Francisco Viñas: el origen de la tradición

El tenor español Francisco Viñas (1863 – 1933), dedicado especialmente al repertorio wagneriano, hizo su debut en Lohengrin el 9 de febrero de 1888 en el Teatro del Liceo, en Barcelona. El legendario tenor Julián Gayarre se hallaba entre los asistentes y fue tan grande la impresión que causó en él el joven debutante que decidió entregarle su propio vestuario de Caballero del Cisne. En 1932 Viñas publicó su libro El arte del canto: datos históricos, consejos y normas para educar la voz, en el que se dedica a dirigir “una mirada hacia atrás, atento a que la eventualidad de mis resultados técnicos conseguidos pueda servir de norma a cuantos deseen dedicarse al arte del canto y que al comenzar sus estudios van perplejos, arrastrados por el entusiasmo de una ilusión muchas veces falaz y engañosa.”


Sobre los siglos de oro y la tradición que nos legaron los cantores evirados

De todas las artes bellas, la que más seduce a las multitudes es sin duda alguna la del canto: pues por medio de la voz humana, uniendo la palabra al sonido musical, pueden expresarse todos los sentimientos del alma. Bien merece consignarse que Italia, heredera del gusto de los griegos y romanos, fue la verdadera cuna de este arte divino por la perfección a que lo elevó, iniciado en los tiempos medioevales, cuando los trovadores—delicia de las damas—rondaban los alcázares y castillos entonando cantigas que diestramente se acompañaban con el laúd, instrumento de origen árabe, caído en desuso por la invención del arpa y la guitarra, pero que, hermanado con la voz, daba un conjunto armónico de sonidos tiernos, delicados y sentimentales.

A mitad del siglo XVI, todo el XVII y parte del XVIII, el “bel canto” llegó a tal refinamiento de expresión y pureza de sonido, que asombró al mundo filarmónico de aquella época. Era el fruto de largas jornadas de severos y pacientes estudios, dirigidos por verdaderos maestros especializados, que en las universidades musicales de Nápoles, Roma, Milán, Bolonia y otras donde se formaban, habían aprendido la técnica, las leyes infalibles de la vibración, para poder enseñar sin nebulosidades a educar el órgano vocal de quienes a ellos se confiaran; creando de esta suerte una tradición escolástica, conservada a través de los siglos como fuego sagrado y que en forma apenas perceptible llegó hasta nosotros. De tales escuelas salieron legiones de cantores insignes, que se disputaban los reyes y magnates de la tierra. Algunos gozaron de gran influencia entre los monarcas, y eran en tal número los sublimes virtuosos, que los cronistas llamaron a aquellos tiempos: “Siglos de Oro” de la voz humana.

Texto extraído de El arte del canto, Francisco Viñas, Barcelona, 1932.