasez de gran talento se debe en parte al hecho de que hay quienes no desean someterse a la rigurosa formación que es esencial para cualquiera que aspire a los mayores honores en el ámbito del canto, hay quizás otra razón más fuerte. Incluso suponiendo que existen voces naturales por descubrir, que están esperando ser entrenadas, me temo que no tenemos grandes maestros capaces de entrenarlas. Muchos maestros están demasiado dispuestos a engañarse a sí mismos y a sus alumnos en sus métodos de entrenamiento. Sus errores son muchos y flagrantes. Hacen creer a las mezzo-sopranos que son coloraturas, y a veces llegan a agregar algunas notas superiores mientras quitan otras del extremo inferior.

Cuando el maestro moderno de hecho produce un cantante, las oportunidades que se le ofrecen para desarrollarse son, desafortunadamente, muy pocas y muy inadecuadas. Antes de la guerra existían teatros de ópera en las capitales y en pequeñas ciudades de Europa donde la prima donna en ciernes podía cantar y desarrollar su arte. Hoy en día los teatros de ópera del mundo, y especialmente los europeos, se encuentran en mal estado. Tampoco las perspectivas de futuro en Inglaterra y en otros países europeos se ven bien para la estrella en potencia. Probablemente pasarán diez años antes de que los teatros de ópera del mundo retornen a su estado previo a la guerra y se conviertan en lo que fueron en el pasado, parvularios para los nuevos cantantes.

¡Tal vez para entonces habré conocido a mi nueva estrella!

Otra cuestión sobre la que a menudo me he preguntado y por la que me han preguntado los demás es: ¿Qué hay del futuro de la música de coloratura, de la música de escalas y trinos y melodía, por la cual me he hecho conocida para el mundo? Esta música ya no se escribe, los cantantes ya no la estudian, y sin embargo la gente se agolpa para escucharla. Se nos dice que es del pasado, que está muriendo o que está muerta. Los críticos y la gente que va a la ópera hablan de la música moderna de Francia, Alemania e Italia. Pero no creo que este viejo estilo de música muera. No, no puede morir. Ya que, ¿acaso no es la música natural, la música de los pájaros?

¿Y los admiradores de esta música tan moderna saben realmente cuán grande es esta vieja música italiana? No se trata de los adornos y de los trinos —estas cosas son fáciles de escribir, y no hacen a la música; no son más que la espuma en el champán. Se necesita un gran maestro para escribir esta música, aunque parezca tan simple en comparación con las composiciones de la ópera moderna. Los compositores de esta vieja escuela —Donizetti y Rossini, por ejemplo— escribieron especialmente para la voz como para un instrumento; pero Richard Strauss ciertamente no escribió para la voz. Llegará el día, sin embargo, en el que nacerá otro Donizetti. Entonces la música de coloratura tomará un nuevo soplo de vida. Tal vez una o dos grandes cantantes de coloratura surgirán primero para inspirar al nuevo Donizetti. Él, sin embargo, vendrá, y el mundo con seguridad le dará la bienvenida.

Hoy las jóvenes estudiantes de canto cuyas voces parecen formar parte del conjunto de las voces de coloratura tratan de convertirlas en otra cosa. Desafortunadamente, la mayoría de esas voces son muy pequeñas en extensión, y por lo tanto no prometen una gran carrera. Tal vez esa sea otra razón por la cual hoy en día no hay prácticamente ningún estudiante de este estilo de canto. Es cierto que el arte vocal debe ser perfecto para esta música. Lo que quiero decir es que los defectos de una coloratura son más rápidamente evidentes; no se hallan encubiertos, como en la ópera moderna, por el sonido de la orquesta. Para alguien que ha dominado la técnica de la soprano aguda, cualquier otra música no es difícil. La práctica de coloratura es un tipo de ejercicio gimnástico que mantiene la voz flexible y en perfecto estado de funcionamiento.

Algunas personas dicen que se necesitan años de estudio para convertirse en una gran artista de coloratura. Es posible que así sea para algunas, pero con otras puede que no sea necesario. Una voz puede nacer en su lugar correcto o puede desarrollarse correctamente. En cualquier caso, tener una perfecta voz de coloratura es poseer el don más selecto de los dioses. Por lo tanto, aunque implique un arduo esfuerzo, el logro siempre vale la pena.

Una objeción que ahora se hace a la música de coloratura es que no es dramática, que es artificial, que el mundo ahora le exige a su ópera aquello que es como la vida. No puedo negar que tal música no es dramática en su carácter. Se podría decir, tal vez, que tiene luz, pero no sombras. Sin embargo, la melodía que llega al corazón puede existir en la misma ópera con música dramática. De hecho, este es el caso en las óperas tempranas de Verdi. Quizás la música de coloratura del futuro se combine y se utilice de manera diferente. No soy un profeta, ¿puede alguien de hecho prever en estos asuntos? Pero diré que esta música volverá a ser popular tan seguramente como que la primavera y su coro de pájaros cantores deben seguir a cada invierno melancólico.

Texto extraído y traducido de My Life of Song, Luisa Tetrazzini, Filadelfia, 1922.