Luisa Tetrazzini: descubriendo Otello

La famosa soprano italiana Luisa Tetrazzini cuenta en su libro My life of song acerca de la ocasión en que tuvo la suerte de acercarse por primera vez a una nueva ópera secreta del más grande compositor vivo durante su infancia.


Siento que debo revelar esta historia para mostrar cuán humanos son todos en el mundo de la música, desde los más pequeños hasta los más grandes.

En aquellos días todo el mundo hablaba de una gran ópera nueva en la que se encontraba trabajando Verdi, ese genio de la música. Todos decían que iba a ser una de las óperas más maravillosas jamás compuestas. Solíamos comentarlo en mi casa; nuestros maestros del conservatorio hablaban con entusiasmo de la obra que estaba por venir; de hecho, toda la ciudad se encontraba en un estado de excitación general.

Un día, el primer correo trajo a mi hermana un misterioso pergamino que no se me permitió examinar una vez abierto.

“Es un secreto”, dijo mi hermana misteriosamente, y se dirigió a su habitación para examinar su contenido. Naturalmente, un secreto de mi hermana me puso a temblar con las ganas de enterarme. Más tarde la escuché ir al piano y empezar a cantar. Entré en la sala sin ser vista, miré por encima de su hombro y vi lo que todos en el mundo de la música estaban esperando y deseando ver: ¡la nueva ópera de Verdi, Otello!

Se trataba de una primera copia de la obra inédita. Un joven que era amigo cercano de Eva se encontraba trabajando con el gran compositor, y había tomado prestada en secreto una copia de la nueva obra para enviársela a mi hermana. Aunque su acción no era intachable, su motivo, en lo que concierne a mi hermana, era muy amable y considerado. Él sostenía que al practicar con una copia de la nueva ópera con anticipación, mi hermana aprendería tan bien su parte que sería altamente probable que se le confiara el rol principal cuando por fin se revelara el secreto ante el mundo.

Inicialmente, mi hermana había decidido enviarla de regreso a su atento admirador, diciendo que no era del todo correcto ni para Verdi ni para los otros cantantes; pero la tentación de gozar de al menos un atisbo de la primera página de la partitura era demasiado fuerte. Los primeros compases de la bellísima obra nueva capturaron su interés y rápidamente recorrió toda la partitura. El siguiente paso fue probar algunos compases en el piano. Pronto se encontró cantando tan alegremente el Otello secreto que no se dio cuenta de que yo también estaba escuchando. Entonces fue demasiado tarde para guardar el secreto y me uní a ella en el primer ensayo de la nueva ópera.

Esa fue una gran noche. Recorrimos la ópera varias veces. Mi hermana Elvira tocaba, y Eva y yo cantamos. La mañana debe haber entrado antes de que pudiéramos guardar la nueva obra e irnos a la cama. Todos los miembros de la familia estaban emocionados y yo, siendo la bebé y la más temperamental, estaba más emocionada que ninguno. Más tarde me contaron que, durante esa corta noche, canté el nuevo Otello de Verdi mientras dormía.

Como la nueva ópera era ahora un secreto familiar, era muy importante no revelar su existencia a nadie fuera de nuestra casa. Pero mientras estaba saliendo para el conservatorio, no obstante, pensé, en mi mente de niña, cuán delicioso sería dejar que mi maestro echara tan sólo un vistazo a la obra. La envolví cuidadosamente y, llevándola como si fuera una pieza de porcelana delicada, la llevé conmigo a la academia. Tan pronto como pude, le hablé en privado a mi maestro. Sintiéndome muy importante y con un aspecto muy misterioso, le dije que tenía un nuevo tesoro que le iba a dar una gran sorpresa.

“¿Y cuál es esa sorpresa, mi pequeño prodigio?” Preguntó alentadoramente.
“Le he traído la nueva ópera de Verdi.”
“¡Qué!” exclamó, y saltó por los aires de la excitación. “¡Déjame verla, rápido, rápido!” Se la mostré y vi cómo se le salían los ojos.

“Ven aquí”, dijo y dejando la clase desatendida, se dirigió hacia una de las habitaciones donde había un piano en el que podíamos pasarla sin ser molestados. Se sentó ante el instrumento mientras yo cantaba. Al principio, él tocaba suavemente y yo cantaba en voz baja. A medida que avanzábamos, fuimos entrando en la atmósfera de la obra y perdiendo la cautela. Él tocaba el piano con un disfrute temerario, mientras que yo cantaba a plena voz.

Sucedió lo que era de esperarse. De pronto, al oír el sonido de un hombre pesado corriendo hacia nuestra puerta, nos detuvimos alarmados. “Escóndela, rápido; viene alguien”, exclamó el maestro. Tomé la partitura y rápidamente la puse bajo unos cojines. Luego pusimos una vieja partitura en el atril. Para entonces, alguien golpeaba fuertemente la puerta del salón. “¡Abra la puerta! ¡Abra la puerta! ¡Ya mismo! Quiero entrar.” Nos miramos en silencio, ya que conocíamos muy bien al dueño de esa voz.

El maestro fue hacia la puerta, la abrió y entró el director. Era un hombre de estatura media, con el pelo ligeramente gris. Nos miró con mucha curiosidad y luego se acercó al piano y leyó el título de la partitura en el atril. “¡Fausto!” exclamó. “¡Fausto! No era Fausto lo que estaban haciendo.” Entonces se volvió hacia mí y me dijo: “Signorina, ¿qué estaba usted cantando?” Mis ojos cayeron al suelo. No sabía qué decir. El maestro intentó rescatarme diciendo que estaba cantando algunos fragmentos de óperas antiguas.

“¡Óperas antiguas! ¡Óperas antiguas! ¡Vamos, vamos, no me diga eso!” gruñó. “Conozco todas las óperas antiguas que existen. Esa música gloriosa nunca ha sido cantada antes, hasta donde yo sé. ¡Esas notas, esa melodía! ¿Tenéis aquí una ópera nueva?” El director miró de uno a otro esperando una respuesta. Ambos temíamos lo que pasaría si revelábamos nuestro secreto, ya que el director era un hombre severo y recto que no toleraría nada que no fuera absolutamente honesto. ¿Despediría él al maestro y me castigaría por esta pequeña travesura? ¿Le escribiría a Verdi y le diría que su ópera se había filtrado, y si lo hiciera, qué haría ese severo gigante con el joven que le había enviado la ópera a mi hermana? ¿Acaso mi hermana resultaría perjudicada de alguna manera por su pequeño rol en el asunto? Estas fueron algunas de las preguntas que me hice durante esta curiosa escena en el conservatorio aquella memorable mañana. Pero no había nada que hacer. El secreto había salido de mi casa; ahora debía ir más lejos.

Así que le conté al director toda la historia, esperando que se indignara justamente. No sabía entonces qué encantamiento podía ejercer una nueva ópera de un hombre como Verdi sobre cualquier persona en la profesión. La expresión en el rostro del maestro cuando le mostré por primera vez el nuevo Otello fue una inolvidable visión de maravilla, asombro y deleite. ¡Pero el director! Estaba casi delirando. De nuevo se representó la escena en la que ya había participado por la mañana y, anteriormente, en casa. El director tomó la nueva partitura, echó un vistazo a sus mágicas páginas, corrió hacia la puerta y la cerró con llave. Luego los tres fuimos al piano y volvimos a cantar toda la nueva ópera, el director expresando en voz alta su deleite por la obra a medida que avanzábamos.

“Sí, es incuestionablemente Verdi”, dijo el director, cuando llegamos al final de la ópera; y luego agregó una frase que pronto sería retomada por otros y que resonaría en todo el mundo de la música. “Verdi, sí, pero un nuevo Verdi”, declaró. “Nuestro gran compositor ha abandonado la antigua escuela italiana y se está convirtiendo en wagneriano. Pero qué obra tan gloriosa, igualmente. ¡Sí, es preciosa! Oh, será un gran éxito.”

Regresé a mi casa muy pasado el mediodía con el precioso manuscrito que, por cierto, mi hermana había estado buscando en vano durante mi ausencia.

Para que esta historia esté completa creo que debería decir que más tarde, cuando conocí al gran Verdi, le conté el incidente y que lo disfrutó inmensamente; pero no hubo una secuela tan deseable, aunque muchos años más tarde estuve en presencia del gran compositor. Fue en las orillas del Maggiore donde me encontré con Verdi, acompañado de un famoso maestro, tomando la cura. Él era por entonces un anciano frágil. Cuando lo vi sentí un gran deseo de hablar con él y contarle la historia del manuscrito de Otello. En ese momento, el maestro me vio y, excusándose, se acercó a mi lado y me preguntó si quería conocer al gran Verdi. Una vez más, en una ocasión de máxima importancia, mi temperamento me impidió hacer lo que más deseaba. Estaba tan abrumada por el honor que perdí la oportunidad. Despedí al maestro con una disculpa. En cuanto se fue, quise ir tras él y rogarle que me lo presentara. ¡Era demasiado tarde! Poco después leí con profundo pesar que nuestro gran Verdi había fallecido.

Texto extraído y traducido de My Life of Song, Luisa Tetrazzini, Filadelfia, 1922.